miércoles, 8 de noviembre de 2017

LA RESISTENCIA AL CAMBIO


La mente humana es conservadora por naturaleza. El cambio asusta, desbarata e incomoda. Cuando algún hecho importante, novedoso o diferente llega al cerebro, se introduce el desorden. La aparente paz y tranquilidad informacional se desequilibra, el nuevo dato pone a tambalear el sistema y la tradición psicológica se ve amenazada por el invasor. A la mente no le gusta revisarse a sí misma, se resiste, se niega, se esconde. Ella prefiere moverse en la costumbre, en los hábitos, y más en lo conocido que en lo desconocido, aunque este último parezca mejor.
Las modernas investigaciones en psicología e inteligencia artificial han demostrado que la mente funciona con el principio de la economía de la información: cuando el cerebro almacena una creencia, un valor o una teoría, las retiene a toda costa. Es menos gasto proteger lo viejo que aceptar lo nuevo. Somos perezosos y conformistas por naturaleza.
Lo increíble de estos hallazgos es que todas las creencias depositadas en la memoria, independientemente de su validez o utilidad, de su racionalidad o irracionalidad, son defendidas por igual. La mente no discrimina conceptos ni ideas: si se guardó en la memoria hay que preservar la información a lo que dé lugar.
Alrededor de los dos años de edad, los niños comienzan a fabricar y a consolidar teorías sobre ellos mismos y el mundo. Si las experiencias de contacto con los familiares y demás personas son saludables, aparecerán esquemas positivos: “El mundo es amable”, “Soy querible”, “La gente no es tan mala”. Si por el contrario, las vivencias son negativas, los esquemas tendrán un contenido malsano: “Soy torpe”, “Nadie me querrá”, “Soy feo”, “Nada lo hago bien”. Una vez instalados, la mente los patrocinará y cuidará todo el tiempo como si se tratara de una cuestión de vida o muerte.
A la tendencia obsesiva de mantenerse fiel a la memoria y defender la experiencia adquirida, se la llama autoengaño. Por ejemplo, evocamos mejor y más fácil eventos que confirman nuestras ideas (los que no concuerdan, los olvidamos). Atendemos más a aquellos estímulos que refuerzan nuestro pensar que los discrepantes. Incluso, podemos llegar a falsear la realidad para confirmar nuestras hipótesis (profecías autorrealizadas). Así somos; si no ganamos, empatamos.
Recuerdo un reconocido profesor universitario, cuyo pensamiento era manifiestamente discriminatorio respecto al sexo femenino. “Las mujeres no deberían estudiar carreras técnicas”, decía sin pena alguna. Y para “comprobar” la supuesta supremacía masculina, simplemente exigía mucho más a las alumnas que a los alumnos. Una estafa altamente peligrosa. Manipular los datos para hacerlos coincidir con nuestros pensamientos es el método más utilizado por los humanos para engañarse a sí mismos y a los demás.
No obstante, pese a que la mente se resista y los fanáticos del conformismo prohíban pensar y amenacen con la hoguera, con esfuerzo y perseverancia podemos llegar a modificar muchos de nuestros esquemas inadecuados. Las personas que hacen un culto a la autoridad, que eliminan por decreto la creatividad, el riesgo sano y la inventiva, son víctimas de la costumbre. No hay que momificarse para estar en lo cierto. Debemos aprender del pasado pero no anclarnos a él.
Anthony de Mello decía que los seres humanos nos comportamos como si estuviéramos en una piscina llena de excrementos hasta el cuello y nuestra preocupación principal fuera que nadie levantara olas. La verdadera transformación interior requiere ruptura y reestructuración, es decir,  salirse de la piscina. Tumbar para construir. Nada de reformismos tibios o pañitos de agua fría. 
A la mente hay que confrontarla sin anestesia y de frente. 
Cuando no le dejamos espacio para la trampa, cuando la obligamos a mirar los hechos tal como son, ella no tiene más remedio que acceder al cambio. Entonces, damos el brazo a torcer, el pensamiento abre una sucursal y la imaginación, audaz e irreverente, hace de las suyas.


