lunes, 10 de julio de 2017

La Urgencia de la Transformación


Cuando una forma individual de vida ―o una especie― se enfrenta a una crisis radical, cuando el antiguo modo de estar en el mundo, de interactuar con los demás y con el reino de la naturaleza ya no funciona, cuando la supervivencia se ve amenazada por problemas que parecen insuperables, o bien muere o se extingue, o bien se alza por encima de las limitaciones de su condición mediante un salto evolutivo.

Se cree que las primeras formas de vida de este planeta evolucionaron en el mar. Cuando todavía no existían animales en tierra firme, el mar estaba ya rebosante de vida. Entonces, en cierto momento, una de las criaturas marinas empezó a aventurarse en la tierra seca. Puede que al principio se arrastrara unos pocos centímetros y después, agotada por el enorme tirón gravitatorio del planeta, regresara al agua, donde la gravedad es casi inexistente y donde podía vivir con mucha más facilidad. Y después lo volvió a intentar, una y otra vez, y al cabo de mucho tiempo se adaptó a vivir en la tierra, le crecieron patas en lugar de aletas, pulmones en lugar de branquias. Parece improbable que una especie se aventure en un ambiente tan ajeno y experimente una transformación evolutiva a menos que se vea obligada a hacerlo por alguna situación de crisis. Puede que una extensa zona de mar quedara aislada del océano principal, y que el agua fuera retrocediendo poco a poco durante miles de años y obligara a los peces a abandonar su hábitat y evolucionar.

Responder a una crisis radical que pone en peligro nuestra supervivencia: ese es ahora el reto al que se enfrenta la humanidad. La disfunción de la mente humana centrada en el ego, reconocida hace ya más de 2.500 años por los antiguos maestros y ahora magnificada por la ciencia y la tecnología, está poniendo en peligro por primera vez la supervivencia del planeta. Hasta hace muy poco, la transformación de la conciencia humana ―también planteada por los antiguos maestros― no era más que una posibilidad, reconocida por unos pocos individuos aquí y allá, independientemente de sus marcos culturales o religiosos. No se dio un florecimiento general de la conciencia humana porque todavía no era imperativo.

Una parte importante de la población mundial se dará cuenta muy pronto, si no se ha dado cuenta ya, de que la humanidad se enfrenta a una disyuntiva tajante: evolucionar o morir. Un porcentaje de la humanidad todavía relativamente pequeño, pero en rápido crecimiento, está experimentando ya en su interior la descomposición de los viejos patrones mentales del ego y la emergencia de una nueva dimensión de conciencia.

Lo que está surgiendo ahora no es un nuevo sistema de creencias, una nueva religión, ideología espiritual o mitología. Estamos llegando al final, no solo de las mitologías, sino también de las ideologías y los sistemas de creencias. El cambio va más allá del contenido de tu mente, más allá de tus pensamientos. De hecho, la parte esencial de la nueva conciencia es la trascendencia del pensamiento, la nueva capacidad de elevarse por encima del pensamiento, de hacer realidad una dimensión dentro de ti mismo que es infinitamente más vasta que el pensamiento. Entonces, ya no derivas tu identidad, tu sentido de quién eres, del incesante flujo de pensamiento que en la vieja conciencia creías que eras tú. Qué liberación, darse cuenta de que no somos "esa voz en la cabeza". Pero entonces, ¿quién soy? El que observa eso. La conciencia que es anterior al pensamiento, el espacio en el que tiene lugar el pensamiento (o la emoción, o la percepción sensorial).

El ego no es más que esto; la identificación con la forma, lo que básicamente significa formas de pensamiento. Si el mal tiene alguna realidad ―y tiene una realidad relativa, no absoluta―, esta es también su definición: la completa identificación con la forma, formas físicas, formas de pensar, formas emocionales. El resultado es una total inconsciencia de nuestra conexión con el todo, de nuestra unidad intrínseca con todos los "otros" y también con la Fuente. Este olvido es el pecado original, el sufrimiento, el autoengaño. Cuando esta falsa ilusión de ser algo completamente aparte sirve de base y gobierna todo lo que pensamos, decimos y hacemos, ¿qué clase de mundo estamos creando? Para encontrar la respuesta, observa cómo se relacionan los humanos unos con otros, lee un libro de historia o mira los telediarios.

