miércoles, 18 de enero de 2017
APRENDER A VER EN EL DESARROLLO PERSONAL
“¿Veis cómo los niños ven a los pájaros con asombro?
Si les dices un nombre pensarán que todos los pájaros son iguales,
puesto que tienen el mismo nombre”.
(Krishnamurti)
En mi opinión, estar en un Camino de Desarrollo Personal requiere una atención distinta a la vida y, sobre todo, a uno mismo.
Si uno no sale de su rutina y no se permite investigarse, experimentarse, y arriesgarse, o si uno no deja de pre-suponer, no tendrá adelantos significativos, porque con la misma forma de mirar de siempre seguirá viendo invariablemente lo mismo.
Este Camino es muy recomendable hacerlo del modo que se denomina “Mirando con ojos de Marciano”. Esto se refiere a mirar las cosas del mismo modo que las miraría un Marciano que llegar por primera vez a la Tierra y que, al desconocerlo todo, al verlo todo por primera vez, tiene que hacerlo todo con atención, comprobar, verificar, observar con detenimiento. Todo es nuevo y lo ve sin ningún tipo de pre-juicio o condicionamiento.
Se comprueba entonces que las cosas son como son y no como nosotros pre-suponemos o creemos que son.
Es interesante aprender a ver las cosas y a las personas sin asociarlas a un nombre, a una idea, o a un concepto.
Las cosas y las personas nacen libres de adjetivos, y éstos no son obligatorios. Son orientativos, pero a veces se convierten en desorientativos, porque pueden estar mal adjudicados, caducados, anclados, o muertos, y, en muchas ocasiones, muy mal seleccionados o muy mal adjudicados.
Ver es el efecto de mirar, y mirar sólo produce el hecho de ver objetivamente, y no los pensamientos ni los enjuiciamientos que añade nuestra mente, que no nosotros, a lo que estamos viendo.
Ver debiera ser un recreo, una observación sin sentencia, recibir información acerca del objeto de nuestra atención, pero sólo darse cuenta, sólo ver.
Pero, por lo visto, hace falta esforzarse mucho, y ser capaz de renunciar a lo de siempre, para ser capaz de ponerse ojos nuevos y ver.
Para Darse Cuenta y para Descubrirse es imprescindible tener y usar la capacidad de eliminar lo pre-concebido, por lo menos hasta que nos demos una oportunidad de revisar algo de nuevo, para poder verificar si el objeto de atención es realmente lo que pensamos que es, o estábamos errados en la creencia, o ha sido capaz de evolucionar, o nosotros estamos evolucionando y somos más comprensivos y benevolentes.
Cuando adjudicamos un adjetivo, o una opinión, o un juicio con sentencia a una cosa lo dejamos unido a esa cosa, pegado como una etiqueta, y en esa etiqueta leemos siempre lo mismo; con el tiempo lo aprendemos de memoria y ya ni siquiera miramos para verificar si realmente pone lo que creemos que pone, sino que ya y para siempre, la cosa seguirá siendo lo mismo.
Si cuando escribimos aquella etiqueta lo hicimos en un mal día, o en un momento descontrolado de rabia, o desde la ignorancia y el error, o desde el egoísmo, o desde un estado muy alterado y confundido de la mente, es muy posible que la etiqueta esté mal adjudicada.
Si posteriormente hemos ido dando pasos adelante con nuestra conciencia y nuestro corazón, que se han ensanchado, y si nuestra consciencia está más alerta y se da cuenta con más objetividad de las cosas, y si somos más comprensivos y generosos con la actuación de los otros, es más que posible que tengamos que renombrar las etiquetas o, mejor, arrancarlas y permitir el crecimiento, nuestro y de lo otro, sin los límites que impone una definición.
¿Cómo se aprende a ver?
Despojándose totalmente de cualquier tipo de idea pre-concebida o cualquier pre-juicio. Esto es imprescindible. Si no se cumple este requisito es mejor no dar ningún paso, porque será un paso que nos llevará de nuevo al mismo sitio donde estábamos.