Walter Riso
http://www.walter-riso.com


martes, 7 de noviembre de 2017

La economía de caricias


William Faulkner en su novela “Las Palmeras Salvajes” hizo decir a uno de sus personajes: “Si tuviera que elegir entre el dolor y la nada, elegiría el dolor”. Quizás la sensación de no saberse amado, de no tener nada, de vivir en un vacío emocional, intelectual y sensorial es mucho peor que el dolor que, de alguna manera, nos significa que estamos vivos.
Pocas veces nos paramos a pensar que la vida es un intercambio que se produce a muchísimos niveles, no sólo en lo económico o a través de los procesos de comunicación, sino también mediante los estímulos, los signos de reconocimiento positivos o negativos que recibimos de los demás sea en forma de caricias, miradas, gestos, broncas, gritos o silencios. Todos ellos moldean nuestro paisaje interior y consecuentemente nuestra manera de entendernos, de construir una imagen del mundo y de dar un sentido a la vida.
Hace ya más de veinte años, Claude Steiner, a partir de sus amplias observaciones clínicas en el ejercicio de la psicoterapia junto con el legado que le dejó su maestro Eric Berne, construyó una interesante teoría a la que denominó “la economía de caricias”. Bajo este sugerente concepto, Steiner y muchos otros han investigado los efectos que ejerce sobre el ser humano crecer y vivir en una abundancia o escasez de signos de reconocimiento que, para resumir, llamaremos caricias.
Es obvio que no sólo vivimos de pan, ni tan solo de aire ni de agua. Para sobrevivir, para crecer, necesitamos el afecto, la ternura, la caricia, la mirada, la palabra, el gesto, el contacto del otro. Somos seres sociales por naturaleza. Ya desde la fragilidad de nuestras primeras horas nos manifestamos como la especie que mayor necesidad tiene de que alguien le ampare, le cuide y le dé afecto. Incluso hay quien sostiene que existe una necesidad innata para ese amor, para esa unión. Hoy las evidencias científicas aportadas a lo largo del siglo pasado por los doctores Chapin, Banning, Spitz, Bowlby y muchos otros nos muestran que no solo necesitamos la caricia del otro, sino que sin ellas nos sentimos mal hasta el punto de poder enfermar e incluso morir.
Estos especialistas han demostrado con años de rigurosa investigación que la falta de caricias, entendidas en un sentido amplio, más allá del gesto o del roce de piel con piel, pueden provocar en el recién nacido un retraso en su desarrollo psicológico y una degeneración física tal que le lleve hasta la muerte a pesar de tener el alimento y la higiene que, en teoría, aseguren su supervivencia. El hambre de estímulos tiene tanta influencia en la supervivencia del organismo humano como el hambre de alimentos. Cuando un ser humano no recibe la cantidad mínima adecuada para su supervivencia, entra en un proceso de enfermedad y muere, y esto puede ser válido a cualquier edad.
Hay sin duda una correlación positiva entre la ternura, el cuidado, el afecto y la atención humana con el desarrollo psicológico, emocional, intelectual y físico. Nacemos hombres y mujeres pero devenimos humanos gracias a la caricia, al estímulo amable, a la ternura, a la compasión, a la gratitud, y también gracias al límite necesario que nos pone en contacto con la realidad y que se administra desde la disciplina que busca el bien común.
Leo Buscaglia, en su bello libro “Amor. Ser persona”, afirma: “A pesar de que el niño no conoce ni comprende la dinámica sutil del amor, siente desde muy temprano una gran necesidad de amar y la falta de amor puede afectar a su crecimiento y desarrollo e incluso provocarle la muerte”. También hoy sabemos que la falta de amor es la causa principal de una buena parte de las enfermedades psicológicas que no paran de ir en aumento en Occidente: desde la angustia, pasando por la depresión hasta la neurosis e incluso la psicosis nacen, en mayor o menor medida, de esta carencia. Sin el trato amable no se satisface una necesidad fundamental que nos permite seguir sintiéndonos bien, experimentar la alegría, desarrollarnos: sin amor es más 
difícil crecer.