Si las estructuras de la mente humana permanecen inalteradas, siempre acabaremos recreando básicamente el mismo mundo, los mismos males, la misma disfunción.

Un nuevo cielo y una nueva tierra
La inspiración para el título de este libro vino de una profecía de la Biblia que ahora parece más aplicable que en ningún otro momento de la historia humana. Aparece tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, y habla del hundimiento del orden mundial existente y el surgimiento de "un nuevo cielo y una nueva tierra". Aquí tenemos que comprender que el cielo no es un lugar físico, sino que se refiere al reino interior de la conciencia. Este es el significado esotérico de la palabra, y también es el significado que tiene en las enseñanzas de Jesús. La tierra, por su parte, es la manifestación externa con forma, que siempre es un reflejo de lo interior. La conciencia humana colectiva y la vida en nuestro planeta están intrínsecamente conectadas. "Un nuevo cielo" es la emergencia de un estado transformado de la conciencia humana, y "una nueva tierra" es su reflejo en el plano físico. Como la vida humana y la conciencia humana son intrínsecamente una unidad con la vida del planeta, cuando la vieja conciencia se disuelva tendrá que haber trastornos naturales geográficos y climáticos, sincrónicos en muchas partes del planeta, y ya estamos presenciando algunos de ellos.

(Extracto del libro: Un nuevo mundo, ahora)

© derechos de autor 2008-2018. Eckhart Tolle. Todos los derechos reservados. 

domingo, 9 de julio de 2017

HACER REALIDAD EL PROYECTO QUE UNO ES



“Si una persona no tiene el sentido de su propia peculiaridad y de su validez interior, está a merced de lo colectivo y de los acontecimientos externos, y no puede encontrar continuidad ni propósito en la vida”.
(Lez Greene)


La realización se refiere al proceso en que uno, ya absolutamente convencido de que no es él mismo cuando actúa en función de los demás, sino que tiene su propia individualidad, y convencido de que es un gran proyecto del que ha descubierto sólo una minúscula parte, y de que tiene que hacer realidad todas las que le integran, en ese momento tiene que comenzar el proceso en que deja de ser una propuesta, una buena intención, para comenzar la realización (hacerse realidad).

Uno debiera empezar a confiar en su potencialidad. Sabe que hay cosas dentro de él que, cuando oyen ciertas ideas, leen ciertos libros, o estudian ciertas materias, resuenan dentro, despiertan unas simpatías adormecidas, y reconoce en su interior una demanda de experiencias y vivencias distintas de las físicas y cotidianas. Y se vuelve a repetir el deseo de actualizar todo ese potencial y llevarlo a la realización.
Es necesario empezar por comprender y aceptar la situación y condición actual, y ser conscientes de que lo que se quiere lograr va a requerir un esfuerzo para ser conquistado. 

Uno ha de ser consciente de que está siendo controlado desde fuera hacia dentro –por las cosas externas y los mandatos ajenos-. El trabajo consiste en invertir la dirección. 
El centro está dentro, la fuerza está en el interior, el conocimiento-sabiduría habita en lo interior. Todo está en nosotros. Y lo que está fuera nos debe importar en menor medida.

El potencial es ilimitado. Si buscas limitaciones, ciertamente las tendrás. Pero, en este sentido, eres infinito, y tu fuerza crece y se multiplica con el uso: mientras más capacidades utilices, más capacidades emergerán, y se mostraran más a menudo. La energía y la potencia conseguidas te darán más confianza para seguir en el proceso.

A menudo al ser humano le gusta creer que es como cree que debe ser, y en realidad sólo es él mismo en una ínfima porción, en una centésima parte. Desarrolla, inconscientemente casi siempre, una imagen y una forma de comportamiento, y se conforma con ser así. Se niega el derecho, y reniega de la obligación, de hacer realidad lo escondido; no se cuestiona hasta cuánto podría sacar de sí, hasta donde le podría llevar su capacidad aletargada.
De vez en cuando, sólo de vez en cuando, y siempre por circunstancias ajenas, por pruebas que le pone la vida, desarrolla parte de su potencial, pero casi nunca por propia voluntad, sino por ese momento que ha necesitado lo más de él, le ha puesto contra la pared y le ha dicho: sé tú.
La realización nos propone ser nosotros mismos, individuales, por lo tanto hagamos la pregunta en singular: realmente, ¿estoy siendo yo?... 

