miércoles, 15 de febrero de 2017

El hombre en busca de la Resiliencia


Considero justo y apropiado empezar a hablar de resiliencia citando a Viktor Frankl : “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.
Frankl, psiquiatra, psicoterapeuta austríaco e ideólogo de la teoría psicológica conocida como Logoterapia, merece una mención especial, ya que es un ejemplo de una actitud resiliente y de cómo reconstruirse ante una vivencia traumática.
En otoño de 1942, junto a su esposa y a sus padres, fue deportado al campo de concentración de Theresienstadt. En 1944 lo trasladaron a Auschwitz y posteriormente a Kaufering y Türkheim, dos campos de concentración dependientes del de Dachau. El 27 de abril de 1945 fue liberado por el ejército norteamericano. Frankl finalmente sobrevivió al holocausto nazi, pero tanto su esposa como sus padres fallecieron en los campos de concentración.
A pesar de esta experiencia que, a día de hoy nos parece imposible que se haya vivido tan próxima a nuestro tiempo, Viktor expone en una de sus obras más célebres “El hombre en busca de sentido” que, incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, el hombre puede encontrar una razón para vivir.
Argumenta que es la búsqueda de ese sentido lo que nos motiva y nos llena de razones para vivir y comenta que quien tenga un porqué para vivir podrá superar casi cualquier cómo”.
La resiliencia no es una capacidad innata ni una forma de entender y afrontar la vida que aparece por sorpresa, no es un superpoder ni una técnica automática que se activa ante la adversidad.
La resiliencia es una actitud, una capacidad que tenemos los seres humanos de afrontar y sobreponernos antes situaciones adversas (pérdidas, daño recibido, pobreza extrema, maltrato, abuso sexual, circunstancias excesivamente estresantes o victimizantes, etc.).
Supone un aprendizaje, una alta capacidad de adaptación ante los obstáculos del entorno y exige también la capacidad de poder recuperar el desarrollo vital que se tenía antes de producirse el estresor o circunstancia traumática.
Como toda reconstrucción, no es un proceso inmediato, esta capacidad implica sufrimiento, no nos engañemos, pero asumir esta actitud es la mejor forma de adaptación que conoce el ser humano. Consiste en un proceso de elaboración, no de borrado, supone integrar la pérdida, no olvidarla.
En la mitad del camino hacia la resiliencia aportamos y sacamos lo mejor de nosotros mismos, nos crecemos ante la adversidad y es al final del mismo cuando podemos hablar de recuperación y por tanto de felicidad. Dotar a nuestro camino de sentido significa disponer de todas las respuestas que puedan ir surgiendo a través de la evolución y del desarrollo personal.

No debemos olvidarnos que nosotros mismos somos los responsables de lo que hacemos, de lo que reímos, de lo que amamos pero también de lo que sufrimos y de lo que lloramos.