Dándose la oportunidad de comenzar de nuevo, tanto para vernos a nosotros como para ver a los otros y como para ver las cosas tal y como son, con objetividad, y no como nosotros creemos que son. Las que podamos verificar que son como ya creemos que son se las deja de momento como estaban. “De momento” porque es posible que tal vez sea conveniente más adelante volver a revisarlas.
Mirando con los ojos del corazón y de la comprensión. Todos los Seres Humanos que moramos en este mundo estamos perfectamente capacitados para equivocarnos, para actuar del modo más incorrecto, para no cumplir las expectativas de los otros ni las nuestras propias, para tener miedo y no atrevernos, para dudar y dudar y dudar, para caer y recaer. Les pasa a los otros y nos pasa a nosotros.
Amando. El amor, cuando no se adultera, tiene la capacidad de escapar a los pre-juicios y de aportar una forma justa de ver las cosas y de formar una opinión equilibrada sin juzgar malintencionadamente las cosas.
Aceptando. De nuevo, viendo las cosas y las personas como realmente son y no como cosas o personas que no cumplen nuestras expectativas. Si lo aceptamos de este modo, ya no es necesaria la presencia de la rabia, del odio, de la confrontación, de la desaprobación. Con un corazón más grande y generoso, con una comprensión ilimitada, y aceptando la realidad, todo pierde su agresividad y adquiere brillo.
Estas son las fórmulas para aprender a ver.
Ahora, a revisar, a experimentar, a comprender, aceptar, amar, y perder el miedo.
A implicarse en esta gran aventura que es la vida. Y a ver.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco De Sales
buscándome.es
martes, 17 de enero de 2017
Traumas en la niñez y depresión en el adulto
Ninguna etapa es más intensa, maravillosa y vulnerable a la vez, que nuestra infancia. Esas primeras experiencias marcan por siempre no solo gran parte del rumbo de nuestra vida, sino también, la visión que tenemos de ella. El vínculo que establecemos con nuestros cuidadores, con esos padres que nos guían, cuidan y arropan, nos ofrecerán los pilares de nuestro desarrollo para crecer con seguridad y autonomía.
Pero si algo falla, si el escarpelo de la violencia, de la desgracia o la casualidad aparece en nuestra vida cortando el rumbo de esa infancia, la huella se quedará ahí por siempre. Es un hecho, una realidad. Y como niños, como personas que aún no somos capaces no solo de defendernos, sino tampoco de comprender por qué existe la maldad o la tragedia, habremos de digerirlo con toda su dificultad y gravedad.
Los psiquiatras llaman a estas situaciones “estrés precoz”, hechos ocasionados por traumas físicos o emocionales que van a alterar en gran parte el rumbo de nuestro desarrollo y nuestra madurez. La herida va a quedar en nuestro cerebro, ese pico tan grave de estrés y sufrimiento deja su lesión, provocando que, llegada la edad adulta, tengamos más riesgos de desarrollar algún tipo de depresión.
La falta de afecto en la infancia, una de las mayores causas de la depresión
En ocasiones, no hace falta que lleguemos a extremos tan lamentables como un abuso o el maltrato infantil. Muchas veces, esos niños que crecen sin arraigo familiar o con unos padres que no han sabido, o no han querido estrechar ese vínculo imprescindible con sus hijos, provoca que se llegue a la madurez con muchas carencias, con muchas faltas.
Una infancia saludable, feliz e íntegra, hace que el niño crezca sabiendo que es querido, que cada uno de sus pasos, de sus decisiones y de sus fallos, van a disponer del apoyo incondicional y único que es su familia. El desarrollo de su autoestima irá a la par del afecto de los suyos. Su autoconcepto será además positivo, porque es el reflejo de lo que hasta el momento, siempre ha encontrado.
Pero si solo encuentra vacíos, desprecios y reproches, el niño crecerá no solo con una marcada inseguridad, sino también con cierto rencor e incluso con desconfianza. ¿Cómo hacerlo? Si quienes debieron haberle ofrecido un apoyo y un cariño incondicional solo le dieron frialdad y rudeza, es complicado que alcance una unión saludable con otra persona. Que desconfíe y tema.
