lunes, 23 de noviembre de 2015

La ciencia de la relajación

Todos los métodos de relajación están inspirados en la relajación del yoga, que cuenta con miles de años de antigüedad. Es una extraordinaria medicina y sin contraindicaciones. Sus efectos psicosomáticos son excepcionales y es de ayuda para todo el mundo. 


El yoga es el precursor de la ciencia psicosomática y la primera disciplina integral de la salud en el mundo, y los yoguis fueron los primeros en concebir, ensayar y experimentar la relajación no solo como fuente de energía y vitalidad, sino también como procedimiento útil para el control psicosomático y la reintegración emocional.

Asimismo, descubrieron que es muy beneficiosa para el cuerpo, la mente y las energías, y la convirtieron en un procedimiento fiable para acumular fuerza vital, e incluso la utilizaron para complementar otras técnicas de yoga.

Se ha constatado que los estiramientos y masajes que promueve el yoga facilitaban una relajación más profunda, lo que indujo al doctor Behanama a declarar: «Como sistema de prácticas para inducir a un alto nivel de relajación, el yoga es insuperable». Las posturas, al trabajar con estiramientos mantenidos y masajes, van, por un lado, tensando para relajar y, por otro, presionando puntos vitales y desbloqueándolos. Los antiguos yoguis denominaron savasana a la postura de relajación, es decir, postura del cadáver, para apuntar así que el cuerpo, durante la práctica, tiene que estar tan inmóvil como el de un muerto.

La relajación de yoga se puede aplicar de manera independiente o después de haber efectuado las posiciones de estiramiento y masaje, las asanas. Si se recurre al segundo esquema de trabajo, podemos denominarlo relajación activa-pasiva, pues primero se acude a las posiciones de yoga, que eliminan crispaciones, tensiones, contracturas, y estiran para relajar. Pero si se realiza sin asociarla a las posturas corporales, la podríamos calificar de relajación pasiva y consciente, porque exige máxima inmovilidad y máxima atención vigilante.

Es la atención vigilante y consciente la que va sintiendo las diferentes partes del cuerpo, para después soltar los músculos. Sentir y soltar, sentir y soltar: ese es el secreto. Mediante este fácil procedimiento se obtiene una relajación profunda y saludable, además de beneficio físico, energético y psicomental. Sentir y soltar. Es necesario mantener la mente atenta, el cuerpo pasivo y la concentración activa a lo largo de la práctica. 

El método

–Escoja una habitación tranquila, en semipenumbra, eligiendo una superficie que no sea ni muy blanda ni excesivamente dura: una manta doblada sobre el suelo, una alfombra…
–Tiéndase de espaldas colocando la cabeza en el punto de mayor comodidad. Separe ligeramente las piernas y deposite los brazos sobre el suelo a ambos lados del cuerpo, con las palmas de las manos ladeadas o hacia arriba, como mejor se encuentre.
–Cierre los ojos, pero evite cualquier crispación en los párpados.
-Regule la respiración, preferiblemente por la nariz, haciéndola un poco más lenta y pausada. Si de manera natural se torna abdominal o diafragmática, mejor.
–Ahora comience a revisar su cuerpo, sin prisa, desde los pies a la cabeza, para sentir las diferentes zonas y aflojarlas. Sentir y aflojar. Sentir y aflojar.
–Dirija la atención mental a los pies y a las piernas. Nótelos. Concéntrese bien en esa zona del cuerpo. Deben irse relajando más y más, más y más.
–Conduzca ahora la atención al estómago y el pecho. Concéntrese en todos sus músculos; se aflojan, relajando. Siéntalos más y más sueltos. La mente siempre muy atenta. Con la concentración en el estómago y el pecho, suelte más y más todos estos músculos.
–Desplace la mente a la espalda, los brazos y los hombros. Deben ir aflojándose tanto como sea posible. Suelte los músculos más y más. Siéntalos flojos, relajados, más y más relajados.
–Fije la mente en el cuello, en todos sus músculos. Siéntalos más y más relajados, más y más relajados.
–Ahora tiene que revisar las partes de la cara. Suelte la mandíbula, relájela. Afloje tanto como pueda los labios, las mejillas y los párpados. Sienta el entrecejo y la frente. Los músculos se relajan, se aflojan.
–Sienta todo su cuerpo flojo y relajado, flojo y relajado. Si tiene tensión en alguna zona, dirija la mente hacia ella, concéntrese bien en la misma y afloje, afloje, afloje…
–Conéctese mentalmente con la respiración. Es como una apacible ola que viene y se va, lenta, pausada, reparadora; lenta, pausada, reparadora. Concéntrese en esa ola apacible. Viene y se va, viene y se va. Cada vez que expulsa el aire, se relaja más y más, más y más. El cuerpo se relaja profundamente, cada vez más profundamente. La respiración es una ola de sosiego y paz, sosiego y paz.
–Note cómo todo el cuerpo es invadido por una placentera sensación de relajación, bienestar y descanso.
–Manténgase así de diez a quince minutos. Disfrute de la relajación del cuerpo y del sosiego de la mente.