Los pilares de la resiliencia

Para comprender un poco mejor las estrategias de la reconstrucción personal citamos a Wolin y Wolin (1993), autores que exponen y describen los siete pilares de la resiliencia:
1. Introspección: hace mención a preguntarse a sí mismo y darse una autorespuesta honesta.
2. Independencia: se define como la capacidad de establecer límites entre uno mismo y los ambientes adversos; alude a la capacidad de mantener distancia emocional y física, sin llegar a aislarse.
3. La capacidad de relacionarse: incide en la habilidad para establecer lazos íntimos y satisfactorios con otras personas. Aquí encontraríamos cualidades como la empatía, la sociabilidad.
4. Iniciativa: implica exigirse y ponerse a prueba en tareas progresivamente más exigentes. Se refiere a la capacidad de hacerse cargo de los problemas y de ejercer control sobre ellos.
5. Humor: alude al hecho de encontrar lo cómico en la tragedia. El humor ayuda a superar obstáculos y problemas, a hacer reír y reírse de lo absurdo de la vida (Jauregui, 2007).
6. Creatividad: es la capacidad de crear orden, belleza y finalidad a partir del caos y el desorden. En la infancia se expresa con la creación de juegos, que son las vías para expresar la soledad, el miedo, la rabia y la desesperanza ante situaciones adversas.
7. Moralidad: se refiere a la conciencia moral, a la capacidad de comprometerse de acuerdo a valores sociales y de discriminar entre lo bueno y lo malo.
Ser resiliente depende en gran medida de estos pilares o capacidades que acabamos de citar pero me gustaría antes de dar por concluida esta reflexión recordar que; como personas somos lo que luchamos por ser, somos seres cambiantes no estáticos, hay que aprovechar esa plasticidad para adaptarnos y moldearnos ante las exigencias y dificultades.
Me defino como una persona bastante escéptica con el determinismo, pues considero que para cambiar hay que creer en el cambio y la felicidad es cierto que está en los pequeños, en los medianos y en los grandes detalles, pero no se trata de buscarla por los rincones, se trata de llegar a los rincones e inundarlos de felicidad.
La felicidad depende de nuestra actitud, por lo tanto, depende de nosotros mismos y me da pena mirar a mi alrededor y darme cuenta de que en la cultura que compartimos nos enseñan a estar estresados, a estar tristes, a tener miedos y a sufrir ansiedad; creo y considero que existe un interés social subyacente que promueve estos estados de miedo y ansiedad pero lo más importante y lo que tenemos que tener en cuenta y recordárnoslo diariamente es que ser felices depende sólo de nosotros, de ti y de mí.
“Una experiencia traumática es siempre negativa, pero lo que suceda a partir de ella depende de cada persona. En la mano del hombre esta elegir su opción, que o bien puede convertir su experiencia negativa en victorias, la vida en un triunfo interno, o bien puede ignorar el desafío y limitarse a vegetar y a derrumbarse.”

http://psicopedia.org
Fuente: documento “La resiliencia y las víctimas de desastres” firmado por Mónica García, Rosa Mateu, Raquel Flores y José Manuel Gil,

martes, 14 de febrero de 2017

Y tú ¿qué máscaras llevas?