Superar una infancia difícil
Los psiquiatras hablan de “la vulnerabilidad biológica”. Es decir, todas esas experiencias traumáticas o negativas del pasado han quedado incrustadas en nuestra experiencia y también a nivel cerebral. Las altas tasas de estrés modelan y cambian muchas de nuestras estructuras más profundas, y todo ello nos hace personas más frágiles. Personas más proclives a sufrir una depresión llegada la edad adulta.
Pero ahora bien, ¿quiere esto decir que todos los que hayan sufrido un trauma en la infancia, van a padecer obligatoriamente una depresión? La respuesta es no.
Cada uno de nosotros vamos a afrontar nuestro pasado traumático de un modo, puede que para algunas personas dichos eventos del pasado sean un revulsivo que superar y por el que luchar día a día. Algo que asimilar, aceptar y afrontar para que la vida le de una nueva oportunidad, y ser feliz de nuevo.
En cambio, para otras personas esa predisposición biológica y emocional seguirá pesando demasiado. No solo se va a tratar de un recuerdo persistente, sino que puede influir en su forma de relacionarse con el mundo.
Pueden ser personas que han perdido la confianza con sí mismas y con todo lo que les rodea. Les cuesta mantener amistades e incluso relaciones afectivas. Exigen cariño, pero son incapaces de aceptarlo por que siguen temiendo ser traicionadas, ser heridas.
Son perfiles donde puede quedar implícita un tipo de ansiedad crónica, una hipersensibilidad y una vulnerabilidad emocional con la que luchar cada día. La felicidad en estos casos tiene un alto precio, entonces ¿cómo afrontarlo? Obviamente, con esfuerzo, voluntad y mucho apoyo social.
Vistas todas estas realidades, solo cabe recordar la importancia de seguir protegiendo la infancia. Nunca pienses que un niño es un adulto en miniatura. Un niño es una persona hambrienta de emociones positivas, necesitada de experiencias llenas de afecto incondicional, de palabras y vínculos.
Un niño no es un adulto que pueda comprender por qué otros adultos puedan tratarlo mal. Tampoco puede defenderse. Lo que ocurra en esas edades, habrán de marcarlo por siempre. No lo olvides. Cuida siempre de los más pequeños, y si eres tú quien sufrió una infancia complicada, recuerda que la felicidad no está vetada para nadie, y que merece la pena aceptar, superar y vivir de nuevo.
Psicología/Valeria Sabater
Imágenes cortesía de Lucy Campbell
https://lamenteesmaravillosa.com
lunes, 16 de enero de 2017
La ciencia afirma que pasear nos aporta estos 7 beneficios
El poeta argentino Miguel Cantilo dice que “yo sé que tapándome los ojos puedo estar mucho más lejos sin tener que caminar”. Por desgracia, quien siga esta enseñanza no podría aprovecharse de los beneficios científicos y psicológicos de pasear.
Ahora, tras esta breve pincelada de humor, entremos en materia. Pasear, además del efecto agradable que procura, tiene excelentes beneficios. La ciencia ha estudiado en diversas ocasiones esta práctica y suele ser unánime, posee grandes ventajas, tanto psicológicas como físicas.
Beneficios científicos y psicológicos de pasear
Los beneficios científicos y psicológicos de pasear empiezan por el hecho de que es una práctica muy agradable. Una caminata te puede hacer sentir mejor, pues es un ejercicio de baja intensidad, aeróbico, y que nos reporta un rato de paz en medio de la tensión del día.
Entre los beneficios un buen paseo, puede estar el disfrutar de un bello paisaje. O bien mejorar nuestro estado físico, lo que conlleva un estado mental más óptimo. Un estudio de la Universidad de Tennessee, en Estados Unidos, concluyó que las mujeres que caminaban todos los días tenían menos grasa corporal que otras más sedentarias. Este detalle mejora la calidad de vida, además de rebajar el riesgo de sufrir un coágulo. Además:
Te ayudará a conciliar mejor el sueño
Caminar ayuda a nuestro cuerpo a liberar serotonina. Este es un neurotransmisor derivado del aminoácido conocido como triptófano, que aumenta la producción de melatonina. La melatonina regula los ciclos del sueño, por lo que el paseo es óptimo para conciliar mejor el sueño y que sea de mayor calidad.
