sábado, 20 de mayo de 2017

¿Qué es “más fuerte que yo”?

►Debemos reconquistar la ingenuidad infantil ejercitando el arte de olvidarnos de nosotros mismos.




Esta frase la escucho continuamente, en general referida a emociones desbordadas, a heridas de la niñez, a traumas, a actitudes enquistadas. Tiene la fuerza de un destino escrito, de una condena eterna, de un castigo merecido.
Se origina en la concepción equivocada de que hay cosas que están fuera de tu control. Obviamente que hay cuestiones que no funcionan bajo tu dominio, pero todo lo que se refiere a tu ser interno y a lo que éste puede crear en el exterior constituyen tu derecho y tu responsabilidad.
Un área en la cual repites mucho esta aseveración es con las emociones. Como son tan intensas y te toman de lleno, crees que son demasiado poderosas para ti. En principio, ellas provienen de ideas, no aparecen de la  nada, son pensamientos pasados al cuerpo. Tú puedes pensar que Juan es un agresivo y no te pasa nada. Pero, si Juan viene y te dice algo que no te gusta, tú reaccionas con una emoción de enojo, que te acelera la respiración y te tensa los músculos; quizás te energizas buscando responder o te reprimes callándote.
Esto te pasa siempre. Tus concepciones acerca de ti, de la sociedad, de las relaciones, del trabajo,  provienen de un relato personal, aprendido en la niñez y la adolescencia. Ese relato funciona como la Plantilla Normal de tu sistema y tú creas tu mundo de acuerdo a ella, pensando y sintiendo ciertas cosas y no otras. Funcionas “por defecto”, sin elección consciente… pura reacción predeterminada. 
Como las emociones están atadas a nuestros Niños Internos, ellos te manejan ante cada hecho que les recuerda algo que les sucedió. Debido a que ellos no podían con esa situación y eran invadidos por emociones incontrolables, tú sigues creyendo que tampoco podrás, que son más fuertes que tú. El tema es que tú ahora eres (parece) un adulto. Tal vez, has creado nuevos pensamientos desde esa posición acerca de esos asuntos, pero no los has incorporado. Son teorías, tus Niños siguen manejándote con el pasado.
Entonces, el tema es que comiences a darte cuenta de este juego y te dediques a sanar a esos Niños, explicándoles lo que no comprendieron, dándoles reconocimiento y cariño, permitiéndoles jugar en tu vida con su alegría, su inocencia, su ilimitada  creatividad, su fuerza.
Desde un punto de vista espiritual, la personalidad que tú desarrollaste desde tu infancia contiene el aprendizaje que tu alma decidió hacer en esta encarnación. No podrás escapar de él nunca, porque no es solamente un trauma pueril para esconder debajo de la alfombra sino la oportunidad de sanar aspectos y de liberar el potencial de felicidad y plenitud que trajiste y que es tu derecho. Así, no serás verdaderamente tú hasta que liberes los condicionamientos que tu Niño Interno te propone como aprendizaje. ¿Es difícil? Es más fácil de lo que imaginas. El universo conspira para que despiertes, te conectes y seas libre.
En esta hermosa labor, estás siendo guiado y sostenido por tu Ser y por entidades de Luz… si tú accedes.  Como tienes libre albedrío, ellos no pueden intervenir si tú no das el permiso, si tú no pides ayuda. Eso no significa que te sientes a esperar que el Cielo se abra y Dios en persona baje a asistirte.  El trabajo es tuyo. Una vez que tú demuestres que estás dispuesto a perseverar, irás recibiendo el apoyo necesario en cada tramo del camino, progresivamente. No es necesario que sepas todo el recorrido: da el primer paso y espera confiado que el camino vaya surgiendo en cada pisada.
¿Qué puede ser más fuerte que el Amor y la Luz que residen en ti, esperando que los actives? ¿Cómo permites que tu Niñ@ siga sufriendo lo mismo año tras año, mientras aguarda que lo abraces y lo contengas? ¿Qué mundo estás repitiendo, cuando hay otro que aguarda ser creado desde la sencillez, la fluidez, la abundancia, la alegría? ¿Cuándo comenzarás? Un universo luminoso espera por ti.

viernes, 19 de mayo de 2017

Conclusionismo: El arte de hipotecar tu felicidad a los resultados


¿Te has preguntado alguna vez si tu valía como persona está determinada por las cosas que has construido, hecho, producido o terminado o si tu valor reside simplemente en vivir intensamente cada instante con pasión, amor, curiosidad y deseo de crecer? 