Una de las necesidades básicas de los seres humanos consiste en crear vínculos y sentir pertenencia a un grupo. Esa necesidad de pertenecer nos mueve a establecer una serie de personajes que nos ayudan a adaptarnos y a “sobrevivir” en cada ambiente.
Todos tenemos una serie de máscaras, de personajes internos que van apareciendo según las circunstancias que vivimos, con quién nos relacionamos y según nuestras emociones, pensamientos y acciones.
Algunos de ellos nacen en nuestra zona menos sana y nos empujan hacia actitudes y mecanismos que no nos benefician, otros surgen de nuestra parte equilibrada y nos ofrecen mejores consejos. Algunos salen en determinados círculos y otros son más permanentes y nos acompañan todo el tiempo.
“El mundo es un gran teatro, y los hombres y mujeres son actores. 
Todos hacen sus entradas y sus mutis y diversos papeles en su vida…” ‘Como gustéis’ W. Shakespeare
Los disfraces poco sanos que usamos sin darnos cuenta para funcionar en el mundo son los que en Terapia Gestalt llamamos egomecanismos que nos sirven para protegernos y mostrarnos en función de lo que creemos que nos va a facilitar el a veces complicado arte de vivir y relacionarnos con los demás.
Unos ejemplos sencillos:
–  A Silvia le cuesta mucho gestionar situaciones de enfrentamiento y expresar su desacuerdo o malestar ante algo. En un intento de evitar cualquier tipo de conflicto, ha adoptado una máscara de “buena niña”, por lo que su personaje adaptable, pacífico e inofensivo le asegura de librarse de cualquier situación que la ponga frente a lo que tanto teme.
– En su infancia, Montse recibió el mensaje de que “la vida es un valle de lágrimas”. Fiel a la tradición familiar, se define a través de su máscara de sufrimiento, que la muestra como una víctima de todo y de todos. Montse obtiene así la atención, compasión y “amor” que su personaje carente busca de forma desesperada.
– Al contrario que Montse, Jordi tiene muchas dificultades para aceptar el dolor y las partes menos agradables de la vida. Ha construido una máscara de felicidad, optimismo y “estar siempre bien” que le ayuda a huir de las emociones que más teme: el dolor y la tristeza. A la vez, su personaje muestra al exterior una imagen de felicidad y plenitud que alimenta y sostiene todo el montaje.
 – Javier tiene miedo a que le hagan daño y le vean vulnerable. Aunque es sensible, se muestra agresivo y poco emocional. El personaje más bien duro y a la defensiva que ha construido le ayuda a evitar la expresión de sus emociones y un contacto más estrecho con las demás personas. 
La “niña buena”, el “tipo duro”, la “superwoman”, el “rompecorazones”, el “oso amoroso”, la “ayudadora”, el “rebelde”, la “sufridora”… Progresivamente y con el paso del tiempo nuestro disfraz se va consolidando y apoderando de nuestra identidad hasta que acabamos identificándonos con lo que algún día sólo fue una herramienta, algo que nos facilitó el trabajo de vivir. Es como si un carpintero acabara creyendo ser su martillo.
“Cuando llevas una máscara tanto tiempo, te olvidas de quién eras debajo de ella”  Alan Moore
Las máscaras que parecen protegernos, en realidad nos debilitan. Las usamos para evitar lo que tememos, obtener el amor y el reconocimiento de los demás, para “encajar”, para cumplir con lo que creemos que se espera de nosotros… y en realidad ocultan parte de nuestro ser, limitan nuestro contacto con los demás, estrechan nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.
Detrás de nuestros disfraces egoicos en realidad se esconde algo muy profundo, un mecanismo construido por el niño o niña herida que una vez fuimos, que sigue intentando ser visto y querido a través de actitudes que le funcionaban en la infancia, pero que en la edad adulta ya no tienen sentido.
Como dice Alan Moore en su cita, al llevar tanto tiempo nuestros disfraces al final acabamos olvidando quiénes éramos debajo de ellos. Además de la Terapia Gestalt, algunas disciplinas cuyo objetivo se centra en este trabajo son el Eneagrama y el teatro terapéutico.
Estas técnicas son potentes herramientas que nos ayudan a ponerles conciencia,  desenredarnos poco a poco de sus limitaciones y redescubrir quiénes somos.
Para liberarnos de ellas se hace necesario, en primer lugar, tomar conciencia de que las llevamos e ir descubriendo a qué responden: qué partes ocultan, cuáles muestran, para qué nos sirven, qué nos ayudan a evitar y a conseguir… en definitiva, conocerlas en profundidad para, posteriormente y a partir de un trabajo de autoconocimiento, salir de la jaula donde nos han tenido encerrados durante tanto tiempo.

Clara Dini Llobet
http://psicopedia.org


 ►Siempre -decía- llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del marido engañado, la del héroe, la del hermano cariñoso.
                                                                                               Ernesto Sábato. Sobre héroes y tumbas

lunes, 13 de febrero de 2017

La metáfora de los dos árboles: ¿Cómo alcanzar el éxito y vivir plenamente?


Érase una vez un niño de diez años, muy listo para su edad. Un día, aquel niño fue a visitar a su abuelo, acudió a su casa con una idea fija en mente: quería triunfar en la vida y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para lograrlo.

Su abuelo había sido una persona exitosa, por lo que si había algún secreto, sin duda se lo contaría. Sin más, le preguntó: 

- Cuando crezca, quiero tener mucho éxito, como tú. ¿Puedes darme algún consejo para alcanzarlo?

El abuelo no le respondió, cogió al niño de la mano y lo llevó al vivero donde solía comprar las plantas. Entonces le pidió que eligiera dos árboles.

Al llegar a casa, los plantaron. Colocaron uno en el jardín y otro en una maceta, dentro de casa.

- ¿Cuál de los dos árboles crecerá mejor? – preguntó entonces el abuelo.