Además, la serotonina es un gran controlador del estrés. No es extraño ni mala idea en absoluto dar un paseo cuando sentimos inquietud o ansiedad. De hecho, en la Universidad de Sao Paulo se demostró que el caminar y el ejercicio aeróbico redujo considerablemente la calidad del sueño de un grupo de personas con insomnio.
Más y mejor humor
¿Quieres ser feliz y estar de mejor humor todo el día? Según la Universidad Estatal de California, en Estados Unidos, caminar no solo libera serotonina, también endorfinas. La combinación de ambas son una mezcla ideal para que te sientas mucho mejor, pues se relacionan con la popularmente conocida como química de la felicidad.
►“He aprendido dos formas de atarme los zapatos. Una de ellas sólo sirve para caerse. La otra sirve para caminar”
-Robert Heinlein-
Mejora la esperanza de vida
La Escuela de Medicina que se ubica en la Universidad de Michigan, en Estados Unidos, afirma que individuos de 50 a 60 años reducen las posibilidades de morir en los siguientes 8 años en un 35% solo por caminar. A mí es un detalle que me ofrece tranquilidad y sosiega mi mente, ¿y a ti?
Reduce y previene el deterioro cognitivo
Según un estudio de la Universidad de San Francisco, en Estados Unidos, cuanto más caminamos, más lento se produce el deterioro de algunas de nuestras capacidades mentales con la edad. En concreto, en una muestra de más de 5000 sujetos de 65 años o más, andar 3 kilómetros al día redujo las pérdidas de memoria en un 17%.
Previene la aparición del Alzheimer
Una enfermedad muy temida, que por desgracia a veces incluso se ceba con gente joven, es el Alzheimer. Desgraciadamente su curso con los que medios que tenemos actualmente es imparable, sin embargo parece que sí que hemos podido identificar algunos factores de prevención. Entre estas variables protectoras se encontraría el ejercicio. Concretamente un estudio de la Universidad de Virginia sostiene que las personas 70 años que caminan al menos medio kilómetro reducen el riesgo de padecer esta demencia en un 50%.
Nos ayuda a perder peso o a mantenerlo
Nos guste más o menos, vivimos en un mundo en el que el aspecto físico es importante. Para muchas personas estar en buena forma y tener una línea óptima es perfecto para sentirse más seguras de sí mismas y confiadas en sus posibilidades. Ya no para los demás, sino para verse y sentirse mejor.
Obviamente, caminar o pasear, como ejercicio aeróbico que es, mejora nuestro estado de forma. Además, por ser ejercicio muy moderado, reduce el impacto en el cuerpo y rebaja el riesgo de lesión. Por eso es perfecto para personas con dolores articulares, por ejemplo.
Pero además, como actividad física que es, ayuda a quemar grasas. De hecho, la Journal of the American Dietetic Association informa que las mujeres que andan más de 5 horas semanales muestran niveles de grasa corporal muy bajos.
Reductor ideal del estrés
Ya hemos dicho que el pasear libera endorfinas y serotonina, produciendo la química de la felicidad. Como es lógico, este es un gran reductor del estrés. Según dice el Diario de Antropología Fisiológica, reduce los niveles de cortisol, la hormona resultante de los estados estresantes y de ansiedad.
►Cuando llegué al país, no caminaba; como digo siempre, tuve mucho gusto de aprender a caminar sobre esta tierra de la que nunca me separé”
-Alicia Moreau de Justo-
Puedes comprobar que la ciencia confirma enormes beneficios científicos y psicológicos de pasear. Demanda voluntad cuando nos sentimos tan cómodos y calentitos debajo de la manta en el sofá de casa, especialmente en estos meses de invierno, sin embargo a cambio reporta numerosas ventajas. Si te falta motivación, tal vez una mascota o una charla con amigos mientras camináis puede ser la respuesta. Pero no olvides que por muy poco, puedes lograr mucho.
Pedro González Núñez
https://lamenteesmaravillosa.com/
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