Antes de salir del estado de relajación…
Respire una decena de veces muy profundamente. Tome y suelte tanto aire como pueda.
Mueva lentamente los pies y las manos. Después las piernas, los brazos, la cabeza y el resto del cuerpo.
Incorpórese suavemente.

Ramiro Calle

Decisiones


Un día un empleado encontró a su jefe, una persona de éxito que había construido una gran empresa de la nada. El empleado le preguntó:
- ¿Cómo ha logrado tener tanto éxito?
- Lo resumo en dos palabras – dijo el jefe - Buenas decisiones.
El empleado no se conformó con una respuesta tan vaga así que le preguntó de nuevo, dispuesto a desvelar el secreto:
- ¿Y cómo ha sabido tomar las decisiones correctas?
- Lo resumo en una palabra: Experiencia.
El empleado no dio su brazo a torcer y volvió a preguntar:
- ¿Cómo ha podido alcanzar esa experiencia?
En ese punto el jefe sonrió y le dijo – Lo puedo resumir en dos palabras: Malas decisiones.

Quien nunca se ha equivocado que tire la primera piedra. Cuando miramos atrás y escudriñamos nuestro pasado, es prácticamente imposible no encontrar una mala decisión. De hecho, es muy fácil dejarse llevar por el primer impulso y tomar una decisión errónea o simplemente dejar que los demás decidan por nosotros. Y es que las malas decisiones forman parte del proceso de la vida e incluso hasta nos acercan a nuestra meta pues nos ayudan a comprender cuál es el camino que debemos seguir, aunque sea por un proceso de exclusión.

Sin embargo, este es un discurso meramente racional. La verdad es que cuando las malas decisiones rompen el velo del pasado y nos atacan sin contemplación, las emociones toman el mando y llega la fase de “resaca”. Es ese momento en el que nos arrepentimos de lo que hicimos, nos sentimos culpables y nos angustiamos. Si no somos capaces de pasar página y nos quedamos rumiando continuamente esas malas decisiones, corremos el riesgo de caer en el inmovilismo y de sufrir inútilmente, lamentándonos por algo que no podemos cambiar.

¿Qué hacer?

1. Maneja la avalancha emocional. Cuando te das cuenta de que has tomado una mala decisión y esta ha tenido consecuencias importantes en tu vida o en la vida de los demás, es normal que te sientas mal. Puedes experimentar diferentes emociones, desde la ira hasta la tristeza. Sin embargo, torturarte o culparte es tan inútil como una danza india para llamar la lluvia. No intentes esconder esas emociones pero no las alimentes con pensamientos recriminatorios. Simplemente no dejes que tomen el mando y nublen tu razón. Para lograrlo, imagina que eres un observador externo que mira dentro de ti. Descubre las emociones que estás experimentando, ponles un nombre y no tengas miedo a vivenciarlas. Si no te resistes y las miras incluso con un poco de curiosidad, verás que poco a poco su efecto negativo irá difuminándose.

2. Detén las voces ajenas que escuchas en tu mente. Cuando tomamos una mala decisión y nos percatamos de ello, inmediatamente se activa un pensamiento interior recriminatorio. Esa voz interior es la que azuza las emociones y las intensifica, es la que te hace sentir aún peor. Sin embargo, lo más curioso es que a menudo esa voz interior no es nuestra, es la voz de alguien que hemos asumido como propia y que nos castiga agazapada en algún lugar de nuestro pasado. Por tanto, no detengas ese pensamiento interior, al contrario, dale rienda suelta y escucha lo que dice. En cierto punto del discurso es probable que descubras alguna frase que no es tuya sino que pertenece a otra persona, que pueden ser tus padres, un maestro del colegio o incluso una expareja. Cuando desenmascares a esa voz interior ajena que intenta hacerte sentir mal, inmediatamente perderá su fuerza.