¿Te has preguntado si marcarte una meta y perseguir determinados objetivos realmente te hace feliz o, al contrario, se convierten en una fuente de tensión y ansiedad

¿Te has preguntado si no estarás hipotecando tu felicidad, subordinándola a los resultados que alcanzarás, hipotéticamente, en un futuro?

La vida es mucho más que una serie de ciclos frenéticos en busca de resultados


Desde hace siglos la filosofía oriental, sobre todo el budismo y el taoísmo, nos dice que el secreto de la felicidad consiste en aprovechar el “aquí y ahora”. Sin duda, es una idea fascinante que también ha llegado a la Psicología, pero lo cierto es que muy pocos logran ponerla en práctica. De esta manera, termina por convertirse en una frase vacía que repetimos de vez en cuando.

Sin embargo, la sociedad actual, que anda muy desligada de ese tipo de pensamientos, nos transmite un mensaje muy preciso y erróneo que nos obliga a vivir bajo presión y nos impide desarrollar al máximo nuestras potencialidades. 

Desde pequeños nuestros padres nos transmiten la idea de que debemos dejar de jugar y de soñar lo más pronto posible, debemos aprender a usar los instrumentos de nuestra cultura, esos que nos permiten construir cosas, aprender una profesión y producir resultados. El mensaje es muy claro: la vida consiste fundamentalmente en ciclos que se dividen en: proyectar, ejecutar y concluir.

Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que todo lo que hacemos se rige por estas tres fases. Desde pequeños nos motivan, primero en el ámbito familiar y luego en la escuela, a proyectar, ejecutar y terminar un proyecto detrás de otro. Primero son los estudios, luego la carrera, después el trabajo... y debemos mostrar los resultados como prueba de nuestra valía. Los resultados tienen la prioridad sobre el proceso, sobre las actividades en sí mismas. 

En la escuela nos motivan a estudiar, pero todo está configurado de tal forma que lo más importante es la calificación. En el deporte también somos juzgados por nuestros resultados, no por la pasión o el esfuerzo que ponemos en el entrenamiento. En el trabajo ocurre lo mismo, así como en la vida social, nuestro valor es directamente proporcional a las cosas que hemos construido, realizado, terminado o acumulado.

De hecho, diferentes expresiones que usamos a diario lo confirman: “es un gran emprendedor, ha construido una empresa importante” o “es una excelente escritora, ha vendido muchos libros”. Por otra parte, para indicar que una persona ha fracasado utilizamos frases como “no ha hecho nada en su vida”. 

En resumen, todo parece indicar que las personas son más valiosas, importantes, capaces, inteligentes o incluso felices en la misma medida en que hayan sido capaces de terminar algo. De esta forma, el éxito y la felicidad se entrelazan con los resultados, y la pasión, el esfuerzo y el amor quedan fuera de la ecuación. Nos convertimos en víctimas del “conclusionismo”, si se me permite el neologismo.


El conclusionismo: La trampa mortal en la que todos caemos


Con el paso del tiempo, la presión por terminar las cosas y alcanzar resultados se convierte en una parte de nuestra personalidad, en una vara que usamos para medirnos. No puede ser de otra manera si cuando miramos a nuestro alrededor solo encontramos a personas que miden su valor en términos de lo que han logrado o, peor aún, acumulado.

Sin embargo, no nos damos cuenta de que esa presión por terminar y tener resultados genera un estrés continuo que terminará agotándonos, física y mentalmente. Por eso, muchas personas, cuando llegan a ese punto en el que ya no pueden más, se preguntan qué sentido tiene su vida si no han logrado esas cosas que para la sociedad son importantes. Se sentirán como unos fracasados, aunque no lo sean. Y en esos casos, no es extraño que aparezca la depresión o la ansiedad. 

Sin embargo, en realidad se trata simplemente de una cuestión de perspectiva, y de cambiar las preguntas que nos planteamos.


¿Por qué? La pregunta mágica


Para salir de la tela de araña que nosotros mismos hemos construido a nuestro alrededor, debemos plantearnos una pregunta que los niños se hacen continuamente: ¿por qué? Esa simple pregunta abre muchas puertas porque a partir de ella surgen otras preguntas, como “qué quiero de verdad” o “qué necesito realmente para ser feliz”.

Estas preguntas se convertirán en instrumentos que nos ayudarán a crear un mapa, a determinar una ruta indicativa que nos guíe a lo largo del camino. Por supuesto, podemos desviarnos un poco, pero siempre motivados por la pasión, el deseo y la curiosidad, no por la obligación o las opiniones ajenas.

Por ejemplo, si eliges un trabajo en base a lo cerca que queda de casa, el salario que cobrarás o lo cómodo que podrás estar, tu vida no cambiará. Te quedarás en tu zona de confort, donde morirás un poco cada día a mano del aburrimiento, la rutina y la falta de estímulos. 

