domingo, 19 de marzo de 2017

La negligencia emocional sufrida en la infancia crea adultos poco asertivos


La asertividad es una competencia esencial para la vida. No solo nos evitará numerosos problemas en el ámbito de las relaciones interpersonales sino que también nos permitirá perder menos la paciencia y vivir de manera más equilibrada y relajada. De hecho, Anthony Robbins afirmó que "la forma en que nos comunicamos con los demás y con nosotros mismos, en última instancia, determina la calidad de nuestras vidas".
La asertividad no es más que la capacidad para hacer valer nuestros derechos con claridad de manera adecuada, sin ser demasiado pasivos ni muy agresivos, respetando a su vez los derechos de los demás.

Sin embargo, aunque parece muy sencillo, ponerla en práctica es un poco más complicado. De hecho, la mayoría de las personas que nos rodean no son asertivas, o lo son en muy poca medida. ¿Por qué?

En muchos casos la razón se encuentra en su infancia. Si hemos crecido en un hogar donde se practicaba la negligencia emocional, donde las emociones eran ignoradas o incluso castigadas, simplemente no hemos tenido la oportunidad de desarrollar la asertividad.

Tus 10 derechos asertivos


1. Tienes derecho a juzgar tu propio comportamiento, pensamientos y emociones, así como asumir la responsabilidad por ellos.

2. Tienes derecho a no ofrecer excusas ni explicaciones por tus decisiones.

3. Tienes derecho a decidir si asumes la responsabilidad de resolver los problemas de los demás.

4. Tienes derecho a cambiar de opinión.

5. Tienes derecho a cometer errores, y asumir las consecuencias.

6. Tienes derecho a decir “no lo sé”.

7. Tienes derecho a actuar independientemente de la “buena voluntad” de los demás.

8. Tienes derecho a tomar decisiones ilógicas.

9. Tienes derecho a decir “no lo entiendo”.

10. Tienes derecho a decir “no me interesa”.

Sin embargo, las personas cuyos padres pensaban que expresar las emociones era algo negativo, probablemente no serán conscientes de sus derechos. Si tus padres ignoraban o incluso castigaban tus expresiones emocionales, te habrá llegado el mensaje de que tus sentimientos, emociones y necesidades no cuentan.

Por tanto, quizá a menudo te descubres diciéndote frases como: “no hables de cosas negativas”, “no puedes dejar que los demás sepan cómo te sientes o qué piensas en realidad” o “no provoques alteraciones”. Estas frases seguramente provienen del discurso de tus padres, pero se han enquistado tanto en tu inconsciente que siguen determinando tu comportamiento, aunque hayas crecido.

Los resultados de la negligencia emocional en la adultez


La negligencia emocional es la incapacidad para responder adecuadamente a las necesidades emocionales de los niños. De hecho, una de las tareas fundamentales de los padres es, precisamente, validar las emociones de sus hijos y enseñarles a encauzarlas de la manera más adecuada. Los padres son el modelo emocional de sus hijos, son las personas en quienes estos se reflejan y buscan apoyo cuando se encuentran desorientados.

Si los padres no son capaces de reconocer esas emociones o cuando estas afloran les restan importancia a través de frases como “no hay motivos para llorar” o “no ha pasado nada”, le estarán diciendo al niño que su reacción, que es completamente normal y comprensible, no es adecuada. Como resultado, ese pequeño no sabrá qué hacer, por lo que se convertirá en un adulto que:

- No confía en sus emociones e instinto, ya que le han enseñado a ocultarlos e ignorarlos.

- Tiene dificultades para reconocer sus emociones y sentimientos ya que nunca fueron validados.

- Tiene problemas para expresar de forma asertiva sus emociones, por lo que asume posturas extremas: permite que los demás le pisoteen o se muestra muy agresivo.

- Desarrolla una baja autoestima pues cree que no es digno de ser amado.

- Experimenta sentimientos de culpabilidad y cree que no tiene derecho a ser él mismo.