3. Valora el alcance de los daños. Una vez que hayas logrado cierto equilibrio emocional, ha llegado el momento de pensar en frío. Valora hasta qué punto esa mala decisión ha causado daños. ¿Las consecuencias son tan terribles como parecen o estás exagerando? En la situación en la que te encontrabas y con el conocimiento y la experiencia que tenías, ¿podías haber tomado otra decisión? ¿Hasta qué punto eres realmente responsable de los daños? Vale aclarar que no se trata de escapar de tus responsabilidades pero a menudo exageramos las consecuencias de nuestras acciones solo porque nos sentimos mal con ellas. A veces pensamos que tenemos el control de todo y que la responsabilidad es solo nuestra cuando en realidad no es así. Por eso, cuando se trata de asimilar malas decisiones, siempre es importante mirarlas en perspectiva para poder darles la importancia que realmente tienen, ni más ni menos.

4. Aprende del error. Una mala decisión solo es realmente mala si no aprendes de ella. Por tanto, analiza qué pasos te llevaron hasta ese punto. ¿Te dejaste influenciar por factores externos? ¿No tenías la experiencia suficiente? ¿Te apresuraste demasiado al tomar la decisión? ¿Te dejaste llevar por tus emociones o por tu instinto y este te jugó una mala pasada? ¿Tenías miedo y dejaste que los demás decidiesen en tu lugar? Este ejercicio no tiene la finalidad de culparte sino de detectar los errores para evitar que en un futuro puedas volver a cometerlos. Por tanto, recuerda que la sinceridad es clave y que no valen los mecanismos de autosabotaje. Recuerda que el verdadero error no es la mala decisión sino no sacar un aprendizaje.

5. Repara y sigue adelante. Si puedes reparar algunos de los daños causados, hazlo. Piensa si hay algo que puedas hacer para modificar lo que ha pasado y sus consecuencias. A veces no es posible deshacer el error pero una disculpa puede ser suficiente para que las heridas comiencen a cicatrizar. En otras ocasiones, esa mala decisión se ha convertido en una bola de nieve que continúa causando problemas a su paso. Si es así, piensa en los efectos negativos actuales y en cómo ponerle límites. Si no puedes reparar el daño, no te ahogues en la frustración, sigue adelante. Perdonarse a uno mismo es probablemente el paso más complicado pero es imprescindible para que te puedas liberar de ese fardo de culpabilidad. Los errores no te hacen más débil, al contrario, te convierten en una persona más resiliente pero solo si eres capaz de sobreponerte a su impacto y continuar adelante. Rescata lo bueno, atesora el aprendizaje, y pasa página.



Psicologia/Jennifer Delgado

La taza de porcelana



Aquella señora quedó maravillada al examinar una preciosa y fina taza en la tienda de antigüedades.
- Nunca había visto algo tan exquisito - exclamó la dama - esta taza es una verdadera joya –dijo.
- Usted no sabe todo lo que he pasado –, le habló la taza, para su gran sorpresa –. Hubo una vez en que yo simplemente era un trozo de barro. Mi maestro me recogió del suelo con una pala y me colocó en un torno de rueda horizontal y me dio vueltas y vueltas y más vueltas, mientras me daba forma con sus manos. Yo gritaba que parara, y el repetía:
- Todavía no…
- Luego me metió en un horno. Nunca sentí tanto calor. Grité y quise salir pronto de ahí, pero el maestro seguía repitiendo:
- Todavía no…
- Finalmente abrió la puerta y me sacó para enfriarme un poco. Entonces tomó brochas y pinceles, y empezó a pintarme. Los olores de la pintura me asfixiaban. A mis quejas el maestro sólo atinaba a decir:
- Todavía no…
- Para colmo, me metió de nuevo en el horno, ahora mucho más caliente que antes. Supliqué, lloré, di patadas, refunfuñé…pero la única respuesta que obtuve fue:
- Todavía no…
- Cuando pensaba que ya no había ninguna esperanza de parar esas torturas, el maestro me sacó del horno y me puso frente a un espejo.
No es posible - dije al verme reflejada en el espejo - esa no puedo ser yo. ¡Es una bella taza! ¡Soy una bella taza! ¡Soy una obra de arte! Y el maestro me contestó de la siguiente manera:
- "Quiero que recuerdes esto: sé que te dolió cuando te saqué del suelo con la pala, que te mareaste en el torno, que sufriste un horrible calor en el horno, que te asfixiabas con el olor a pintura y que casi te achicharraste en el segundo horno. Pero si no hubieras pasado por todo eso, todavía no serías más que un trozo de barro. Ahora en cambio, eres una hermosa taza de porcelana”.
Desconozco el autor


Cada uno de nosotros somos como esa taza de porcelana. Una obra de arte. Pero a veces nosotros sólo vemos el barro. Necesitamos que la vida nos ponga a prueba y nos moldee para descubrir el tesoro que llevamos dentro.

¡Gracias Julio César Valdés Arrastia!