sábado, 22 de julio de 2017

No busques la felicidad en el mismo sitio donde la perdiste


“Una tarde la gente vio a una anciana buscando algo frente a su choza. Algunas personas se acercaron para intentar ayudarla.

– ¿Qué has perdido? 

– Mi aguja – les respondió.

Todos se pusieron a buscarla pero pasado un rato, alguien le preguntó:

– La calle es muy larga y la aguja muy pequeña, ¿puedes indicarnos el sitio donde cayó?

– Dentro de mi casa – respondió la anciana.

Las personas la miraron asombrados. Algunos incluso se molestaron.

– ¿Acaso te has vuelto loca? ¿Por qué buscas la aguja en la calle si está dentro de tu casa?

La anciana les respondió:

– Porque dentro de la casa no hay luz.

– Entonces lo más sensato es encontrar una lámpara y buscar adentro.

La anciana rió y les dijo:

– Sois muy inteligentes para las cosas pequeñas, ¿cuándo vais a usar esa inteligencia para vuestra vida?”

Muchas veces nos comportamos de manera ilógica sin darnos cuenta, como indica la anciana de esta fábula. Y repetir ese comportamiento una y otra vez nos lleva a un callejón sin salida donde solo nos aguarda la frustración.

Uno de esos comportamientos ilógicos, y probablemente uno de los más extendidos, consiste en buscar la felicidad en el mismo sitio donde la perdimos, como si se tratara de una aguja o un objeto físico. 

¿Por qué buscamos la felicidad donde no la vamos a encontrar?


- Miedo a salir de la zona de confort. La zona de confort es ese espacio en el que nos sentimos relativamente cómodos. No siempre significa que sea un espacio seguro, sino tan solo conocido. Por tanto, la zona de confort nos brinda una falsa sensación de seguridad, porque en realidad solo nos sirve para evitar la incertidumbre puesto que ya sabemos lo que puede pasar en el futuro cercano, aunque sea malo. De hecho, muchas personas se acostumbran a vivir en zonas de confort tóxicas que dañan su salud física y emocional. Aún así, el miedo a la incertidumbre les hace mantenerse dentro de esa zona y, por ende, perpetúan los comportamientos y actitudes negativos.

- Apego a los hábitos. Los hábitos nos brindan seguridad, le dan un orden a nuestro mundo. Por eso nos apegamos a ellos, aunque sean negativos. De hecho, abandonar un mal hábito es tan complicado, como en el caso de fumar, no por la dependencia física que puede generar la nicotina sino por los hábitos que hemos construido en torno al cigarrillo. En las relaciones interpersonales sucede lo mismo, nos apegamos a ellas y las costumbres que las rodean aunque sean negativas. En esos casos, realmente no se trata de amor hacia la persona sino de una dependencia emocional a las rutinas construidas con ella.

- Falta de autoconocimiento. Las circunstancias de la vida nos van cambiando, por lo que si no “actualizas" tu "yo” constantemente, de repente un día puedes descubrir que la persona que habita en tu interior es un perfecto desconocido. Para esa nueva persona, tus viejos hábitos, ilusiones y vínculos no son adecuados o han dejado de ser suficientes, pero si no realizas un ejercicio de introspección no lo sabrás, y te quedarás atrapado en un bucle negativo de insatisfacción. 


¿Por qué es casi imposible que halles la felicidad donde la perdiste?


La respuesta es muy sencilla: porque la felicidad ya no está ahí. Y dado que la felicidad es fundamentalmente un estado interior, significa que ya no eres la misma persona y no volverás a sentirte igual de pleno y satisfecho con lo que en el pasado te hacía feliz.

La primera señal suele llegar cuando te das cuenta de que las cosas que antes te motivaban, ya no lo hacen. Hay quienes deciden probar nuevos horizontes en la búsqueda de esas sensaciones que les hacían sentirse vivos y hay quienes se convierten en una especie de hámster que corre sobre la rueda, con la esperanza de que eso le reporte alguna satisfacción en algún momento.