Las bases para desarrollar la asertividad en cualquier etapa de la vida


- Aprender a reconocer las emociones propias y etiquetarlas
. Saber exactamente cómo te sientes y por qué te ayudará a gestionar mejor esas emociones, de manera más asertiva.

- Ser consciente de tus derechos como persona
,
sabiendo que mereces ser tratado con respeto. Y ser consciente de que los demás merecen lo mismo.

- Valorar las opiniones de los demás, sabiendo que podemos disentir sin juzgar ni menospreciar al otro. Y exigir lo mismo a cambio.

- Desarrollar una autoestima sana, comprendiendo que los errores no disminuyen tu valía sino que son oportunidades para crecer. De esta forma no te sentirás amenazado por los demás y no responderás de manera agresiva ni dejarás que te pisoteen.

Por supuesto, también será de gran ayuda aprender algunas técnicas asertivas, para lidiar con las situaciones más complicadas.

En el caso de los niños, para desarrollar la asertividad es fundamental que los padres aprendan a respetar su individualidad y sus opiniones, aunque puedan parecer infantiles o poco prácticas. Estas preguntas podrán obrar milagros para educar a un niño seguro y asertivo:

- ¿Qué piensas?
- ¿Cómo te sientes?
- ¿Qué necesitas?
- ¿Qué tienes que decir?

De esta manera los niños aprenderán a:

- Descubrir lo que sienten y necesitan.
- Saber que sus emociones y necesidades son importantes
- Expresar sus emociones y necesidades de manera que la otra persona les respete.


Psicologia/Jennifer Delgado
http://www.rinconpsicologia.com

sábado, 18 de marzo de 2017

La ciencia lo confirma: Mejor solo que mal acompañado



Las relaciones interpersonales son una inmensa fuente de alegría, pero también causan grandes desilusiones. Por eso, si bien numerosos estudios han demostrado que contar con una sólida red de apoyo social es importante para recuperarnos de las enfermedades y mantener a raya problemas como la depresión, no es menos cierto que en algunos casos, es válido el viejo refrán: “mejor estar solos que mal acompañados”.

Una relación de pareja tóxica puede afectar tu salud


Psicólogos de la Universidad Estatal de Nueva York han puesto el dedo en la llaga al comprobar que una relación de pareja que nos haga infelices puede tener un impacto muy negativo sobre nuestra salud, tanto física como psicológica. De hecho, la calidad de una relación puede afectarnos mucho más de lo que podríamos pensar.

En la investigación, estos psicólogos analizaron durante dos años las relaciones de pareja de 200 jóvenes, tanto noviazgos como matrimonios, con el objetivo de determinar cómo estas influían en la salud de sus miembros.

Descubrieron que aproximadamente un tercio de los jóvenes experimentaron cambios significativos en sus relaciones a lo largo del tiempo, así como en su estado de salud. Cuando en la relación de pareja predominaba el amor, apoyo, afecto, compromiso y comprensión, la salud de ambos miembros mejoraba. 

Sin embargo, cuando la relación estaba marcada por la hostilidad y las críticas, las personas se sentían infelices y frustradas. Si estas relaciones se mantenían a lo largo del tiempo, la salud de sus miembros comenzaba a resentirse, aparecían síntomas de depresión, problemas con el alcohol y otros malestares físicos. También se apreció que cuánto más rápido las personas dejaban atrás esas malas relaciones, mejor se recuperaban, lo cual indica que mientras más dure esa mala relación, más difícil nos resultará recuperarnos, tanto en el plano emocional como físico.

Hostilidad y falta de apoyo, sensaciones psicológicas que tienen consecuencias físicas


Una mala relación de pareja puede precipitarnos en un estado de estrés en el que la desilusión se mezcla con el pesimismo y la ira. Obviamente, mantenernos en ese estado durante mucho tiempo terminará provocando cambios a nivel fisiológico que afectarán nuestra salud.

