domingo, 13 de noviembre de 2016

No importa lo que tus padres hicieron, AHORA el responsable de tu vida eres TÚ


Da igual. No importa lo que tus padres hicieron o dejaron de hacer en su momento. En el presente el responsable de tu vida eres tú. Eres responsable de lo que creas para ti, de la familia que construyes, del auto-amor que practicas, de los abrazos que te das, del calor del afecto que generas para ti y para los que te rodean.
Sí, es cierto, lo que nos sucede en la infancia, en la adolescencia e incluso en la adultez con nuestros progenitores nos marca para toda la vida. Sin embargo, eso no nos exime de la responsabilidad que tenemos sobre nuestra vida y nuestras emociones. El presente es el momento ideal para depurar nuestro pasado y desintoxicar nuestra vida sentimental.
Si el frío del afecto paterno es todavía constante, es hora de echarte encima prendas de abrigo y de encender la estufa. Las excusas y los rencores no nos permiten vivir y, mucho menos, construir un hogar en nuestro interior.
Porque un hogar es cálido y convivir en permanencia con el recuerdo de una crianza con defectos solo convierte nuestro yo afectivo en un gélido iglú. No podemos vivir si no hemos sanado nuestras heridas, si no hemos dejado a un lado el filo de los cuchillos…

Sanar heridas de un legado disfuncional de la infancia

En mayor o menor medida todos tenemos tintes de toxicidad en nuestra infancia. Ocurre que en algún caso lo negativo pesa más que lo positivo y, por ende, la familia se convierte en una red compleja de relaciones, vínculos y sentimientos torcidos o ambivalentes.
Hay figuras paternas que no son sinónimo de alegría, identidad, unión, lealtad, respeto, amor y fidelidad. La elaboración de los vínculos con nuestros padres lejos de ese ideal nos convierte en calderos en ebullición, los cuales son génesis de dinámicas complejas y dañinas.
Puede que a simple vista se nos vea en calma, pero en realidad en lo profundo escondemos verdaderas fuerzas antagónicas que luchan por engrasar nuestras creencias, nuestros valores y nuestros sentimientos hacia el mundo y hacia nosotros mismos.
En la infancia, la familia es lo que representa nuestra realidad y nuestra referencia, por lo que no es extraño que tendamos a repetir ciertos patrones, aunque estos sean disfuncionales.

Los padres son personas y como personas que son, cometen errores. Sin embargo, el dolor provocado en el hijo se mantiene. En este sentido, al igual que afirmamos sin pudor que debemos aprender de nuestros errores, TAMBIÉN PODEMOS HACERLO DE LOS ERRORES COMETIDOS POR NUESTROS PROGENITORES.
Así, quien no ha tenido la suerte de crecer en una familia totalmente funcional, tiene que realizar un trabajo doble para fortalecerse y apreciar el sentimiento de amor y respeto hacia uno mismo y hacia su entorno. Para lograr esto es bueno contar con la guía de un profesional de la salud mental, el cual nos ayudará a abrir las vías de comunicación con nosotros mismos.
Las conductas autodestructivas y de castigo hacia los demás deben ser reevaluadas y rechazadas por nuestro YO PRESENTE, el cual se constituye como un yo adulto y con capacidad de discernir sobre la posibilidad de realizarse a sí mismo.
Rescatar la idea de que somos merecedores de amor y de que podemos brindarnos seguridad y afecto incondicional en primera persona es esencial para sanar las heridas que las figuras paternas, una o ambas, crearon en nuestro niño interior.

Infancia es destino, diría Freud; pero lo cierto es que no podemos vivir indefensos toda nuestra vida bajo la excusa de que tuvimos una infancia complicada y para nada ideal. Debemos interiorizar el mensaje de que da igual lo destructivas que hayan sido nuestras relaciones paterno-filiales, las perspectivas  sobre nuestro futuro nos corresponden a nosotros.
Verdaderamente este punto supone un reto ambicioso, pues requiere una gran voluntad de trabajo interior parar rechazar los juicios parentales de los que venimos alimentando (o desnutriendo) a nuestra autoestima toda la vida.
Seas quien seas, sentirte valioso y merecedor de la felicidad y del amor es un pilar fundamental para tu capacidad de desarrollo vital. Esto requiere que seas altamente empático o empática contigo, reconociendo a través de esa empatía el derecho a vivir tu propia vida tal y como tú elijas.

Psicología/Raquel Aldana
https://lamenteesmaravillosa.com/

sábado, 12 de noviembre de 2016

A veces no se llora por debilidad, sino por haber sido demasiado fuertes


Solemos asociar el llanto con la debilidad. Pensamos que cuando alguien llora es débil. Sin embargo, no siempre es así. El llanto es una expresión muy versátil que nos permite liberar muchos sentimientos y emociones. Por eso, a veces no se llora por debilidad, sino por haber sido demasiado fuertes.

A menudo en la vida nos vemos obligados a afrontar una situación difícil tras otra, sin poder tomar un respiro. Ya sabemos que los malos momentos se juntan y que los problemas nunca vienen solos. En esos casos, nos obligamos a ser fuertes y a soportar el vendaval.

Sin embargo, cuando los problemas finalmente nos dan un respiro, nos desplomamos, caemos por el peso de nuestro propio esfuerzo. En esos casos, el llanto no significa debilidad sino que hemos llevado nuestras fuerzas más allá de nuestros límites. Significa que la vida nos ha exigido demasiado y que llevábamos sobre nuestros hombros una carga demasiado pesada.

