martes, 15 de noviembre de 2016

Que nadie te diga quién eres…


Ya basta de aceptar chantajes.
Nos encoge, nos deprime, nos arruga. No tiene sentido.
A menudo, estamos tan acostumbrados a aceptarlos que ni tan siquiera nos damos cuenta de que nos chantajean. Los llevamos incrustados, incorporados a nosotros y aceptamos los pensamientos ajenos como si fueran propios. Entramos en su lógica y la convertimos en propia.
Aceptamos algo que nos duele, nos escuece, nos denigra… Y lo hacemos porque si no, sabemos que esa persona no nos dará aquello que queremos, que creemos que necesitamos. Entramos en el juego y nos columpiamos en él. Dejamos que nos tenga sujetos, ahogados, asfixiados y pendientes… Dejamos que nos ate por algo que pensamos que nos pertenece, para evitar que se enfade, para que no nos recuerde lo infames que somos y lo poco que nos queremos a nosotros mismos. Le dejamos hacer porque tememos enfrentarnos a él y encontrarnos con nosotros mismos…
Nos acostumbramos a no preguntarnos si realmente merece la pena… La respuesta es nunca, porque no hay nada que valga la pena para que nos quedemos atados al  sufrimiento.
Nada que te ate ahora, te liberará mañana. ¿Sabes por qué? porque mañana ya serás esclavo porque creerás que lo eres, porque habrás cedido tu voluntad. En tu mente, te habrás encogido y recortado los sueños, te habrás resignado a no ser, a no sentir, a no intentar. Lo que hoy te hace daño, no te conviene. Lo que te hace sufrir en el presente, no te hará feliz en el futuro…
Cedemos libertad al chantajista a cambio de facilidad, de comodidad y por qué no, de ingenuidad, ya que hemos reducido tanto nuestro mundo que llegamos a pensar que eso que nos da él o ella no lo podemos conseguir por nosotros mismos…La vida está llena de oportunidades que no se ven desde una jaula con barrotes gruesos…
Si es un regalo, es a cambio de nada.
Si no lo es, el intercambio debe ser justo y nunca indigno.
Y no, no vale la pena, porque al aceptarlo, se te escapa la vida.
Muchas veces no sabemos decir no a un chantaje emocional porque hemos estado sometidos a él sin tregua desde siempre. Porque hemos crecido en él y no hemos conocido nada más… Como haber nacido en una cueva oscura y pensar que ese pequeño espacio es el mundo entero…
Hay quien nos chantajea por amor y quien lo hace por miedo. Quien nos quiere encadenar para que no corramos peligros reales o ficticios y quien nos quiere apagar para que no brillemos… En ambos casos, nos someten a su forma de ver la vida, nos recortan como seres humanos porque no nos dejan crecer y nos hacen creer que no existe alternativa.  Y eso puede significar que, puesto que no hemos conocido nada más, corramos el alto riesgo de repetir ese comportamiento e ir por la vida recortando a otros. Haciendo que sus vidas sean minúsculas, que se acostumbren también ellos a ver la vida a través de un cristal opaco, a pasar por un embudo cada vez que sueñan algo… A tamizar sus sueños por un embudo como hacemos nosotros porque hemos aprendido que sin sufrir o perder algo no podemos aspirar a nada… Porque nos creemos que hay cosas que no merecemos si previamente no nos rebajamos a aceptar algo que no deseamos…Un precio demasiado alto por no ser capaces de arriesgar un poco, ¿verdad?
Los chantajistas emocionales precisamente nos piden que nos encerremos, que nos aferremos a la rutina de una relación tóxica pero conocida, porque más allá la incertidumbre es insoportable.
La única forma de no ceder al chantaje es disponerse a pasar un poco de frío. Enfrentarse al miedo, a una soledad necesaria, a la incomodidad de no saber qué pasará…Enfrentarse a uno mismo y aceptar que sabrás cómo hacerlo sin esa ayuda envenenada o sin esa influencia que te castiga. Apostar por ti y por tu fuerza, por tu capacidad.