En este sentido, una serie de investigaciones realizadas por especialistas de la Universidad Estatal de Ohio son especialmente reveladoras ya que demuestran sin lugar a dudas el enorme impacto que una relación de pareja puede tener sobre nuestro estado de salud.

Estos investigadores estudiaron a 76 mujeres, la mitad de ellas casadas y la otra mitad divorciadas o a punto de separarse. Al realizarles un examen de sangre descubrieron que quienes mantenían una relación de pareja complicada o seguían atadas emocionalmente a una relación difícil, mostraban una respuesta más débil del sistema inmunitario.

Luego, reclutaron a 42 matrimonios con el objetivo de investigar qué sucede en nuestro organismo durante una discusión de pareja. Un día la pareja debía hablar durante media hora sobre un tema que le granjeara el apoyo mutuo pero otro día debía abordar un tema en el que no estaban de acuerdo y que generara tensión. 

Mientras hablaban, los investigadores les hicieron pequeñas quemaduras en los brazos para analizar el efecto del apoyo o la incomprensión en el proceso de curación. Comprobaron que cuando las parejas discutieron, sus heridas tardaron un día más en sanar. Y entre las parejas que se apreció mayor hostilidad, las heridas tardaron dos días más en cicatrizar.

Estos datos sugieren que el estrés que podemos experimentar en una relación de pareja realmente desencadena cambios en nuestro organismo que, a largo plazo, pueden pasar factura a nuestra salud. Por tanto, si estás "atrapado" en una relación tóxica, que te genera más insatisfacción que felicidad, deberías hacer un alto para repensar el camino que habéis emprendido, reflexionar y buscar la mejor solución para ambos.


Psicologia/Jennifer Delgado
http://www.rinconpsicologia.com

Fuentes:
Barr, A. B. et. Al. (2016) Romantic relationship transitions and changes in health among rural, White young adults. J Fam Psychol; 30(7): 832-842. 
Kielcot-Glaser, J. K. et. Al. (2005) Hostile marital interactions, proinflammatory cytokine production, and wound healing. Arch Gen Psychiatry; 62(12): 1377-1384.

viernes, 17 de marzo de 2017

Actúo, luego justifico (disonancia cognitiva)


Decía el filósofo René Descartes “Cogito ergo sum”, que se puede traducir como “pienso, luego existo”. Si pensamos, existimos, es una certeza innegable. Cuando hablamos de conducta humana e incoherencia en psicología, podríamos aplicar una frase similar “actúo, luego justifico”, esta hace referencia a la disonancia cognitiva.
La teoría de Festinger sobre la disonancia cognitiva explica cómo justificamos nuestras contradicciones. Cuando hacemos algo contrario a lo que pensamos, o en nuestro pensamiento hay dos ideas, creencias o emociones opuestas surge una sensación incómoda que intentamos eliminar mediante razonamientos.
Es más fácil justificar nuestros actos que cambiar nuestras acciones. Las explicaciones apaciguan nuestro malestar y calman nuestra mente. Suele resultar más sencillo darle un porqué a nuestros actos, después de llevarlos a cabo y que no nos deje en mal lugar, que admitir que nos hemos equivocado o que nuestro interés no era tan noble.

La incómoda sensación de la disonancia

Cuando decimos o hacemos algo contrario a nuestros pensamientos, es decir, cuando los actos y los pensamientos son inconsistentes entre sí, las personas experimentamos una sensación llamada “disonancia cognitiva”. Una disonancia cognitiva que produce una sensación de malestar que vamos a intentar revisando la justificación de nuestros actos.
La disonancia cognitiva es una experiencia psicológicamente desagradable que se acompaña de inquietud y aparece cuando hay pensamientos o acciones que no concuerdan entre sí dentro de uno mismo.

Ese malestar no suele aparecer cuando la incoherencia es sobre un tema sin importancia, por ejemplo, si quiero un café pero me tomo un té. La disonancia cognitiva aparece ante acciones o pensamientos con cierta importancia para nosotros, por ejemplo, cuando queremos decidir si cambiamos o no de trabajo, cuando tenemos que defender una idea públicamente aunque internamente pensemos lo contrario o cuando hacemos algo en contra de nuestros valores fundamentales.