El niño se tomó unos minutos para pensar y respondió:

- El árbol de la maceta, porque está dentro de casa, protegido y al seguro. El que está afuera tendrá que enfrentarse a la lluvia, el sol y el viento, tendrá más dificultades para crecer y quizás hasta muera.

El abuelo se encogió de hombros y no dijo nada más.

Los años pasaron, mientras el abuelo cuidaba ambas plantas. Un buen día, el niño, que ya era un joven, recordó la pregunta que le había hecho a su abuelo años atrás.

- Nunca contestaste a mi pregunta. ¿Cómo puedo tener éxito? 

El anciano llevó a su nieto a ver ambos árboles. Luego le preguntó:

- ¿Cuál ha crecido más?

El joven se quedó perplejo, aquello no tenía sentido. 

- ¿Cómo es posible? El árbol de la maceta tenía todas las condiciones dentro de casa. ¡Debía haber crecido más!

El abuelo sonrió.

- La opción más segura te permite sobrevivir pero no alcanzar el éxito o vivir con plenitud. En cambio, los peligros se convierten en desafíos que te impulsan a crecer. Solo teniendo el valor para arriesgar, podrás descubrir tu verdadero potencial.

Cinco condiciones esenciales para tener éxito y vivir plenamente


La metáfora de los dos árboles es una historia muy sencilla pero encierra grandes enseñanzas para nuestra vida. De hecho, a menudo pensamos como ese niño y añoramos una vida fácil, donde todo discurra con fluidez, no existan obstáculos y el sufrimiento no tenga cabida. No nos damos cuenta de que es en las situaciones límites, en medio de la adversidad, cuando sacamos lo mejor de nosotros y se produce un crecimiento cualitativo en el plano psicológico.

¿Qué enseñanzas prácticas podemos extraer de esta metáfora?

1. Apuntar alto. Si no eres capaz de construir tus propios sueños, alguien te pagará para que construyas los suyos. Toda persona que ha llegado lejos en la vida, es porque se ha atrevido a soñar, a desafiar los convencionalismos e incluso a hacer caso omiso de la fatalidad que podía estar asociada a su condición social o a sus problemas de salud. Recuerda que para quien no sabe adónde va, ningún viento le resulta propicio. 

2. Salir de la zona de confort. En la zona de confort nos sentimos seguros pero no es en ese espacio en el que nuestros sueños se hacen realidad. Salir de la zona de confort significa atreverse a pensar de una manera diferente, aceptar la incertidumbre y asumir cierta dosis de riesgo. No se trata de tirarse al vacío sin paracaídas pero es imprescindible explorar nuevos territorios, porque no se consiguen resultados diferentes haciendo siempre las mismas cosas.

3. Asumir los obstáculos como desafíos. Todos encontramos piedras a lo largo del camino, hay quienes las recogen y las cargan en su mochila, hasta que el peso les vence, y hay quienes las apartan de sí, para poder continuar el viaje ligeros de equipaje. Los problemas pueden ser obstáculos que generen frustración y te hagan perder la motivación o, al contrario, pueden impulsarte a crecer. Sin embargo, la dirección depende de tu actitud.

4. Aprovechar las oportunidades. Cada situación siempre encierra aspectos positivos, aunque a menudo estamos tan ofuscados que no somos capaces de notarlos. Sin embargo, las personas de éxito son aquellas que han sabido captar las oportunidades y aprovecharlas. No se trata de estar en el momento justo y en el tiempo justo, como muchos piensan. En realidad el éxito no es una cuestión de suerte sino de perspicacia, de ver más allá de las circunstancias y proyectarse al futuro.

5. Confiar en la propia fuerza. Cualquier camino hacia una vida más plena, está marcado por la autoconfianza. La autoconfianza es el verdadero combustible que alimenta la motivación, es lo que nos permite mantenernos focalizados y no perder la esperanza ni siquiera en los momentos más difíciles. Por supuesto, no se trata de una varita mágica, pero si hay algo seguro es que la falta de confianza en tus capacidades te llevará directamente a un callejón sin salida.

Psicología/Jennifer Delgado
http://www.rinconpsicologia.com