viernes, 15 de septiembre de 2017

Eres lo que dices, pero sobre todo lo que haces


Pensar que tus creencias y tus valores te definen está muy bien si tus actos van en la misma dirección. Lo que ocurre es que en ocasiones, tus palabras y tus actos toman caminos diferentes y todo se queda en buenas intenciones. Eres más lo que dices que lo que haces. Piénsalo.
De nada sirve que te jactes de ser una buena persona, si después no ayudas a los demás. No importa lo ingenioso que afirmes ser, si después no haces nada creativo. Alardear de aquello que crees ser es muy fácil, lo difícil está en llevarlo a cabo. La pregunta obligada es ¿por qué lo haces?, ¿cuál es el motivo escondido tras aquello que confirmas pero no demuestras?
► Lo que haces tiene mucho más valor que lo que dices que vas a hacer.

Lo que haces te define

Por mucho que expresemos buenas intenciones, lo que hablará de nosotros será lo que hacemos. Nuestras acciones siempre pesarán más que nuestras palabras. Sin embargo, el hecho de creer lo contrario dice mucho de la manera en la que nos relacionamos con los demás, de cómo nos mostramos y cómo manipulamos la realidad.
Un ejemplo de ello podemos observarlo en aquellos relaciones de pareja que se alimentan de promesas que, muchas veces, se quedan tan solo en palabras. Jurar y perjurar que jamás dejaremos a esa persona que tanto amamos, afirmar que es la única o que siempre estaremos en los momentos más duros… Todo esto, aunque suene muy bonito puede que no se cumpla en un determinado momento. Hay variables que no podemos controlar.
Puede que encontremos a alguien que nos guste más y dejemos, entonces, a nuestra pareja. Quizás acabemos engañándola con otra persona o tal vez, en los momentos más difíciles no seamos capaces de lidiar con la presión y optemos por huir. De este modo, nuestra pareja se decepcionará y ni siquiera nos reconocerá pues creyó en todo lo que le habíamos dicho que éramos e íbamos a hacer.
“No importa lo que digas ni cómo te justifiques; eres lo que haces. Tus comportamientos hablan por ti, te delatan, te señalan”.
                                                                                Walter Riso

De alguna manera, hemos dado a las palabras un gran poder. Aquel de retener a alguien a nuestro lado, de manipular la realidad a nuestro antojo y de afirmar lo que en verdad no somos. Sin embargo, a la hora de la verdad, las palabras pueden caerse y lo que queda son los actos que hemos llevado a cabo y que definen realmente quiénes somos.

Buenas intenciones que camuflan grandes miedos

El mayor peligro que conlleva afirmar verdades tan tajantes sobre nosotros es que, a pesar de que se esfumen en un determinado momento, podemos acabar creyendo en ellas. No obstante, en vez de confirmarlas con acciones, nos quedamos ahí, quietos, como si de una zona de confort se tratara. En esencia, esto puede ser así porque a veces, las buenas intenciones están cargadas de profundos miedos.
No olvidemos que quien afirma su superioridad por la boca está intentando camuflar inseguridades y miedos que ni él mismo quiere ver. Es natural. Mirar de frente a nuestros miedos es aterrador. Lo fácil es darles la espalda y hacer como si no estuviesen ahí. A pesar de que con el tiempo se vayan convirtiendo en una carga cada vez más pesada.
Esto no nos permitirá vivir de manera tranquila, positiva y coherente. Pues no habrá una congruencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. De este modo, será imposible poder encontrar y experimentar el tan anhelado equilibrio vital.
► “La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía”.
                                                                 Mahatma Gandhi


  Así, no somos mejor por creer que nuestra forma de pensar es la ideal, ni tampoco porque afirmemos serlo, sin más. Nuestros actos pueden contrariar a nuestras palabras y hacernos quedar como mentirosos. No olvidemos que nada nos define mejor que nuestras acciones.
Quizás la cuestión sea hacer más y hablar menos o al menos, cumplir lo que decimos…
 Psicología/Raquel Lemos Rodríguez  
  Imágenes cortesía de James Hartley
  https://lamenteesmaravillosa.com               

jueves, 14 de septiembre de 2017

5 reglas de oro para cuidar de nuestras relaciones


Cuando algo se cuida, cuando se mantienen los pequeños detalles y uno se embelesa día a día, nuestras relaciones son mejores, más enriquecedoras y más profundas. Sin duda, con nuestros cuidados evitamos que algo se rompa con facilidad e impedimos que las cicatrices y las heridas sean las reinas de nuestras relaciones.
Hay personas que llegan a nuestra vida para darnos luz pero solo las conservaremos si nuestras interacciones nos ayudan a amarrarnos, a sostener ese vínculo de una manera noble, sincera y fuerte.
Se nos olvida con facilidad que para mantener viva la llama de la amistad, del amor y de cualquier otra relación debemos remarcar unos principios básicos en nuestras actuaciones.
Es importante que reflexionemos sobre esto porque las siguientes reglas de oro van más allá de las costumbres relacionales que guían nuestro día a día y nuestro ser. Veamos algunos más sobre estos 5 principios…

