martes, 23 de mayo de 2017

5 claves para liberar emociones


Las emociones nos permiten relacionarnos con los demás, lo que no quita para que muchas veces tendamos a esconderlas. Existen 4 emociones esenciales o básicas (es cierto que algunos autores admiten alguna más): la tristeza, la rabia, el miedo y la alegría. De este grupo a tan solo una de ellas la consideramos positiva, pero esto es un valor que le da nuestra cultura. Así, hacer esta distinción entre lo que es negativo y positivo puede ser un impedimento para liberar emociones.
Debido a nuestras experiencias, en las que nos mostramos vulnerables y nos hicieron daño, empezamos a esconder nuestra tristeza proyectando una imagen de fortaleza. No expresamos nuestra rabia por temor a la desaprobación de los demás, escondemos el miedo provocando que así este nos someta y controlamos nuestra alegría porque en muchas ocasiones ya nos han llamado la atención por expresarla con espontaneidad.
“Las dudas, los miedos y las inseguridades nos impiden expresar aquello que por naturaleza debería ser transmitido”

1. Tus emociones son importantes

Las situaciones anteriormente mencionadas son producto de “menospreciar” tus emociones y su importancia, frente, por ejemplo, a la que le das a la inteligencia lógica. Quizás pienses, como te han intentado hacer ver muchas veces, que las emociones te hacen débil. Piensa que todo esto no provoca más que una fuerte contención de las mismas.
Al no darle importancia a tus emociones, te conviertes en un experto en “tragar” con todo aquello que no quieres ni puedes digerir. Esto a la larga te hará sentir muy mal, porque podrá contigo, te superará y te encontrarás con emociones acumuladas que pugnarán por salir de ti sin control alguno. Buscarás aire y no podrás respirar.
¿Quieres que la rabia fluya descontroladamente durante una reunión en el trabajo? ¿Te parece bien ser cruel con un amigo por acumular emociones? Si alguna vez has pasado por estas situaciones o deseas evitarlas, es el momento de cambiar la manera en la que afrontas tu gestión emocional.

2. En el momento de liberar emociones sé consciente

En alguna ocasión tal vez te has puesto a intentar liberar emociones y te has encontrado con la tan terrible culpabilidad. Esto ocurre cuando expresas sin ser consciente. Ten en cuenta que hay que saber la manera correcta de cómo comunicar lo que sentimos, desde el respeto hacia la otra persona.
De hecho, esta falta de consciencia puedes verla cuando reprimes tanto tus emociones que terminas explotando en cualquier momento. No tienes piedad entonces, no tienes en cuenta a quien tienes enfrente, te da igual.
Por eso, expresa tus emociones cuando así lo desees abriendo bien los ojos y empatizando con la persona que tienes delante para evitar dañarla y que tú mismo salgas herido por no haber sabido gestionar bien este tipo de situación.

3. No esperes, desahógate cuando lo necesites

La clave para que las emociones no se descontrolen es que, cuando lo necesites, te desahogues. Esto no quiere decir que en determinados contextos debas hacerlo. Por ejemplo, en una entrevista o cualquier otra situación similar no tendría sentido liberar emociones de esta manera ya que saldrías perjudicado.
Sin embargo, esto no significa que luego no puedas hacerlo. Es más, debes hacerlo. ¿En qué lugar te sientes libre y bien? ¿Dónde te encuentras en confianza para expresar todo lo que llevas dentro? Vete a ese lugar y ábrete para dejar salir lo que está dentro de ti.
Si sientes rabia, pégale a un cojín, da patadas a una piedra o cualquier cosa similar; si notas que el miedo te invade, permítete temblar, sentirlo en cada poro de tu piel y aceptarlo; si lo que te ocurre es que estás triste, llora, grita o busca a esa persona cuyo abrazo disipará cualquier llanto.

4. Cuidado con darle vueltas a las emociones

Las emociones no suelen durar mucho, piensa en la alegría, es momentánea, no dura horas y horas. Sin embargo, cuando una emoción dura más del tiempo “normal” pasamos de hablar de una emoción a hablar de un estado emocional.
Por ejemplo, tú puedes sentirte triste, pero si esa tristeza empiezas a apoyarla con pensamientos que dan vueltas y más vueltas, volviéndose rumiantes, generándote ansiedad, entonces estás atrapando esa emoción e impidiendo que siga su curso natural.
A veces, hay que saber distinguir cuándo la emoción ha pasado a alimentarse de nuestros pensamientos, haciéndose un producto de aquellas inseguridades, miedos y creencias que te afectan. En ocasiones, hacemos una montaña de un simple granito de arena.