Sin embargo, cuando una relación de pareja se ha deteriorado hasta el punto que ya no queda ilusión, cuando un puesto de trabajo te llena de hastío o cuando un lugar ha dejado de ser fuente de inspiración y descubrimiento; es hora de hacer las maletas y cambiar.

Esto puede estar causado por dos factores: las circunstancias han cambiado tanto que ya no te hacen feliz o tú has cambiado tanto que, aunque las circunstancias son las mismas, no te hacen feliz.

En el primer caso puedes preguntarte si puedes hacer algo para que esas circunstancias vuelvan a ser ideales. Pero debes tener cuidado de no autoengañarte porque cuando las cosas degeneran dejan marcas en nuestro interior y nos cambian, por lo que aunque las circunstancias vuelvan a ser ideales, es probable que para ti ya no lo sean.

Un ejemplo clásico es la infidelidad de la pareja. Para perdonarla y volver a ser felices no basta con que esa persona vuelva a ser fiel, es importante que te asegures que ese desliz no ha dejado una huella demasiado dolorosa que empañe la felicidad.

Por eso, es casi imposible encontrar la felicidad en el mismo sitio donde la perdiste y tendrás que prepararte para explorar nuevos horizontes, tanto dentro de ti como fuera. Después de todo, la felicidad también es búsqueda, asombro, curiosidad y descubrimiento.


Psicología/Jennifer Delgado
http://www.rinconpsicologia.com

viernes, 21 de julio de 2017

LAS DECISIONES QUE NO TOMAMOS


Todos los días hacemos cosas, y para hacerlas tomamos cientos de decisiones conscientes.
Y todos los días NO tomamos cientos de decisiones, porque se deciden sin ser conscientes de ellas, o sea, se toman ellas mismas por omisión, o son tomadas por el gobernador suplente que tenemos, que se llama "el inconsciente".

En muchas de las relacionadas con el cuerpo, no podemos decidir: respirar, tener hambre, tener sueño, etc., pero en todas las demás tenemos la opción, o la obligación, de tomarlas consciente y voluntariamente.

Piensa en todas las cosas que haces a lo largo del día y date cuenta de que muy pocas ocasiones te detienes para reflexionar sobre lo que quieres hacer.
Cada cosa que se hace, no se hace por sí misma, sino que se hace a partir de una decisión, aunque sea inconsciente por lo rutinaria, o por la desatención.

Al conducir, uno pone el coche a rodar mientras tiene la mente en otro sitio. No razona: “Tengo que darle a la llave para que el motor de arranque cumpla su cometido de bla bla bla… sino que lo hace; no piensa en que tiene que pisar el embrague para que bla bla bla… sino que lo hace, y pone la primera velocidad sin reflexionar acerca de que lo hace porque esa es la velocidad en la que el vehículo tiene más capacidad de arrastre y… bla bla bla.”

Esas cosas se hacen porque se sabe que se tienen que hacer así y no hay otra opción mejor (bueno, se puede salir en segunda haciendo un esfuerzo el embrague o tener un coche con cambio automático…) 
Se hacen de un modo inconsciente, lo que quiere decir que uno no reflexiona, no compara con otras opciones, no piensa en cómo puede ser de mejor o peor a corto o largo plazo.

En algunas ocasiones no es importante que sea una u otra la decisión que tomes, como, por ejemplo, qué como hoy o qué canal de televisión voy a ver.
¿O sí son importantes?
Si decides comer carne en vez de pescado, posiblemente tengas que ir a otro comercio distinto, por otro camino distinto, con un riesgo distinto, y encontrarte con otra gente distinta, que te pueden llevar a tener una conversación en la que sepas algo que sí pueda ser decisivo o importante en tu vida.

Lo mismo pasa con la televisión, que quizás viendo un programa te des cuenta de algo importante, o te haga cambiar de opinión con respecto a algún asunto, o te haga sentir algunas cosas de un modo distinto, o te haga darte cuenta de cómo estás perdiendo parte de tu vida mirando un programa que no te interesa, en vez de estar contigo, o con tus seres queridos, o hacer otras actividades más interesantes.