Ceder al chantaje es mirarse al espejo y decirse a uno mismo que nunca podrá, que nunca sabrá ir más allá… Que no merece lo que desea si no acepta un castigo previo, una rebaja de sus expectativas…
Si lo aceptamos, nos convertimos en fantasmas. Asumimos que no hay más remedio que vivir en una caja cada día más pequeña y asfixiante… Reducimos nuestras posibilidades de crecer y explorar…Arrastramos una culpa que no existe.
¿Vale la pena? Esa es la pregunta… La respuesta casi siempre es no, nunca. Nada que nos puedan ofrecer a cambio de la dignidad nos conviene.
Ya sé que hay situaciones límite en la vida en las que nos aferramos a lo que sea para sobrevivir, para que a los nuestros no les falte lo básico… Incluso entonces, merecemos lo mejor, aún más si cabe, porque siempre somos personas dignas.
Insisto… ¿Vale la pena? Ser capaz de hacerse la pregunta ya es un triunfo, porque significa tener conciencia de lo que sucede, significa querer ser libre, significa tocar con las manos esa dignidad.
¿Por qué lo aceptas? la respuesta a esta pregunta nos indica que debemos cambiar si no queremos seguir con la situación… Piénsalo, ¿Por qué lo aceptas si no lo mereces? Tal vez, no nos guste enfrentarnos a ello, pero resulta indispensable para poner fin al sufrimiento y avanzar. El que consigue empezar a cuestionarse lo que pensaba que era un dogma, está más cerca de su conciencia. Sea cual sea la respuesta.
¿Por qué? reflexiona y hurga en ti lo suficiente como para que la respuesta, aunque duela mucho, te sirva de algo. Cambia el enfoque, mira qué esperas conseguir de verdad cediendo a ese chantaje y descubre por qué crees que vendrá de otra persona y no puedes encontrarlo en ti mismo… ¿Te ha pasado otras veces? ¿te has acostumbrado a vivir ese tipo de situaciones porque evitas algo? ¿qué pasaría si dices que no? ¿cargas con alguna culpa que te impida soltarte y seguir tu camino? ¿qué es lo que realmente te asusta?
Lo bueno nunca es a cambio de sufrimiento… Lo dulce no se mezcla con veneno… La felicidad no conlleva castigo ni culpa. No vale la pena… 
No regales el timón de tu vida, sé responsable de ella, trabaja para que sea tan maravillosa como mereces.
No sólo puedes salir de ese círculo vicioso, sino que además cuando lo consigas, saldrás de ahí más sabio, más fuerte, más elástico y mejorado… Sin carga ni remordimiento… Te encontrarás más cerca de ti y te conocerás mejor. Sabrás que puedes porque lo habrás hecho. Te darás cuenta de que nadie está por encima de ti, ni puede dirigir tu vida si no le das ese poder. No sueltes las riendas, no le des a nadie tus códigos para que apriete tus botones cuando quiera, no cedas el protagonismo de tu vida, no entregues tu voluntad, no cargues ninguna culpa, no contemples tu existencia con ojos ajenos…
Reenfoca tu vida. Abre las ventanas para que entre la luz… Sal del rincón y encuentra tu centro. Deja de ser la presa, sal de la telaraña y vuela… 
Tienes mucho poder, pero aún no lo notas, no lo ejerces, no lo sueñas. Puedes dar el vuelco a todo lo que te pasa con la intención y el empeño, puedes zarandear tu vida con sólo cerrar esa puerta y amarte…
Quédate a solas contigo y descubre qué te mantiene atado.
Cuando te ames de verdad, nadie te pondrá cadenas… Cuando aceptes la incertidumbre de la responsabilidad, llevarás las riendas.
No te mereces pagar ningún peaje por ser tú. Eres demasiado grande para vivir en una cueva… Brillas demasiado para apagar tu luz…
Vivir no duele siempre…
Decide tú.  Que nadie te diga quién eres ni qué sientes… Empieza a volar y sé sincero contigo, porque si no, te estás chantajeando a ti mismo.

