lunes, 16 de octubre de 2017

El espejo y tú



En mi opinión, mirarse con los ojos abiertos en un espejo es más duro que mirarse con los ojos cerrados en el interior. En este segundo caso, parece que la ausencia innegable e inevitable de unos ojos penetrantes que te indagan desde el espejo, silenciosa pero sólidamente, hace un poco más sencilla la situación. 

En cambio, cuando te miras en el espejo y te mira esa figura que es exactamente igual que tú pero plana, igual que tú en cuanto a que no puede disimular su tristeza, con la misma mirada producto del desasosiego de no saber pero al mismo tiempo con una pregunta sin definir, una pregunta que todavía se está construyendo relacionada con “¿Quién soy yo?”, “¿Quién es ese del espejo?”, “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”, “¿Qué me pasa?”, “¿Qué inquietud es esta que me agobia y me altera y me provoca una sensación de desubicación?”.

Me armo de valor y miro a la cara al del espejo. “No sé quién eres”, me dice. “Yo tampoco lo sé”, le digo.

“¿Qué quieres?”, pregunta. “No lo sé”, le tengo que decir.

“¿Qué te pasa?”, inquiere. “Ya me gustaría saberlo”, tengo que reconocer frente a él y frente a mí.

“¿Qué haces mirándome?”, interroga. “No lo sé”, repito. En realidad tengo ganas de huir, de borrarme, de deshacerme de esta mente inquisidora que no me permite eludir mi estado interior y me lo pone enfrente continuamente.

Observo que el del espejo se atreve a hacerme las preguntas que yo evito, y me las hace directamente, sin pensar en mi miedo, sin respetar esta cobardía en la que me refugio cuando se trata de investigarme o de pretender conocerme.

Tengo tanto miedo a lo que pueda encontrarme… y tengo tanto miedo a qué me puede pasar si reconozco que tengo errores y motivos de arrepentimiento y grandes vacíos y más dudas y mi pobreza espiritual y mi incapacidad para afrontar los asuntos que tengo pendientes de resolver y esta indefensión ante la vida y estos sueños desmoronados y esta lágrima que siempre está preparada para salir y esas noches preñadas de dudas…

Así estoy siendo yo la mayoría del tiempo, y por eso es que me cuesta responder con una sonrisa a la mirada seria que me reta, y me cuesta encontrar razones para convencerle de que abandone esa inquisición, eso que siento como un acoso continuado. 

Bastante débil soy yo como para tener que aguantar también mi propia enemistad, pero esa seriedad no me invita a una reconciliación. No veo colaboración por su parte, ni una apertura de brazos que me acoja a pesar de mi humanidad –iba a escribir “debilidad”, pero me di cuenta a tiempo y no lo hice-, ni una sonrisita que me transmita perdón o, cuanto menos, comprensión.

Esto de mirarse al espejo para conocerse es el ejercicio más duro que conozco. Bueno, es peor aún mirarse y no encontrar una sonrisa enfrente, como es mi caso.

El del espejo me vuelve a preguntar, aunque yo no le quiera escuchar y, aún menos, responder. Me pregunta sin una pregunta concreta. Es como que quiere hacer que me sienta culpable con solo mirarme. Y lo logra. No necesita acusarme: ya tengo que saber yo todos los motivos por los que podría acusarme.

A pesar de todo, persisto en volver a mirarle a los ojos. Yo trato de quitarle dureza a mi mirada con la esperanza de que él también lo haga. Deseo poderlo conseguir, porque mi voluntad es la de llegar a una reconciliación, a un hermanamiento, y no voy a dejar de intentarlo.

Sé que me quiero aunque no me lo demuestre.

Sé que esto de “me quiero” es el lema que ha de resistir y no abandonarme. Y yo no abandonarlo.

Por encima de todo, de mis propios altibajos, de mis auto-enfados, de mi tremenda exigencia y mi dificultad para perdonarme, por encima de todo ello está mi propio amor que intuyo –aunque no veo-, está un cuidador poco activo –porque no le dejo cuidarme-, está la intuición de que dentro de mí se encuentra quien yo quisiera encontrar.

Dentro de mí, estoy YO.

 Y con ese YO me quiero encontrar.

¿Y tú?, ¿qué ves cuando te miras al espejo?