Nadie puede ser fuerte todos los días de su vida


Muchas personas han sido educadas pensando que las lágrimas son sinónimo de debilidad y que no se debe llorar ya que no sirve de nada. Esta idea suele hacer que reprimamos nuestra tristeza, dolor o frustración. Sin embargo, eso no significa que esos sentimientos desaparecen sino simplemente que los hemos escondido. A largo plazo, esa represión puede provocar problemas más serios. 

Aparentar normalidad y atornillarse una sonrisa no es la solución porque cuando escondes tus emociones al mundo, terminas escondiéndolas a ti mismo. Esas emociones reprimidas saldrán bajo la forma de problemas de salud, como los dolores de cabeza, los trastornos digestivos, las tensiones musculares, los mareos, los problemas en la piel o incluso enfermedades más graves.

Por eso, es importante que comprendas que no se puede ser fuerte todos los días, que llega el momento en el que debes afrontar esos sentimientos y dejarlos salir, aunque sea a través del llanto. De hecho, te darás cuenta de que es profundamente liberador y hasta terapéutico. Llorar es catártico. Después de ellas, llega la calma, lograrás asumir una distancia emocional de la situación y podrás tomar mejores decisiones.

¿Por qué nos “rompemos” después de un periodo de gran tensión?


Es probable que en alguna ocasión te haya ocurrido: después de un periodo de gran estrés, en el que resististe hasta el final, llega un punto en el que las fuerzas te abandonan y simplemente colapsas, en el sentido más literal del término.

Esto se debe a una respuesta natural de nuestro organismo. De hecho, el estrés tiene tres fases bien diferenciadas:

1. Alarma. En esta fase se activa la respuesta de lucha o huida. Aumenta el nivel de adrenalina, la cual genera una serie de cambios en el organismo que nos permiten mantenernos activos, con la mente despejada y dispuestos a reaccionar ante el peligro. Se trata de esa fase en la que simplemente actuamos, sin pensar demasiado, con enorme energía.

2. Resistencia. Cuando la situación estresante no desaparece, pasamos a la segunda fase, en la cual aumenta el nivel de cortisol, segregado por las glándulas suprarrenales. Esta hormona nos ayuda a lidiar con el estrés, nos permite mantenernos firmes y soportar las dificultades. El problema es que las glándulas suprarrenales terminan fatigadas y esto se extiende a todo el organismo. 

3. Agotamiento. Aunque la situación estresante no haya desaparecido, llega un punto en el que nuestro organismo no puede mantener ese nivel de actividad y excitación. Entonces se produce un colapso de los niveles de las hormonas que nos mantenían activos, y tenemos esa sensación de agotamiento extremo, tanto a nivel físico como psicológico. Es en esta fase donde, el llanto no es expresión de debilidad sino que implica que hemos luchado demasiado durante demasiado tiempo.

Poner límites, para no dar más de lo que podemos ofrecer


Es cierto que a veces la vida nos pone contra las cuerdas, pero la decisión final, la forma en que afrontemos los problemas, depende de nosotros. Por ejemplo, podemos elegir encerrarnos en una coraza protectora o, al contrario, pedir ayuda para no tener que llevar el peso nosotros solos. Podemos apartar a las personas que nos están haciendo daño, sin esperar a que la herida sea más profunda o podemos buscar pasatiempos relajantes ante un trabajo demasiado estresante.

Las claves para ser fuertes sin llegar a derrumbarse son:

- Mantenernos atentos a las señales de estrés y angustia, para no dejar que crezcan desmesuradamente.

- Sentirse bien con uno mismo, aceptarse y amarse por lo que somos, de manera que aunque nos equivoquemos, ese error no se convierta en un peso innecesario.

- Poner límites claros, no tanto para los demás como para nosotros mismos, de manera que sepamos cuándo ha llegado el momento de decir un “no” rotundo.

- Permitirnos ser débiles de vez en cuando, decir que no podemos lidiar con la situación, que no podemos asumir más responsabilidades o que necesitamos un descanso.

- Demandar a los demás el mismo respeto, cariño, afecto y reconocimiento que les damos. No podemos dar continuamente sin recibir nada a cambio porque nosotros también necesitamos apoyo y comprensión.

Psicología/Jennifer Delgado


viernes, 11 de noviembre de 2016

LA SABIDURÍA DEL "NO"


Algunos separados, más allá del malestar que esto conlleva, adquieren lo que podría llamarse la sabiduría del «no»: es posible que no posean una absoluta claridad sobre lo que esperan y quieren del amor, pero sí sobre lo que no quieren y no estarían dispuestos a tolerar por segunda vez. Después de un tiempo, cuando la vivencia del «nunca más» se instala y se hace consciente, funciona como un antivirus.

¿Qué no quisieras repetir en una nueva relación? 
Por ejemplo: no quiero vivir en abstinencia sexual, no quiero una persona extremadamente ahorrativa, no quiero una pareja celosa que me quite libertad; no quiero que no me respeten; no quiero alguien poco cariñoso; no quiero que se olviden de mi cumpleaños; no quiero que mi pareja sea aburrida; no quiero que me sea infiel... 

En fin: tus «no quiero», ordenados y sistematizados de mayor a menor, lo que no sería negociable, lo que no serías capaz de soportar de nuevo. Un mal matrimonio o una mala relación saca a flote nuestras sensibilidades más profundas que, probablemente, no conocíamos antes de sufrirlas.

Aprende de las experiencias anteriores. Que tu próxima «elección afectiva» sea sustentada y pensada: amar no es volverse bobalicón (a pesar de que en la etapa de enamoramiento se nos baje por unos meses el coeficiente intelectual). Los que se equivocan por segunda o tercera vez lo hacen porque no han detectado ni incorporado los «no quiero» correspondientes de los primeros intentos.

Extracto del libro: 
Manual Para No Morir de Amor 
Walter Riso
http://consentido2.blogspot.com.ar/
Fotografía de internet