Pero yendo más allá, las ideas que Steiner refleja en su libro “Los Guiones que vivimos” apuntan a direcciones muy interesantes: las caricias son imprescindibles para sobrevivir, concluye este especialista; si no las recibimos, se pone en marcha un mecanismo de supervivencia instintivo que nos lleva a demandarlas –a menudo de manera inconsciente- a cualquier precio. Bajo esta premisa estamos dispuestos incluso a recibir “caricias negativas” antes que no recibir ninguna caricia, o parafraseando de nuevo a Faulkner, preferimos el dolor a la nada, la bofetada a la ignorancia, la pena al vacío, el desprecio a la indiferencia, el grito a la apatía. Es a partir de este mecanismo que se pueden comprender determinados comportamientos humanos que van desde el masoquismo hasta la rebelión gratuita. Por ejemplo, el niño que se rebela reiteradamente y sin motivo “objetivo” aparente quizás lo que hace es buscar con desesperación la atención de unos padres ausentes. Quizás el pequeño, con su comportamiento agresivo, rebelde, transgresor hace una llamada exasperada a la atención de sus padres para que éstos le marquen un límite o aún mejor, para que estén por él de verdad.
El Doctor René Spitz, en los años sesenta, estudió las diferencias en la evolución biológica y psicológica de niños residentes en dos instituciones diferentes de la ciudad de Nueva York. Las dos instituciones diferían en cuanto a la estrategia de acercamiento a los pequeños, el contacto físico y la nutrición. En una de ellas los niños podían ver a diario a una persona, normalmente su madre. En otra, una sola enfermera se hacía cargo de grupos de ocho a diez niños. Spitz concluyó que en el primer grupo se observaba una tendencia continuada al alza en la mejora física, psicológica e intelectual, mientras que en el segundo grupo el descenso en estos indicadores era abrumador.

Pero no solo sufre quien no recibe caricias, sino también quien no las expresa. En una investigación realizada en la Universidad de Stanford dirigida por James Gross, se concluye que suprimir la expresión de las emociones conlleva altos costos psicológicos, sociales y en la salud. A partir de esta investigación, las personas que no suelen manifestar sus emociones son más infelices y se sienten más aisladas. Es más, aparentemente la supresión de la expresión de estas emociones no reduce y hasta puede aumentar la experiencia de emociones negativas, como un disgusto, ansiedad, tristeza y vergüenza. Por este motivo, los individuos que suelen suprimir la expresión de sus sentimientos, generalmente manifiestan más experiencias negativas y menos positivas. Además, la falta de expresión de los sentimientos genera un mayor estrés psicológico, tanto en quien suprime su expresión como en la persona con quien interactúa (en los estudios, éstos mostraron un aumento importante de la presión sanguínea). Por otra parte, la supresión de la expresión de las emociones se asocia a una baja de la inmunidad fisiológica.
Y es que, sin duda, necesitamos de los demás. Hay un intercambio fundamental más allá del económico y que es el principal motor de la vida, un intercambio esencial a partir del cual se construye la esperanza y el sentido de la vida: el intercambio de caricias.

Álex Rovira
http://www.alexrovira.com

lunes, 6 de noviembre de 2017

APRENDE A RELATIVIZAR



En mi opinión, saber relativizar, lo mismo que ser ecuánime, o ser desapasionado, o ser imparcial, incorruptible, ponderado, razonable, o ser íntegro, son cualidades muy preciadas cuando se trata de evaluar con claridad las cosas que nos suceden, los acontecimientos que vivimos, o incluso los sentimientos y variaciones por los que uno transita.

Hay una tendencia habitual a clasificar mal los hechos, porque casi siempre se hacen desde un estado dramático, pesimista, sufriente o afectado, o, por el contrario, se hacen en momentos de exaltación o euforia, y en todos esos casos falta el equilibrio necesario para ver las cosas en su exactitud, ya que cualquiera de los dos estados tiñen la realidad de las cosas.