Uno ES, en tanto se da cuenta de que ES; uno ES, en tanto domina las circunstancias que le rodean; uno ES, cuando se sale de la confusión; uno ES, si está atento a su interior, si escucha su propio silencio, si prepara el camino de acercamiento a su Ser; uno ES, cuando se enfrenta a la posibilidad inherente en cada uno de diseñar y realizar su propia vida; uno ES, cuando propicia cambios que aparentemente son pequeños, pero que, hechos en un momento determinado de la vida pueden provocar un destino diferente; uno ES, cuando utiliza la posibilidad de decidir y se atreve a hacerlo; uno ES cuando deja de copiar un modelo y se atreve a ser quien solamente él puede ser.

Uno debe recordar que es honorable defender el propio terreno, valorar lo que se ES, y convertirse en aquello que está destinado a ser.
Todavía no llegamos a ser, en lo cotidiano, y el motivo de la vida es alcanzar SER, en lo Universal.

Mi deseo es que la paz te guíe cuando llegue el momento y rompa su silencio y tengas que ser, inevitable y definitivamente, TÚ MISMO.


Francisco de Sales
http://buscandome.es

sábado, 8 de julio de 2017

El viejo samurái

El viejo samurai: La parábola que nos enseña cómo responder ante las provocaciones


Hace mucho mucho tiempo, vivía cerca de Tokio un anciano y respetado samurai que había ganado muchas batallas.

Su tiempo de guerrero ya había pasado. Ese sabio samurai ahora se dedicaba a enseñar a los más jóvenes, aunque aún persistía la leyenda de que era capaz de derrotar a cualquier adversario, por muy bueno que fuera.

Una tarde de verano, apareció en su casa un guerrero conocido por sus malas artes y poca caballerosidad. Era famoso por su carácter provocador y sus pocos escrúpulos. Su estrategia consistía en molestar a su adversario, hasta que este, movido por la ira, bajaba la guardia y atacaba ciegamente. Cuentan que jamás había sido derrotado. Y esa tarde se propuso destruir la leyenda del anciano samurai para aumentar aún más su fama.

Muy pronto el guerrero empezó a insultar al sabio samurai, llegando a tirarle piedras e incluso escupirle el rostro. Así fueron pasando los minutos y las horas, pero el sabio samurai permanecía impasible sin sacar su espada. Pasada la tarde, ya exhausto y humillado, el guerrero se dio por vencido.

Los aprendices de samurai, indignados por los insultos que había recibido el maestro, no comprendían por qué el anciano no se había defendido y asumieron su actitud como un símbolo de cobardía. Le preguntaron:

– Maestro, ¿cómo has podido soportar tanta indignidad? ¿Por qué no blandiste tu espada aunque supieras que ibas a perder la batalla, en vez de actuar de manera tan cobarde?

A lo que el maestro respondió:

– Si alguien llega con un presente y no lo aceptáis, ¿a quién pertenece el regalo?

– ¡A la persona que lo vino a entregar!

– Pues lo mismo vale para la rabia, los insultos y la envidia… – Respondió el maestro samurai – Cuando no son aceptados, siguen perteneciendo a quien los llevaba consigo.


Personas tóxicas que quieren hacernos “regalos” indeseados


En la vida a menudo nos encontramos con personas que arrastran consigo un pesado fardo de insatisfacciones, culpa, ira, frustraciones y miedos. Estas personas a veces ni siquiera son conscientes de ello, pero siempre que pueden actúan como camiones de basura, intentando descargar un poco de su peso sobre los demás.
¿Cómo lo hacen?

- A través de críticas destructivas que no tienen precisamente el objetivo de ayudarnos a mejorar.

- Haciéndonos sentir culpables por cosas que se escapan de nuestro control.

- Restándole valor a nuestro esfuerzo y logros, con el objetivo de mellar nuestra autoestima.

- Inoculándonos sus propios miedos para impedirnos seguir adelante con nuestros sueños.