1. La lengua no tiene huesos pero es lo suficientemente fuerte como para romper un corazón

A las palabras no se las lleva ningún viento. Estas anidan en el corazón y son capaces de construir o destruir, calmar o impulsar, ayudar a crecer o mermar. Las malas palabras, las malas formas o las opiniones desacertadas pueden quebrar un corazón de una manera catastrófica.
La manera de comunicarnos con los demás dice mucho del respeto que les profesamos, no podemos creer que todo tiene cabida en los diálogos porque hay confianza. Es imprescindible, por lo tanto, cuidar las formas y el contenido de lo que expresamos.
Cuando tenemos que comunicar algo negativo debemos hacerlo de una manera delicada y eso significa desde el afecto, desde la preocupación o el malestar. La mejor manera de hacerlo es aludiendo a los comportamientos y evitando etiquetar a la persona por un mal hecho.
Nuestras palabras deben pasar los tres filtros de Sócrates: el de la verdad, el de la utilidad y el de la bondad. Si algo no es verdad, no es útil y no hace bien a quien se lo decimos, es mejor que evitemos hacer ese comentario.

2. Hay dos cosas insoportables: la mentira y la falsedad

La verdad duele una vez pero la mentira duele siempre. No hay nada que quiebre tanto una relación como la mentira y la falsedad. Ambas cosas son capaces de destruir todo a su paso, de devastar los bosques más poblados y de hacer caer a las torres más altas.
La mentira hace que nos cuestionemos mil verdades, haciéndonos cuestionar incluso las experiencias más francas vividas. Hay muchos tipos de mentiras, por supuesto, pero una relación sana no puede sustentarse en base a estas.
Recordemos que la confianza es un artículo de lujo que no se regala a cualquiera, y es que cuando un sentimiento tan importante como la confianza se quiebra, algo en nuestro interior fallece.

3. La distancia más larga entre dos personas es un malentendido

La frase que mejor ilustra esta reflexión es la siguiente: “Entre lo que pensamos, lo que queremos decir, lo que creemos decir, lo que decimos, lo que queremos oír, lo que oímos, lo que creemos entender y lo que entendemos, existen nueve posibilidades de no entenderse”.
Querer o no querer entenderse no es la cuestión, la cuestión es saber encontrarse a pesar del estado emocional de cada uno, a pesar de las prioridades y a pesar de que en muchas ocasiones es dificultoso encontrar un punto en común.
La diferencia radica en que escuchemos para comprender y no para contestar, de que hablemos sobre las molestias que nos generan actitudes o palabras, de que comuniquemos sin palabras, de que hagamos por entender. Esto se debe mantener no solo en los momentos en los que estamos teniendo una conversación, sino también más adelante, cuando nos encontremos a solas reflexionando.
Es importante que lo hagamos también a posteriori, pues muchas veces el calor del momento no nos permite reflexionar de la manera adecuada, incentivando así comportamientos dañinos y orgullosos. Equivocarse es común y humano, pero también tenemos que saber emitir un perdón sincero.

4. A los ojos tristes hay que hacerles menos preguntas y darles más abrazos

Validar las emociones de los demás es indispensable para fundamentar una relación en la aceptación. Comprender las emociones y transmitir esa comprensión marca la diferencia. Con esta máxima pretendemos hacer valer la importancia de no juzgar y de no caer en el “te lo advertí” o en el “no tienes razones para lamentarte por todo”.
Cada persona está librando su propia guerra y, aunque la empatía cognitiva y emocional total es en cierto modo una utopía, no podemos dejar de intentar hacer una lectura emocional del otro lo mejor posible.
Apoyar en los malos momentos de la manera adecuada fundamenta de manera sólida una relación, por lo que es especialmente importante atender a cómo gestionamos las emociones negativas de los demás.