5. Ten en cuenta el entorno en el que te encuentras

Si te encuentras en un entorno en el que es común que te digan frases como “no llores”, “no sean tan risueño”, “no te enfades”, manifiesta que tienes derecho a expresarte y que para ti es muy necesario. Hazlo desde el respeto y buscando el entendimiento con los demás.
Lo importante es que no dejes de expresar lo que sientes solo porque a los demás le moleste. Algo muy común y fruto de una educación que nos encasilla y nos impide ser tal y como somos. Si necesitas manifestar tus emociones hazlo, ¡no hay nada de malo en ello!
“Cuando expreses tus emociones recuerda: no perjudicarte a ti mismo y no perjudicar a otros”.
                                                                                 Martha Sialer
Desde pequeños nos dicen constantemente que no hagamos aquello, que no manifestemos lo otro… Al final, adoptamos la costumbre de guardar todo lo que queremos decir y expresar para nosotros mismos, mientras nos hacemos daño fruto de esta actitud tan dañina.
No dejemos que lo que sentimos nos envenene porque a las demás personas les moleste que sepamos liberar emociones. Retenerlas y atraparlas muchas veces provoca que estas empiecen a ser fruto de rumiaciones de nuestro cerebro y que duren más de lo debido. Podemos evitar todo esto. Empecemos a permitirles que fluyan tal y como su curso natural marca.

Raquel Lemos Rodríguez
https://lamenteesmaravillosa.com
Imágenes cortesía de Stasia Burrington

lunes, 22 de mayo de 2017

Las cuatro caras de la autoestima, ¿las tienes en orden?


Autoestima. Esa palabra que nos acompaña durante toda la vida como la amiga invisible que tanto quiere amarnos y que, a veces, despreciamos. Está ahí. Y, si la miras con cariño, nos coge de la mano y nos ayuda a caminar.
Esa amiga que nunca se va -aunque le demos la espalda- y espera paciente hasta que le devolvamos el afecto. Tú no la ves pero la sientes, como sientes la autoestima de las personas que te rodean.
“La felicidad no es exuberante ni bulliciosa, como el placer o la alegría. Es silenciosa, tranquila, suave, es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo”
                                                                                         Isabel Allende

Es más, es un concepto que saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos: sus diferentes caras completan un círculo que dice mucho de lo que somos, de lo que hacemos y lo que no, de nuestra actitud y, sobre todo, de la confianza que tenemos en nosotros.

Las cuatro caras de la autoestima

En palabras de Stephen R. Covey, cuidar la autoestima significa “preservar y realzar el mayor bien que usted posee” y, para ello, hay que tener en cuenta sus cuatro dimensiones. ¿Qué quiere decir? Que nuestra autoestima puede desgajarse en una naturaleza física, espiritual, mental y social/emocional. Vamos a verlas más despacio.

  • Cara física: supone cuidar de nuestro cuerpo poniendo atención en la alimentación, el descanso y el ejercicio habitual. Se trata de ser proactivo y confiar en nuestra salud física mediante una rutina que nos de bienestar.
  • Cara espiritual: tiene que ver con el sistema de valores que tengamos y se fortalece dedicando tiempo a la meditación personal. Detenernos unos segundos al día para reflexionar sobre lo que nos ha acontecido y lo que esperamos nos aporta energía.
  • Cara mental: es la parte de la autoestima que se identifica con la exploración y la adquisición de nuevos conocimientos, con la educación que nos ofrece la escuela de la vida y la cultura. Es la capacidad de crítica positiva y maduración que, por ejemplo, nos deja ampliar la perspectiva del mundo.
  • Cara social/emocional: son dos dimensiones ligadas entre sí, porque la vida emocional no puede entenderse de manera plena si no tenermos en cuenta a las relaciones personales. La seguridad personal, la armonía con nuestros principios y la confianza en lo que somos por dentro. Es la cara de la independencia, pero también de la empatía para con los demás.

  • ¿Las tienes en orden?