Todos hemos tenido ocasión de comprobar que más de una vez hemos sido excesivos al calificar un estado o valorar una situación, y hemos visto cómo aquello que aparentó ser tan trágico en su momento con el paso del tiempo fue diluyendo su exageración y fue quedándose en su auténtica realidad, y ésta no era tan grave ni tan aparatosa.

Algunos hasta hemos sido capaces de sonreír al recordarnos desquiciados ante algo que ahora comprobamos que no era tan grave como nos pareció entonces.

El modo de evitar ese mal trago que a veces nos proporcionamos es saber relativizar (“Introducir en la consideración de un asunto aspectos que atenúan sus efectos o importancia”), y de ese modo ser capaces de verlo ya, en el momento en que está sucediendo, en su auténtica dimensión.

Al final acabamos recurriendo a menudo a ese dicho de “Todo tiene remedio, menos la muerte”, porque vamos comprobando con el paso del tiempo que las tragedias –casi todas- pierden sus aristas dolientes, se les diluyen la rabia y el rencor, disminuyen la desgracia, y se quedan en hechos “más o menos normales”; hechos que, por supuesto, rechazamos porque van en contra de nuestro deseo de ausencia de conflictos, o porque nos llegan en un momento que estamos bajos de ánimo.

►Relativizar implica desapasionarse de la realidad aparente para poder apreciar la auténtica realidad.
Cuando vemos que le sucede a otro el mismo hecho o uno similar al que nos sucede a nosotros, podemos tomar dos puntos de observación y opinión distintos: o menospreciamos lo que le sucede al otro –aunque sea exactamente lo mismo- y en cambio engordamos lo que nos sucede a nosotros –que, repito, es exactamente lo mismo-, o puede que -si somos sensatos- podamos ser capaces de verlo de una forma desapasionada, porque es al otro al que le sucede y no a nosotros, por tanto no están implicados y activos esos motivos personales de implicación que conllevan y aportan algo de confusión.

Me refiero a cuando en un hecho concreto nos jugamos nuestra economía, nuestra estabilidad emocional, nuestro bienestar, o nuestro presente y futuro. Cuando le pasa al otro, LE PASA AL OTRO, por tanto no le afecta a uno mismo.

Hay que partir de tener una buena tolerancia a la frustración, y aceptar sin drama que las cosas no siempre salen a nuestro gusto, y que hay otras cosas que no dependen de nosotros y por tanto no podemos influir en su resultado.  De esas otras cosas es mejor no responsabilizarse y no sentirse culpable, y aún menos regañarse o enojarse consigo mismo, porque es algo que no depende de sí mismo.

Las cosas son lo que son, y somos nosotros los que le añadimos tragedia o felicidad. Está bien lo segundo. Lo primero, conviene revisarlo: hay que ser ecuánime, objetivo, neutral, imparcial… y no hay que dejarse arrastrar por las emociones o los sentimientos, por el impulso bruto, por la pasión confusa, o por ese arrebato descontrolado que tantas veces nos lleva al arrepentimiento.

La  vida se lleva mejor con serenidad y reflexión, con una dirección consciente de lo que uno quiere en su vida y para su vida.

Conviene ejercitarse en la tranquilidad ante los hechos que se presenten, seas cuales sean.

Y tener claro que UNO MISMO está, y ha de estar, por encima de los vaivenes, de las circunstancias, de los “caprichos” del destino, de los otros y sus actitudes y sus actos, por encima de su propia soberbia y su cólera, de su propio ímpetu y su mente desbocada.

No estoy proponiendo anestesiarse, ni anular los sentimientos y las emociones, ni quedarse impávido ante la vida, ni suicidar el corazón, sino tener la capacidad de separarse de las cosas y verlas en su justa medida, y preservarse para que el mundo no se acabe convirtiendo en un enemigo furibundo e invencible.

VIVIR… se trata de VIVIR y no de sufrir.

Te dejo con tus reflexiones…
  

Francisco de Sales
buscandome.es