Te dejo con tus reflexiones…



Francisco de Sales
buscandome.es

domingo, 15 de octubre de 2017

Encontrar el apoyo en un mundo de espaldas


A veces, nuestra valentía se oxida y casi sin saber cómo nos calzamos con las suelas del desánimo. Es entonces cuando más apoyo necesitamos y más espaldas encontramos.Hasta que de pronto, alguien dice esas palabras mágicas capaces de curar: “estoy aquí, contigo”, “todo va salir bien, no te preocupes”.
El apoyo es ese valor primordial que va más allá de la simple conciencia social o la solidaridad hacia nuestros semejantes. Apoyar es corresponder con afecto, es materializar nuestra empatía en forma de ayuda, respaldar en emociones y en esas acciones donde se inscribe el auténtico cariño, el más cómplice, el más íntegro.
Estaré contigo apoyándote en todo momento, seré la alegría de tus sonrisas y la mano que te alce cuando caigas tan hondo que tan siquiera recuerdes amarte a ti mismo. No lo olvides, siempre me tendrás contigo a las malas, porque en las buenas puede estar cualquiera.
Resulta curioso cómo todos, de algún modo, nos vemos a nosotros mismos como criaturas fuertes e inexpugnables con nuestras armaduras doradas. No obstante, todo guerrero cae derrotado alguna vez, y no por pedir ayuda vamos a ser más débiles: todos agradecemos una mano amiga en momentos de adversidad.

El apoyo emocional, el lenguaje sincero del corazón

El apoyo es en ocasiones un lenguaje que habla diferentes idiomas. Hay quien no sabe pedirlo, que calla, disimula y avanza con el alma rota y la mente habitada por el desconsuelo. Otros, en cambio, no saben darlo y se limitan a ofrecer esos parches de rigor donde el “eso no es nada” o “es que tú te preocupas demasiado” llena sus bocas para intentar quedar bien y acabar cuanto antes.
El apoyo emocional debe hablar el mismo idioma que el corazón de la persona necesitada. Es necesario “sintonizar” y para ello, deben aparecer dos dimensiones básicas: el sincero deseo de conectar con quien tenemos enfrente y disponer de la adecuada capacidad para saber ofrecer esa ayuda, ese consuelo, esa cercanía.
En un mundo habitado ya por demasiadas espaldas debemos acostumbrarnos a mirar cara a cara a las personas. Nuestros hijos ansían ese apoyo cotidiano que en ocasiones, se nutre simplemente con “estar ahí” y demostrarles que son únicos, especiales y maravillosos. Apoyo es también la cualidad de aportar luz cuando alguien se ha sumido en su propia oscuridad…

Apoyar al ser amado, un lazo de fortaleza

El apoyo mutuo en nuestras relaciones de pareja es como ese puente con el que sortear las dificultades de la vida con mayor seguridad. Es ante todo, no rendirse para que juntos consigamos lo que no lográbamos por separado, y es por supuesto, seguir amándonos aún cuando menos lo merezcamos.
Cuando tu mundo se venga a bajo, ven al mío… Lo reconstruiremos pedazo a pedazo, fibra a fibra, para que nada te falte, para nada de lo que te hace único se pierda de nuevo.
Apoyar a la persona que queremos requiere de una sutil pero profunda sabiduría que todos deberíamos propiciar y poner en práctica. Te ofrecemos una sencillas estrategias sobre las que reflexionar.
  • Hemos de ser respetuosos con las emociones y sentimientos de la pareja. Elige siempre un “te entiendo, estoy aquí contigo” antes que un “eso no es nada”.
  • Mantén el contacto físico, habla el lenguaje de las caricias, de los abrazos, coge las manos de tu pareja cuando te hable y confiere siempre un cariño sincero, una empatía cercana y auténtica.
  • Jamás hagas uso de las ironía o las burlas hacia tu pareja -por inocentes que éstas te parezcan- ni en privado ni aún menos en público.
  • Nunca pospongas una conversación, si el ser amado nos quiere contar algo importante no lo dejes para otro momento. El mejor momento siempre es ahora.

El placer de saber que siempre estarás ahí

En una sociedad más acostumbra a dar espaldas que abrazos es necesario empezar a cambiar conciencias y aprender ese lenguaje único, maravilloso y sanador como es el que confiere el apoyo.
Apoyar es ante todo tener el don de levantar a una persona sobre nuestros hombros para situarla en un terreno más alto, con el fin de que desde allí, sea capaz de ver otras perspectivas por sí misma, otros caminos que le permitan salir de su dificultad. El buen apoyo es el que nos permite crecer, no el que humilla de modo paternalista recordándonos los errores cometidos, las heridas sufridas.
Es un placer también saber que contamos con esas personas sabias que saben estar cuando las necesitamos, que no piden nada a cambio y que nos aceptan de forma íntegra, con nuestras virtudes y defectos, con nuestras obsesiones e indefensiones.
Recuerda además que no son tus creencias las que te hacen ser mejor persona, son tus acciones. Así pues, si dispones de esas personas con sol en el corazón y polvo de hadas en sus bolsillos, actúa con reciprocidad. Apoya cuando lo necesiten, acompaña, atiende y levántalas muy alto para que puedan ver también sobre tus hombros, donde se hallan sus senderos dorados. Esos donde se inscriben las nuevas oportunidades en tiempos de dificultad.

Psicología/Valeria Sabater
https://lamenteesmaravillosa.com

Para todos los que hoy celebran el Día de la Madre

                                      ♥  ¡Muy muy Feliz Día Mamis!