    Como hemos visto, las cuatro caras de la autoestima recaen sobre el pilar de la autoconfianza y la manera de potenciarla es cuidándose. Mimarse a nivel físico, espiritual, mental y socio/emocional. En el instante en el que uno de estos lados se tambalea un poco, nuestra autoestima disminuye y la consideración de nosotros mismos se debilita. 
  • Así que, ¿por qué no dedicar parte de nuestro tiempo a poner en orden cada una de estas dimensiones? Si físicamente no es tu mejor momento, busca de manera consciente hábitos que te aporten enrgía y que te hagan sentir más fuerte. ¿Necesitas parar y relajarte? Hay ejercicios que te ayudarán mucho a conseguirlo. ¿Socialmente te sientes insegura? ¿Estás sufriendo? Es hora de sanar y apostar por ti.
  • “La persona mas influenciable con la que hablarás todo el día eres tú.
    Ten cuidado entonces acerca de lo que dices a ti mismo
  • Zig Ziglar          
  • Tú, antes que nadie, debes pensar que tu vida está para vivirla y no para sobrevivir o cargar con ella. Y vivirla pasa por aceptar nuestros deseos e ir a por ellos, reconocer que podemos equivocarnos, crear, cambiar, superarnos, realizarnos. La autoestima es una señal de realización y equilibrio personal. 

    Elige bien de quien te rodeas

    Decíamos que una de las caras de la autoestima era la social/emocional y que ambas estaban especialmente unidas porque no podemos deslindar emociones y relaciones personales. Nadie puede llenar más nuestra parte emocional que quien desea hacerlo honestamente: quien nos da felicidad porque quiere hacerlo y, consecuentemente, nos hace mejores.    

  • ►“Muchas veces permitimos entrar en nuestro círculo más íntimo a los chismosos, a los envidiosos, a gente autoritaria, a los psicópatas, a los orgullosos, a los mediocres, en fin, a gente tóxica, a personas equivocadas que permanentemente evalúan lo que decimos y lo que hacemos, o lo que no decimos y no hacemos”        
  • Bernardo Stamateas
  • Este es un punto importante: tenemos derecho a un círculo social agradable, que nos respete y nos tenga afecto. De esta manera, es importante elegir bien a las personas que queremos que nos rodeen. Elimina de tu lado las personas equivocadas, tóxicas, que no te permiten construir una autoestima sana. 
Fuente:
http://www.dgsc.go.cr/dgsc/documentos/cecades/los-7-habitos-de-la-gente-altamente-efectiva.pdf  Stephen R. Covey
Cristina Medina Gómez
https://lamenteesmaravillosa.com

domingo, 21 de mayo de 2017

La dignidad personal es reconocer que merecemos algo mejor



Las personas tenemos un precio, un valor indiscutible llamado dignidad personal. Es una dimensión incondicional que nos recuerda cada día que nadie puede ni debe utilizarnos, que somos libres, seres valiosos, responsables de nosotros mismos y merecedores a su vez de un adecuado respeto.
La dignidad es sin duda uno de los conceptos más interesantes a la vez que descuidados dentro del campo del crecimiento personal. De algún modo a muchos se nos ha olvidado que esta dimensión no depende del reconocimiento externo, nadie tiene por qué otorgarnos un valor determinado para que nosotros mismos nos sintamos merecedores de obsequios.
“Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca meramente como medio”
                                                                                       Immanuel Kant

La dignidad es una cualidad inherente que viene de “fábrica”. Tal y como dijo Martin Luther King una vez, no importa cuál sea tu oficio, no importa el color de tu piel ni cuánto dinero tengas en tu cuenta bancaria. Todos somos dignos, y todos tenemos la capacidad de construir una sociedad mucho mejor basada en el reconocimiento de uno mismo y en el de los demás.
Sin embargo, dignidad y vulnerabilidad siempre van de la mano. Porque esta cualidad innata depende directamente de nuestro balance emocional y de la autoestima. De hecho, en ocasiones basta con que alguien nos quiera mal para que no nos sintamos dignos de ser amados. Basta también con que pasemos una temporada sin empleo para llegar a pensar que no somos dignos ni útiles para esta sociedad.
Te proponemos reflexionar sobre ello con nosotros.

Qué no es dignidad personal

Entender desde bien temprano que merecemos lo mejor, que debemos ser respetados por lo que somos, tenemos y nos caracteriza, no es orgullo. Defender nuestra identidad, nuestra libertad y nuestro derecho a tener voz propia, opinión y unos valores, no es narcisismo. En el momento que entendemos todo esto nuestra personalidad se refuerza y conseguimos una adecuada satisfacción interna.