Hago, entonces justifico

La disonancia cognitiva desencadena un intento de justificar nuestras inconsistencias y de buscar una explicación a esas situaciones en las que hacemos algo contrario o diferente a lo que pensamos. La mayoría de las veces no somos conscientes de ello, sino que justificamos pensando que realmente son esos motivos los que nos han llevado a actuar, cuando en realidad los motivos han sido otros y los hemos modificado o maquillado después.
“Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca. Mas no pudo alcanzarlos, se alejó diciéndose: “ni me agradan, están tan verdes…”
                                                                                               Esopo
Como en la fábula de Esopo, cuando la zorra no consigue alcanzar las uvas decide que no las quiere. Primero hacemos, decidimos y actuamos para después darle forma y calmarnos mediante una razón inventada.

Una defensa habitual contra el malestar

Justificarse en lugar de asumir la inconsistencia o responsabilidad de nuestros actos es la manera que nuestra mente tiene de disminuir el malestar. La disonancia cognitiva está presente en todas las personas y ante ella aparece una defensa habitual para proteger a nuestra autoestima y autoconcepto.

Por ejemplo, imagina que uno de los valores que pensamos atesorar es la honestidad y estamos muy orgullosos de ser unos buenos representantes del mismo. Sin embargo, un día te “pillas” mintiendo, una acción que está en contra de nuestro valor. Para nuestra mente es mucho más sencillo pensar que hemos mentido porque la situación “nos ha obligado” o para beneficio de otros más que para el propio. Así, buscamos una justificación aceptable para alejar la mala sensación que nos ha producido “traicionar” a nuestro valor.
Lo mismo ocurre cuando hacemos un gran esfuerzo y fracasamos a la hora de conseguirlo o cuando ante una elección acabamos eligiendo una opción con la que no estamos del todo satisfechos. Siempre encontraremos una razón que amanse nuestros miedos y proteja nuestra imagen.

Cuando lo sano se vuelve insano

La disonancia cognitiva es un mecanismo que nos protege, es decir, ayuda a conservar nuestra autoestima y salud mental. Actuamos, erramos, nos justificamos y aprendemos. Disminuimos el malestar y eso nos permite avanzar y no anclarnos en el error.
Como decía Aristóteles “la virtud está en el término medio”. Lo que la mayoría de las veces nos protege y ayuda a sobrellevar el malestar puede volverse en nuestra contra.
Pero en algunas ocasiones esta barrera contra el malestar puede ser perjudicial. A veces nos quedamos parados en la justificación sin avanzar o aprender de la inconsistencia. En otras ocasiones la disonancia es tan intensa que puede llevarnos a realizar conductas aún más perjudiciales para nosotros mismos.
Por ejemplo, podemos ser conscientes de que fumar es perjudicial para nuestra salud y aún así hacerlo. Para reducir el malestar que produce este enfrentamiento entre conducta y conocimiento, podemos minimizar en nuestra mente las repercusiones negativas del tabaco. Algo que a su vez puede incrementar el consumo de tabaco, que antes precisamente era moderado por el conocimiento que ahora nos cuestionamos para sentirnos mejor.

Hazte siempre esta pregunta: ¿fue antes el huevo o la gallina?

Tomar conciencia de nuestros mecanismos psicológicos nos ayuda a conocernos y aceptarnos mejor. Nos permite reflexionar sobre nuestros actos, tomar perspectiva y aprender de nuestros errores. Todos los seres humanos tenemos defensas e identificarlas es un paso en el camino del autoconocimiento.
La próxima vez que te encuentres a ti mismo/a justificándote ante una acción que hayas hecho y te cause cierto malestar o te sientas en alguna medida responsable, pregúntate, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina, el actuar o el justificar?

Psicología/Andrea Pérez
https://lamenteesmaravillosa.com