Bueno… ¿a ver si esto de vivir va a ser más complicado de lo que parece?
No trato de que te obsesiones con lo que he escrito, pero sí te propongo un poco más de reflexión, sobre todo para las cosas que sí sabes que realmente son importantes.
Sí es recomendable, ante las cosas que pueden ser transcendentales, tomar el mando y decidir voluntariamente.
Hacerse preguntas del estilo de ¿por qué?, ¿para qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?

La toma de decisiones inconsciente, las que se toman por sí mismas ya que nosotros no participamos en ellas, son, cuando exceden de lo normal y lo intrascendente, de una grave irresponsabilidad.

Nacemos para tomar decisiones.

Y si no nos han preparado para ese cometido –porque no reforzaron nuestra autoestima, o porque no nos dieron herramientas educacionales para ello-, no tenemos otra opción correcta más que aprender cómo se hace, convirtiéndonos en seres responsables de la propia vida, consecuentes con la importancia que eso tiene, y seres que cambiarán su vida hacia mejor porque en cada momento estarán gobernándola y dirigiéndola del modo adecuado a los intereses o deseos propios.

La vida no es un campo de batalla, ni se ha venido aquí a sufrir. No es para “aguantarla” como buenamente se pueda, sino para disfrutarla.
No es un centro de castigo al que hemos sido condenados.
Un regalo de Dios no puede ser un regalo envenenado.
Y se disfruta más la vida, y se le encuentra el lado más agradable, si, sabiendo lo que realmente queremos hacer en ella, lo hacemos.


La calidad de nuestra vida va a depender en gran medida de que nos sintamos felices porque hacemos lo que consideramos adecuado, o que nos sintamos desgraciados porque nos sentimos víctimas de ella, y frustrados porque se nos acumulan las decepciones y las desilusiones.


¿Y cómo se toman las decisiones de un modo adecuado?
Básicamente, prestando atención a cada momento que sabemos que es importante y tomando la decisión de un modo consciente.

Para ello se requiere detenerse en el asunto y actuar del modo conveniente.

Unas personas actúan confiando en la intuición o en las corazonadas. Si este sistema les funciona, porque la experiencia les ha confirmado que tienen más aciertos que con el intelecto, que sigan confiando en él. Si no les funciona, que hagan como el resto: que se enfrenten al asunto del modo más desapegado posible, tratando de verlo como si fuera un asunto ajeno, para no sentirse afectado por algunos de las negatividades que contempla el equivocarse en la decisión.

Si estoy decidiendo qué voy a hacer en mi vida sentimental, por ejemplo, el temor al error en la decisión, que puede cambiar mi vida completamente, me va a añadir una carga de excesiva preocupación y temor que no va a permitir que la decisión se tome de un modo ecuánime y natural.

Si lo mismo que nos pasa a nosotros le pasara a un amigo, y este amigo nos lo contara pidiéndonos consejo, seguramente acertaríamos con la respuesta, ya que al no arriesgar nada en ello, podemos ser capaces de verlo desapegada e imparcialmente.
El temor al riesgo a que salga mal es lo que impide que tomemos la decisión bien, y no sentirse personalmente implicado en ello, nos permite hacerlo de un modo correcto.

Conviene también evitar los reproches posteriores en el caso de que se demuestre que la decisión no fue acertada del todo, ya que el temor a las consecuentes quejas y lamentos, va a aportar más incertidumbre a la decisión. 

Si uno pertenece a ese grupo de personas que son sus más encarnizados y cruentos enemigos propios, conviene tener un diálogo consigo mismo de conciliación y de acuerdo para una colaboración en que ambas partes acepten que puede que la decisión no tenga el resultado posterior esperado, y que eso simplemente ha de entenderse como una experiencia que no cumplió sus objetivos y no como un nuevo motivo para iniciar otra ensangrentada guerra.


Es recomendable tomar las decisiones desde la propia voluntad, y que no sean “el destino”, “la suerte”, o la omisión quienes se hagan cargo de esa responsabilidad nuestra que es la administración sensata y comprometida de nuestra vida.

Francisco de Sales
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