- Lamentándose continuamente por todo, mostrando una actitud de victimismo crónico para intentar contagiarnos con su visión pesimista de la vida.

- Descargando sus frustraciones sobre nosotros, buscando motivos de discusión y enfadándose sin razón.

- Haciéndonos responsables de sus errores y descargando sobre nosotros sus insatisfacciones.

Aprende a responder, no a reaccionar


Todos estos comportamientos no son más que provocaciones. Debemos aprender a verlos como el “regalo” al que hacía ilusión el anciano samurai, por lo que está en nuestras manos aceptarlos o rechazarlos.

El primer paso consiste en comprender la sutil diferencia entre “reaccionar” y “responder”. La mayoría de las personas simplemente reaccionan ante las circunstancias, lo cual significa que siempre estarán a merced de estas. Por ejemplo, si alguien les grita, se enfadan y gritan a su vez. A cada estímulo le sigue una reacción inmediata.

Hay otras personas que han aprendido a responder. Responder es un acto consciente, implica una decisión y, por ende, también significa que somos nosotros quienes tenemos el control. Podemos decidir cómo responder ante las circunstancias, sin perder nuestro equilibrio emocional

Desactiva tus botones interiores


La solución para dejar de reaccionar ante las provocaciones y esos “regalos” indeseados es bastante simple: desconectar los botones que nos hacen reaccionar automáticamente cuando los demás los presionan.

Cada quien tiene una configuración individualizada de botones sensibles. Generalmente esos botones se configuraron durante nuestros primeros años de vida, por lo que de cierta forma, cuando alguien los activa, nos sentimos indefensos y atacados, es como si volviéramos a ser un niño inseguro y la respuesta del cerebro emocional ante la indefensión consiste en reaccionar inmediatamente, atacando o huyendo de la situación para recuperar el estado de seguridad. Ninguna de esas respuestas es madura y, por supuesto, acarrean un gran costo emocional.

¿Qué hacer?

1. Comienza por descubrir cuáles son esos botones. Te darás cuenta de que sueles reaccionar casi siempre ante situaciones que generan en ti ciertos estados, como sentirte ignorado, menospreciado, rechazado, humillado, débil, inadecuado, estúpido, avergonzado, impotente… Piensa en las circunstancias en las que perdiste el control y respondiste automáticamente, intenta buscar puntos en común. Así podrás descubrir la dinámica que se encuentra detrás de esos botones.

2. Desensibilízate de las experiencias del pasado. Una vez que hayas encontrado esos estados que te hacen reaccionar, debes hallar las experiencias negativas vinculadas a estos, esos eventos perturbadores que, de una forma u otra, han creado esos botones sensibles. Puedes revivir esas situaciones y preguntarte cómo reaccionarías ahora, de adulto y con la distancia de los años.

La idea es que te des cuenta que tu pasado no te define y que ahora has madurado y eres capaz de lidiar con esos sentimientos de una manera diferente. Te darás cuenta de que has dejado atrás esos problemas cuando pienses en ellos o en una reacción que tuviste y te parezcan francamente ridículos. La capacidad para reírte del pasado siempre indica que la herida ha sanado.

En este punto, los comportamientos de los demás te parecerán cada vez menos provocadores porque les darás menos importancia. De esta forma, sus “regalos” indeseados no desatarán una reacción inmediata que te haga perder la serenidad. Sin embargo, todavía te falta un paso.

3. Desapégate de tus emociones. Hay casos en los que, independientemente de nuestros botones emocionales, los comportamientos, palabras y actitudes de los demás pueden molestarnos. Es prácticamente imposible controlar todas nuestras reacciones emocionales, pero podemos aprender a gestionar nuestra actitud y nuestro comportamiento. Podemos elegir responder en vez de limitarnos a reaccionar.

Para ello es fundamental que no te identifiques con tus emociones. Piensa en tus estados emocionales como nubes que ahora están cubriendo el cielo pero que muy pronto ya no estarán, a menos que te aferres a ellas. Por tanto, da un paso atrás, respira profundo y reencuentra el equilibrio para responder asertivamente. Tu salud emocional te lo agradecerá.

►Y recuerda siempre que nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento.



Psicología/Jennifer Delgado
http://www.rinconpsicologia.com