Sin embargo, si eliges el trabajo pensando en lo que te gusta y satisface, este no será una obligación sino que terminará enriqueciendo tu vida pues es probable que te obligue continuamente a ampliar tu zona de confort. Se trata de un cambio de perspectiva importante porque tienes que empezar a pensar en lo que te gusta y en lo que quieres, y luego elegir aquello que te permite caminar en ese sentido. 

Regresando a la filosofía budista, si en tu vida solo cuentan los resultados, y crees que solo te sentirás feliz cuando termines algo, tu mente siempre estará en el futuro. Esa presión te impedirá ser feliz y disfrutar del aquí y ahora. Si vives así, es probable que al final te preguntes qué sentido ha tenido todo. Quizá solo entonces te darás cuenta de que los resultados son simplemente números vacíos y de que el conclusionismo no conduce a ninguna parte.

Colaboración especial de Fabio Ruini
Psicologia/Jennifer Delgado
http://www.rinconpsicologia.com

jueves, 18 de mayo de 2017

Las alergias y la Bioneuroemoción


Las alergias representan una patología muy común.
Desde el punto de vista tradicional se define alergia como una reacción excesiva e inadaptada, como resultado de una disfunción de la regulación del sistema inmunitario de nuestro organismo, frente a una sustancia exterior, llamado generalmente antígeno o alérgeno.
Consta de dos etapas: La primera etapa es la fase silenciosa, llamada de sensibilización o de identificación del agresor donde el sistema inmunitario identifica un cuerpo extraño y ciertas células se encargan de analizarlo y fabricar anticuerpos específicos y silenciosos, memorizando simplemente las características del intruso.
La segunda etapa, la fase de hipersensibilidad alérgica o fase ruidosa de detención y neutralización del agresor. Es cuando en un segundo contacto con el mismo alérgeno, estos anticuerpos, silenciosos hasta ahora, se vuelven reactivos y desencadenan una respuesta desmedida “reacción alérgica”.
Desde el punto de vista de la Bioneuroemoción – Biodescodificación se buscan circunstancias y causas mas psicosomáticas para explicar este fenómeno.
Durante la primera etapa silenciosa de la que hablábamos antes, se busca un episodio inicial muy preciso, sacado de la vida del individuo, es frecuentemente un psico-shock emocional desestabilizador que ha ocurrido en el mismo momento en el que entrabamos en contacto con el alérgeno (fase silenciosa).
Un psico-shock o impacto emocional es un acontecimiento desestabilizante que: Nos coge desprevenidos, cuando menos se espera; es vivido en soledad y sobrepasa el umbral de tolerancia particular. No se encuentra una solución satisfactoria. Ademas este incidente posee la particularidad de haber sido más o menos soterrado en el inconsciente de la persona alérgica.
Nuestros sentidos graban la huella de ese instante, de la situación desestabilizante (vista, oído, tacto, olfato y gusto). En este momento el inconsciente asocia el episodio impactante y el alérgeno para formar un dúo indisociable.
Durante la segunda etapa, de la crisis alérgica propiamente dicha, hay una nueva toma de contacto con ese alérgeno, que podríamos calificar de simple representante del episodio desestabilizador inicial. En otras palabras el alérgeno es una simple advertencia de un peligro inminente, conocido pero ocultado, es el “aviso del recuerdo desagradable de la primera vez”.
Un ejemplo de Alergia al polen y las gramíneas para aclarar conceptos:
Imaginaos sentados en un banco, debajo de un árbol con una persona de la que estáis muy enamorados. Estáis tranquilos, en el ambiente hay polen que se adhiere a la piel a las mucosas de la nariz, los ojos… esta ahí, aunque no lo veis. De pronto el bio-shock, la otra persona te dice: Hoy es el ultimo día que nos veremos, mañana me voy a otro país a vivir. En ese momento nuestro cerebro registra y asocia el polen del ambiente con el bio-shock emocional, es la fase muda, no pasa nada, pero al año siguiente al entrar en contacto de nuevo con el polen, voy a sufrir una crisis alérgica, a estornudar y tener problemas respiratorios, pues el inconsciente prefiere que me preocupe de los síntomas a recordar la agresión, el drama y el dolor de la separación.
►La metodología para el tratamiento de las alergias es ir a buscar al inconsciente, esta situación desestabilizante para identificar la emoción y el resentir ocultos y descodificarlas.
http://www.saulperez.com
Fuentes: Enric Corbera  y  Libro- Las alergias no existen del Dr. Salomón Sellam.