5. Dedicar tiempo, el regalo más bonito

Tan importante es estar al lado de las personas que queremos en los malos momentos como estar en los buenos. El acompañamiento aporta oxígeno psicológico y compartir significa vivir. Rodearnos de personas a las que queremos y que nos quieren, convivir con ellos en los buenos momentos y tener sonrisas que recordar es lo que marca la diferencia.
Por otro lado debe quedarnos claro que rogar tiempo no es una opción. Ni para nosotros ni para los demás. Por muy ocupados que estemos siempre podemos dedicar una llamada breve o un mensaje a esa persona para decirle sin palabras que está en nuestros pensamientos. No hacerlo contribuye a generar una distancia que con el tiempo se hace muy difícil de salvar.
Es importante que construyamos estilos de comunicación y de comportamiento en nuestras relaciones que sumen y que no resten. No perdamos, entonces, la oportunidad de mejorar como pareja, amigos, hijos, padres, hermanos, compañeros, etc. Hacer un esfuerzo por manejar estas 5 reglas de oro de manera adecuada hará, sin duda, un mundo más noble, sincero y constructivo.

Psicología/Raquel Aldana
Ilustración principal de Anne Soline
https://lamenteesmaravillosa.com

miércoles, 13 de septiembre de 2017

La encrucijada ¿Tienes una en tu vida?


Existen momentos en nuestras vidas, en los que aparecen delante de nuestro caminar, situaciones que nos parecen muros infranqueables, normalmente en forma de toma de decisiones trascendentales, donde no vale esconder la cabeza como el avestruz, en las que queramos o no hay que actuar.
Las encrucijadas pueden presentarse en el mundo de los sentimientos, de las relaciones, de los negocios, del alma, del trabajo… ¡en todas partes!
Normalmente en estos cruces de caminos, suele no haber vuelta atrás en la inmensa mayoría de los casos, empezamos a llegar al punto donde el retorno es un camino imposible de seguir y ¡zas! el corazón se nos acelera, nos paralizamos por el miedo a equivocarnos… no podemos seguir, somos incapaces de seguir en una u otra dirección, es superior a nuestras fuerzas.
Aquí es donde imploramos ayuda al Universo, al Altísimo, o sencillamente cogemos el móvil y llamamos a nuestro amigo del alma e imploramos ¡¡¡qué hago!!! Nuestro amigo puede representar para nosotros la figura de psicólogo, director general, asesor espiritual, representante artístico o inclusive le podemos poner la túnica de un falso vidente. Claramente necesitamos a alguien que con su varita mágica nos indique la senda a seguir… ¡Todo con tal de no tomar una decisión! ¿Cuál es el camino que debo elegir?
El miedo a perder lo que tenemos, provoca que muchas veces no veamos los tesoros que se adivinan detrás de esos cruces de caminos, no nos damos cuenta que puede ser mucho más doloroso permanecer en una confortable estación, que coger el tren hacia una nueva estación, la vida es un viaje en tren con diversos andenes y multitud de subidas y bajadas de los vagones ¡aprovechemos el viaje!
Ese mismo miedo provoca que a veces, coger una simple senda que va en paralelo y en la misma dirección que teníamos marcada, nos aterre, no nos permita disfrutar de alguna variante de nuestro camino.
La vida es por definición una travesía, y muchas veces nosotros, provocamos que esas maravillosas oportunidades de desarrollarnos no sean aprovechadas en su justa medida. Cuando se presenta una de estas disyuntivas, debemos ser valientes, debemos decidir nosotros, no son otros los que lo deben hacer por nosotros. Es nuestra vida, y la gobernamos nosotros…
La cobardía no es buen aliado para nuestra aventura en la búsqueda del éxito, debemos buscar otros socios, que colaboren, que aporten, no que resten… y cuando hablamos de valentía, no debemos confundirlo con la imprudencia, la cual es separada por un fino trazo de esta. Debemos ser valientes para ejercitar nuestra facultad de elegir, sea rompiendo con el camino por el que vamos, o permaneciendo en el por un tiempo, decir para siempre sería un error, dado que nuestro éxito depende de nuestra flexibilidad para el cambio, para elegir rutas alternativas. El que un camino sea para siempre, lo irá diciendo el tiempo, definirlo a priori, una osadía.
Alguien dijo:  “La mente es como un paracaídas, solo funciona cuando se abre”, pues bien eso es exactamente así, debes abrir tu mente, tus sentidos, tus intuiciones… tú sabes, que si miras con paciencia dentro de ti, puedes resolver cualquier encrucijada…
¡Que tengas un buen día!

César Alvaro
https://ununiversomejor.com