Merce Roura
https://mercerou.wordpress.com



lunes, 14 de noviembre de 2016

Dejar de lidiar con lo que nos duele es de listos, no de cobardes




Elegir ser fuerte y afrontar el dolor es lo mejor que podemos hacer, pero a veces esa estrategia no implica que lo revivas y te retuerzas en él continuamente. Evitar algo que te cuesta trabajo y que te desafía para conseguir lo que valoras en la vida es huir. Evitar encontrarte continuamente con lo que perturba tu estado de ánimo y te está impidiendo vivir con tranquilidad es inteligencia emocional.
La libertad y la fortaleza también radica en el hecho de evitar toparnos una y otra vez con aquello que nos incomoda o nos produce dolor. Ser fuerte es enfrentarte a tus miedos y fantasmas, por ejemplo el del miedo al rechazo por mostrarnos tal y como somos. Y somos tanto lo que nos gusta como lo que no nos gusta. Por ello que dejar de lidiar con lo que nos duele es de listos, no de cobardes.

Dejar de lidiar con el dolor inútil que nos impide evolucionar

Algunos psicólogos humanistas como Carl Rogers ya señalaban que la tendencia de todo ser humano es la de autorrealizarse. Otros como Kelly, Royce y Powell hablaban de la capacidad del ser humano para ser un agente activo que construye su realidad con el fin de adaptarse al mundo y de, también, construir su propia individualidad.

Este proceso de búsqueda y de experimentación es totalmente apasionante si poco a poco vas encontrando aquello que te hace crecer como persona y no estancarte en un propotipo más parecido al de un autómata que al de una persona original y dinámica, que cambia con el tiempo y las circunstancias.
La depresión y la ansiedad a veces tienen su origen en la inmovilidad. Una inmovilidad que se deriva de la creencia impuesta de que, para ser personas válidas, tenemos que hacer gala de una fortaleza inusual ante aquello que no soportamos. Además, adherida a esta creencia, nos encontramos con la idea de que nuestro éxito reside en poder superarlo y salir victoriosos.

Muchos trastornos psicológicos aparecen cuando no somos capaces de decir a tiempo “BASTA”. Algo aparentemente fácil en algunos contextos, pero tremendamente difícil para algunas personas que prefieren sentarse en un asiento incómodo y peligroso antes que hacer el esfuerzo de repararlo.

Decir BASTA es necesario

En un mundo en el que el estado de felicidad ya no es un estado de ánimo más, sino una imposición constante: estar feliz, ser fuerte y sobre todo demostrarlo. Esta necesidad creada se convierte en una cárcel emocional que no deja fluir todo el complejo dinamismo psíquico del que disponemos los seres humanos.
Uno de los componentes de ese dinamismo es el desagrado y dolor que nos producen determinadas personas y situaciones. Los seres humanos sentimos dolor, lo sentiremos siempre, pero poder evitarlo cuando está en nuestra mano es una sana estrategia emocional. Eso no determina nuestra mayor o menor fortaleza, sino nuestra inteligencia para evitar aquello que sabemos que siempre nos ha debilitado.
“Sé fuerte hijo, ese niño no podrá contigo; enfréntate a él”. “Sé fuerte  ante una ruptura, debes enfrentarte a ver a tu ex con otra”. “Sé fuerte y aguanta, aunque ese trabajo no te guste, tendrás tu sueldo”. “Relaciónate con todo tipo de personas, aunque a veces sean dañinas, la vida es así “. “No tomes tan en serio los desprecios de tu familia, la sangre es la sangre”. ¿Quién no ha escuchado estas frases alguna vez?

Si bien es cierto que la vida es así, con momentos duros, no debemos definir la fortaleza y la cobardía en estos términos. La fortaleza tiene más en relación con afirmaciones del tipo ” Tengo que lograr exponer algún día en público porque esto es importante para mi trabajo”; “Hoy me apetece pasármelo bien y no tengo por qué estar en el mismo sitio que mi ex pareja cuando aún no he superado la ruptura”. “No me callaré ante los desprecios de mi madre en público” o “Dejaré este trabajo porque me agota y no es lo que deseo en la vida”.


Para la gran mayoría, las últimas afirmaciones pertenecen a la utopía, a personas inmaduras o egoístas. Sin embargo, las primeras perpetúan mucho más situaciones de dolor e injusticia que las segundas. Crean personas infelices con su trabajo, pareja y amigos. Crean personas incapaces de autorrealizarse por no saber diferenciar el dolor inútil del dolor valioso.

Entender mal la fortaleza crea personas cobardes respecto a sus propios sentimientos. Desperdicia talento y pasiones por situarse en lugares y junto a personas equivocadas. Así, piensa que si eres inteligente no vas a tener que desarrollar tanto fuerza para enfrentarte a situaciones complicadas. No te sientas un cobarde, sino alguien que lucha por aquello que le hace más fuerte y no que se empeña en lidiar con aquello que le debilita.