Sin embargo, hemos de admitirlo, si hay una dimensión de nuestro bienestar psicológico que más secuelas deja tras haberla descuidado, olvidado o dejado en manos de otros, es ella, la dignidad. De ahí, que siempre debamos recordar algo muy sencillo a la vez que ilustrativo: la esperanza no es lo último que una persona debe perder; en realidad, lo que jamás debemos perder es la dignidad personal.
Veamos a continuación de qué maneras se nos escapa este valor, este principio de fortaleza interior.

Perdemos la dignidad personal cuando…

La dignidad no son unas llaves que ponemos en nuestros bolsillos y que de vez en cuando, dejamos a otros para que nos las guarden. La dignidad no es una posesión material es un valor intransferible, incondicional, propio y privado de cada uno. No se deja, no se pierde ni se vende: va contigo SIEMPRE.
  • Las personas perdemos nuestra dignidad cuando nos dejamos humillar y boicotear de forma sistemática.
  • Perdemos nuestra dignidad de forma fulminante cuando dejamos de amarnos a nosotros mismos.
  • La dignidad se pierde cuando nos volvemos conformistas y aceptamos mucho menos de lo que merecemos.
  • Por curioso que nos parezca, también podemos dejar escapar esta dimensión en el momento en que nos excedemos, en que exigimos privilegios y vulneramos el sentido del equilibrio y la igualdad respecto a nuestros semejantes.
Tal y como podemos ver, no solo la falta de seguridad personal y de amor propio genera la pérdida de esta raíz de nuestro bienestar. A veces, hay quien se vuelve indigno en el momento en que da el paso hacia el abuso, hacia la falta de consideración y el egoísmo extremo.

Los 5 pilares de la dignidad personal

La dignidad es quizá un tema mucho más tratado por la filosofía que por la psicología. Kant, por ejemplo, definió en su momento a la persona con adecuada dignidad personal como alguien con conciencia, voluntad propia y autonomía. Sin embargo, en las definiciones más clásicas sobre esta dimensión se descuida un aspecto esencial: la dignidad también se expresa cuando somos capaces de conseguir que quienes nos rodean, se sientan respetados, dignos y valorados.
“Todo ser humano es persona. Hay que respetar a la persona como referente, con independencia de que posea o no la propiedad de la conciencia”
                                                                                          Evandro Agazzi
Estamos pues ante un valor personal, pero también ante una actitud proactiva. No importa que nos venga de “fábrica” como señalábamos al inicio. Debemos ser capaces de propiciar y crear entornos donde impere la dignidad, ya sea en nuestras familias, en nuestros entornos laborales y en la propia sociedad.
Veamos ahora qué pilares sustentan esta valiosa dimensión.

Cómo aprender a ser personas con una dignidad más fuerte

El primer aspecto es comprender que somos dueños de nosotros mismos. Somos nuestros directores de orquesta, nuestros gurús personales, nuestro timón de mando y nuestra brújula. Nadie tiene por qué llevarnos ni arrastrarnos a océanos que no son nuestros, a escenarios que nos traen la infelicidad.
  • El segundo pilar es sin duda algo tan simple como complicado en ocasiones: darnos permiso para alcanzar aquello que queremos. Muchas veces no nos sentimos merecedores de algo mejor, de algo bueno y enriquecedor. Nos limitamos a aceptar lo que la vida ha querido traernos como si fuéramos actores de reparto en el teatro de nuestras vidas.
  • Define tus valores. Aspectos tan básicos como una identidad fuerte, una buena autoestima y unos valores sólidos configuran las raíces de nuestra dignidad personal, y esos aspectos que nadie puede ni debe vulnerar jamás.
  • Autoreflexión y meditación. A lo largo del día, es conveniente que tengamos un instante para nosotros mismos. Es un espacio propio donde tomar contacto con nuestro ser para hacer un adecuado diagnóstico sobre cómo nos sentimos. La dignidad queda “tocada” de muy diversas formas a lo largo de cada día, y es necesario identificar esos golpes, esas pequeñas heridas que sanar.
Por último, y no menos importante, es vital también que seamos capaces de cuidar de la dignidad de los demás. Lo señalábamos antes, porque ser digno es también saber reconocer al igual, sea cual sea su condición, su situación, su origen, su estatus o su raza. Aprendamos por tanto a crear sociedades más justas empezando siempre por nosotros mismos, por nuestra dignidad.
Psicología/Valeria Sabater
https://lamenteesmaravillosa.com