miércoles, 5 de julio de 2017

Las personas podrían aprender de sus errores si no estuvieran tan ocupadas negándolos


Yo no he sido” es el mantra de los niños, una frase que hacen suya apenas descubren que cuando cometen un error serán castigados. Por alguna extraña razón, hay quienes siguen repitiendo esa frase cuando son adultos. Quizá ya no la repiten en voz alta pero sigue resonando en su mente: “yo no he sido, la culpa es del otro”.

El problema es que, si bien es cierto que negando el error tienen más probabilidades de eludir sus consecuencias, también se impiden crecer y madurar como personas. Todo error trae consigo la semilla del aprendizaje, pero para que esta germine es necesario asumir los fallos cometidos.

Las 3 formas de afrontar los errores que impiden crecer


Un estudio muy interesante llevado a cabo en las universidades de Nueva York y California desveló que la manera en que asumimos nuestros errores está íntimamente relacionada con nuestra personalidad y las potencialidades de crecimiento.

Estos psicólogos analizaron a miles de personas para identificar los tipos de personalidad que predominan en la reacción ante los errores. Así llegaron a la conclusión de que el 70% de la población se puede catalogar en tres grandes grupos:

1. La culpa es del otro

Estas personas siguen usando la frase a la que recurrían cuando eran niños: “Yo no he sido”. Cuando cometen un error intentan desligarse de la responsabilidad y le atribuyen la culpa a alguien más. Obviamente, estas personas no pueden aprender de sus fallos, simplemente porque no los reconocen o no tienen la madurez necesaria para dar el salto cualitativo. Suelen ponerse a la defensiva cuando otean cualquier intento de crítica, aunque sea constructiva, y caen a menudo en comportamientos victimistas.

2. Error, ¿qué error? Aquí no ha pasado nada

Se trata de personas que niegan incluso la existencia del error, lo cual suele provocar un gran enfado en los demás. Esta persona, aunque la pongan de frente a la evidencia, no solo negará su implicación en el asunto sino que nos intentará convencer de que no se trata de un fallo, de que no ha ocurrido nada. Esta forma de lidiar con los errores significa que esa persona espera ser perdonada por todo lo que hace, y que no está dispuesta a reconocer sus defectos ni el daño que puede causarle a los demás. Obviamente, al asumir esta actitud es imposible que aprenda de sus errores y los corrija.

3. La culpa es mía

Estas personas asumen una actitud diametralmente opuesta: entonan el mea culpa ante el menor desliz. El problema es que a menudo se culpan por todo e incluso llegan a asumir responsabilidades que no son suyas. Suelen ser duros jueces de sí mismos y a menudo van por la vida autoflagelándose sin ninguna necesidad. Sin embargo, quizá lo más interesante es que estas personas tampoco aprenden mucho de sus errores ya que a menudo reconocen la culpa de manera automática, por un sentido de culpa visceral que probablemente le inculcaron en su infancia, pero que no implica un análisis reflexivo de su implicación y responsabilidad en la situación.



El error es una oportunidad de aprendizaje: Tú decides si aprovecharla o descartarla


La mayoría de las personas no reconoce sus errores por miedo, porque eso les hace sentir débiles, avergonzados o incompetentes. Esto se debe a que nuestra sociedad ha rodeado a los errores de un halo negativo haciéndonos creer que las personas inteligentes, competentes y capaces no se equivocan.

Sin embargo, los errores forman parte de la vida y nos conducen a nuevos aprendizajes que nos permiten mejorar como personas, pero solo si somos capaces de reconocer el fallo y estamos dispuesto a enmendarlo. En palabras de Confucio: “el hombre que ha cometido un error y no lo corrige, comete otro error aún mayor”.

Por eso, si bien equivocarnos puede que no sea la sensación más agradable del mundo, es aún peor desaprovechar esa oportunidad para aprender.


Psicología/Jennifer Delgado
http://www.rinconpsicologia.com
Fuente:
Dattner, B. & Hogan, R. (2011) Managing Yourself: Can You Handle Failure? En: Harvard Bussiness Review.

martes, 4 de julio de 2017

Desde los afectos


¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo.
Que nadie establece normas salvo la vida.
Que la vida sin ciertas normas pierde forma.
Que la forma no se pierde con abrirnos.
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente.
Que no está prohibido amar.
Que también se puede odiar.
Que el odio y el amor son afectos.
Que la agresión porque sí, hiere mucho.
Que las heridas se cierran.
Que las puertas no deben cerrarse.
Que la mayor puerta es el afecto.
Que los afectos nos definen.
Que definirse no es remar contra la corriente.
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo 
más se dibuja.
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio.
Que negar palabras implica abrir distancias.
Que encontrarse es muy hermoso.
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida.
Que la vida parte del sexo.
Que el "por qué" de los niños tiene un por qué.
Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad.
Que para saber todo de todos es curiosidad malsana.
Que nunca está de más agradecer.
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo.
Que nadie quiere estar solo.
Que para no estar solo hay que dar.
Que para dar debimos recibir antes.
Que para que nos den también hay que saber cómo pedir.
Que saber pedir no es regalarse.
Que regalarse es en definitiva no quererse.
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos.
Que para que alguien sea hay que ayudarlo.
Que ayudar es poder alentar y apoyar.
Que adular no es ayudar.
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara.
Que las cosas cara a cara son honestas.
Que nadie es honesto porque no roba.
Que el que roba no es ladrón por placer.
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo.
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte.
Que se puede estar muerto en vida.
Que se siente con el cuerpo y la mente.
Que con los oídos se escucha.
Que cuesta ser sensible y no herirse.
Que herirse no es desangrarse.
Que para no ser heridos levantamos muros.
Que quien siembra muros no recoge nada.
Que casi todos somos albañiles de muros.
Que sería mejor construir puentes.
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve.
Que volver no implica retroceder.
Que retroceder también puede ser avanzar.
Que no por mucho avanzar se amanece cerca del sol.
Cómo hacerte saber que nadie establece normas. . . salvo la vida.