Psicología/Cristina Roda Rivera
https://lamenteesmaravillosa.com/

domingo, 13 de noviembre de 2016

No importa lo que tus padres hicieron, AHORA el responsable de tu vida eres TÚ


Da igual. No importa lo que tus padres hicieron o dejaron de hacer en su momento. En el presente el responsable de tu vida eres tú. Eres responsable de lo que creas para ti, de la familia que construyes, del auto-amor que practicas, de los abrazos que te das, del calor del afecto que generas para ti y para los que te rodean.
Sí, es cierto, lo que nos sucede en la infancia, en la adolescencia e incluso en la adultez con nuestros progenitores nos marca para toda la vida. Sin embargo, eso no nos exime de la responsabilidad que tenemos sobre nuestra vida y nuestras emociones. El presente es el momento ideal para depurar nuestro pasado y desintoxicar nuestra vida sentimental.
Si el frío del afecto paterno es todavía constante, es hora de echarte encima prendas de abrigo y de encender la estufa. Las excusas y los rencores no nos permiten vivir y, mucho menos, construir un hogar en nuestro interior.
Porque un hogar es cálido y convivir en permanencia con el recuerdo de una crianza con defectos solo convierte nuestro yo afectivo en un gélido iglú. No podemos vivir si no hemos sanado nuestras heridas, si no hemos dejado a un lado el filo de los cuchillos…

Sanar heridas de un legado disfuncional de la infancia

En mayor o menor medida todos tenemos tintes de toxicidad en nuestra infancia. Ocurre que en algún caso lo negativo pesa más que lo positivo y, por ende, la familia se convierte en una red compleja de relaciones, vínculos y sentimientos torcidos o ambivalentes.
Hay figuras paternas que no son sinónimo de alegría, identidad, unión, lealtad, respeto, amor y fidelidad. La elaboración de los vínculos con nuestros padres lejos de ese ideal nos convierte en calderos en ebullición, los cuales son génesis de dinámicas complejas y dañinas.
Puede que a simple vista se nos vea en calma, pero en realidad en lo profundo escondemos verdaderas fuerzas antagónicas que luchan por engrasar nuestras creencias, nuestros valores y nuestros sentimientos hacia el mundo y hacia nosotros mismos.
En la infancia, la familia es lo que representa nuestra realidad y nuestra referencia, por lo que no es extraño que tendamos a repetir ciertos patrones, aunque estos sean disfuncionales.

Los padres son personas y como personas que son, cometen errores. Sin embargo, el dolor provocado en el hijo se mantiene. En este sentido, al igual que afirmamos sin pudor que debemos aprender de nuestros errores, TAMBIÉN PODEMOS HACERLO DE LOS ERRORES COMETIDOS POR NUESTROS PROGENITORES.
Así, quien no ha tenido la suerte de crecer en una familia totalmente funcional, tiene que realizar un trabajo doble para fortalecerse y apreciar el sentimiento de amor y respeto hacia uno mismo y hacia su entorno. Para lograr esto es bueno contar con la guía de un profesional de la salud mental, el cual nos ayudará a abrir las vías de comunicación con nosotros mismos.
Las conductas autodestructivas y de castigo hacia los demás deben ser reevaluadas y rechazadas por nuestro YO PRESENTE, el cual se constituye como un yo adulto y con capacidad de discernir sobre la posibilidad de realizarse a sí mismo.
Rescatar la idea de que somos merecedores de amor y de que podemos brindarnos seguridad y afecto incondicional en primera persona es esencial para sanar las heridas que las figuras paternas, una o ambas, crearon en nuestro niño interior.

Infancia es destino, diría Freud; pero lo cierto es que no podemos vivir indefensos toda nuestra vida bajo la excusa de que tuvimos una infancia complicada y para nada ideal. Debemos interiorizar el mensaje de que da igual lo destructivas que hayan sido nuestras relaciones paterno-filiales, las perspectivas  sobre nuestro futuro nos corresponden a nosotros.
Verdaderamente este punto supone un reto ambicioso, pues requiere una gran voluntad de trabajo interior parar rechazar los juicios parentales de los que venimos alimentando (o desnutriendo) a nuestra autoestima toda la vida.
Seas quien seas, sentirte valioso y merecedor de la felicidad y del amor es un pilar fundamental para tu capacidad de desarrollo vital. Esto requiere que seas altamente empático o empática contigo, reconociendo a través de esa empatía el derecho a vivir tu propia vida tal y como tú elijas.

Psicología/Raquel Aldana
https://lamenteesmaravillosa.com/