                                                                      

                                                                                        Mario Benedetti

lunes, 3 de julio de 2017

Soy mi propio hogar, por eso me escucho, me atiendo y me renuevo


Soy mi propio hogar, por eso abro las ventanas para renovar el aire, para que se vaya el viento rancio y tóxico y entre la brisa que huele a esperanza, a ilusiones perfumadas. Soy mi propia casa, soy mi refugio preciado, por eso a veces no estoy para nadie porque busco el cobijo de mi intimidad: mis rincones privados para escucharme, para atenderme, para sanarme…
Si nuestro interior fuera en realidad una casa, muchos de nosotros la tendríamos tristemente descuidada. Más aún, habría quienes dispondrían de una fachada bien decorada, con orlados tejados de colores, llamativas chimeneas, sofisticadas rejas y grandes ventanales con elegantes cortinajes.
Los hogares se construyen para ser habitados, disfrutados, no para ser contemplados
                                                   Francis Bacon
Sin embargo, si quisiéramos entrar al interior de estas mansiones tan imponentes, descubriríamos en muchas de ellas muros desvencijados, pilares débiles, salones solitarios, habitaciones vacías que huelen a tristeza y muchos rincones oscuros, ahí donde nunca ha entrado la luz del sol. En efecto, si cada uno de nosotros fuéramos en realidad una casa, estaríamos en la obligación imperante de atenderla, de convertir nuestro hogar en un espacio rico, cómodo, libre de sombras, de habitaciones cerradas y grietas largamente descuidadas.
Somos nuestro propio hogar, admitámoslo, somos nuestro propio refugio y esa estructura excepcional que siempre está en constante crecimiento. Aprendamos entonces a cuidar este espacio mágico que ni se vende ni se presta, sino que se protege.


El refugio que buscas fuera está en tu interior

Decía George Bernard Shaw que la vida no se trata de encontrarnos a nosotros mismos, se trata en realidad de saber crearnos a nosotros mismos. Así, quien elija emprender un viaje de búsqueda con el fin de dar con un propósito, con el de reconocer sus límites y de hallar la esencia de la propia personalidad, errará en el enfoque. Porque todo lo que desea saber no está en el exterior, sino en ese escenario interno que produce frutos maravillosos cuando lo cuidamos.
A su vez, hay un hecho innegable que muchos habremos percibido alguna vez, sobre todo en esa etapa de nuestra adolescencia donde vivimos de puertas hacia afuera, pendientes de lo que la vida nos trae, de lo que acontece en el exterior con su algarabía, con sus sabores, sonidos y oleaje. Al vivir desconectados de nuestro corazón, de ese faro interno donde brillan los valores y propia identidad, siempre tenemos la sensación de que “falta algo”. De que lo que hay en el propio hogar es un insufrible vacío y que hay que llenarlo con casi cualquier cosa.
Así, casi sin darnos cuenta, dejamos entrar al hogar de nuestro propio ser al primero que venga, le damos las llaves de la puerta de entrada, le ofrecemos el sofá del salón e incluso la llave privada de nuestros armarios y guardillas. Lo hacemos con ingenua inocencia, sin saber que hay ladrones que todo se lo quedan, merodeadores sin piedad que todo lo arrasan: autoestimas, fortalezas, virtudes, sueños e ilusiones…


Atenderte, escucharte, construirte no es un acto de egoísmo

Tener un hogar de espaciosos salones llenos de libros donde se contienen infinitos saberes no es un acto de egoísmo. Disponer de un hogar donde no hay puertas cerradas, ni grietas, ni rincones habitados por sombras y oscuridades no es un acto de vanidad. Disfrutar de un jardín donde se extienden increíbles flores, bellos arbustos y árboles de fuertes raíces no es algo superficial. Porque conseguir cada una de estas cosas requiere tiempo, voluntad y un delicado auto-cuidado.
La luz es demasiado dolorosa para quienes viven en la oscuridad.
                                                   Eckhart Tölle
Vivimos en una sociedad que nos condiciona a creer que el amor hacia uno mismo es un acto de egoísmo. Sin embargo, después estamos casi obligados a leer libros de autoayuda para descubrir que esa premisa no es cierta, que cerrar las puertas de nuestro hogar a lo que no nos gusta o no nos apetece no es ser narcisista. Es ser valiente, es aunar amor propio y honestidad, es afianzar un compromiso con nosotros mismos para garantizar nuestra autoestima y nuestro bienestar en un mundo acostumbrado a moldear personas frustradas, personas que no saben cómo ser felices.
Ya lo dijo Albert Ellis en su momento, nuestra sociedad nos enseña a menudo a dañarnos a nosotros mismos. Debemos por tanto a dejar a un lado todo lo que nos han hecho creer hasta el momento para aprender pensar y sentir de modo diferente, para recordar que hay un ser frágil y desvalido que necesita atención, cuidados y reconocimiento: uno mismo.
Hagamos por tanto ese viaje de retorno hacia el propio hogar para barrer hacia fuera nuestras creencias limitantes, para ampliar las salas de las esperanzas, para descorrer las cortinas de los conflictos internos, para sanear las tuberías de nuestras heridas emocionales. Sembremos nuestros jardines de semillas de ilusiones y guardemos en el propio bolsillo las llaves de nuestro hogar, porque son ellas y solo ellas, las que abrirán al fin y al cabo todas las puertas de nuestra felicidad…

Psicologia/Valeria Sabater
Imágenes cortesía de Victor Nizovtsev
https://lamenteesmaravillosa.com