martes, 8 de noviembre de 2016

Elección de pareja: la repetición de patrones tóxicos

De nuevo en el borde de la cama, mis ojos vidriosos repasan cada recuerdo como si leyeran un libro abierto. De nuevo en el mismo punto, con el mismo lastre que sobrecarga el interior de mi cuerpo. ¿Cómo es posible? Personas distintas, relaciones análogas. Idénticas emociones en forma de tormenta que rasgan por dentro. Una mala fotocopia de una imagen distorsionada copiada en otro momento.
Y ahora no queda más que el vacío de la ausencia.

¿Cómo seleccionamos a otro ser humano para establecer una relación amorosa?
A priori, buscamos establecer una relación satisfactoria y duradera, que permita alcanzar determinadas metas y valores, y que satisfaga necesidades psicológicas y biológicas que aseguran el cuidado, preservación, e integridad física y mental. Y esta idea puede cumplirse en personas que debido a su historia biográfica y características psicológicas, les permite disponer de vínculos que, a pesar de los conflictos, contribuyen a su estabilidad, al sentimiento de seguridad y a dicho equilibrio psicobiológico. Sin embargo, no siempre es así…
Muchos tienden a elegir parejas con las que construyen y repiten vínculos inestables, perturbadores, destructivos o patológicos. ¿Por qué no impiden la experiencia dolorosa y el aprendizaje que vuelvan a emerger  las mismas configuraciones de relación?¿por qué de nuevo atraídos por mismos rasgos de personalidad?¿por qué con personas diferentes se repiten los mismos círculos viciosos?

Una elección no elegida

El quid de la cuestión es que no elegimos sentirnos atraídos por alguien voluntariamente; ni elegimos las emociones que surgen en nuestro cuerpo; ni decidimos inclinarnos por unas personas más que por otras. No es como ir al centro comercial, comparar características de un producto y decidir comprar o no. No somos teléfonos móviles ni televisores.
Gran parte de la dinámica de las motivaciones y deseos que nos impulsan a preferir a alguien, son procesos inconscientes y que no dependen de decisiones racionales. Los enlaces que llevan a una persona a preferir magnéticamente a otra parten de la propia estructura psicológica y de sus experiencias biográficas. De hecho,los potenciales conflictos que destruyen las relaciones, tienen su origen ya en la elección mutua.
Algunas cualidades de la otra persona que resultan atractivas son conscientes. Son accesibles con el pensamiento para nosotros y forman parte de las creencias de por qué se le elige –sentimientos captados por el lenguaje en frases como ”me atrae mucho físicamente”, ”es muy inteligente ”, “me ofrece mucha atención y cariño”, “tenemos un sexo fantástico”, etc.–. Pero es esencial comprender que no todas las motivaciones son evidentes: si alguien mantiene una relación disfuncional con una persona –aparentemente– inadecuada, seguramente significa que en otra parte de su psiquismo le está ofreciendo satisfacción, compensando fallas y necesidades internas. Detrás de toda motivación y deseo, existen necesidades psicológicas y biológicas, susceptibles de ser mutuamente solicitadas y atendidas en una relación de pareja: un refugio para sentirnos seguros y amparados, para el cuidado físico y psicológico mutuo; un espacio de encuentro entre necesidades de intimidad, de goce sensual y sexual; para la aceptación, la comprensión,  la atención, la admiración, la valoración…
Existe también la necesidad de huir o estabilizar los estados displacenteros internos y que puede ser regulado en una relación. Por ejemplo estados depresivos, de ansiedad, de angustia ante la amenaza de la propia integridad física o mental, ante la soledad, la separación o la pérdida de figuras significativas, o aspectos de la autoimagen que provocan sentimientos de inferioridad, vergüenza o culpa, etc. También la necesidad de asumir determinadas identidades: protector o protegido, cuidador o cuidado, culpable o indefenso, admirado o admirador, devaluador o devaluado, abandonado o abandonante, seducido o seductor, perseguido perseguidor, etc. La lista es tan larga como experiencias vividas, son ejemplos de cómo buscamos inconscientemente asumir determinadas identidades o roles –y que el Otro asuma también–, ya que impactan y transforman directamente nuestra autoimagen. 
La elección ocurre dentro de un espacio común de transacciones entre dos subjetividades, dos sujetos en relación que crean un impacto en sus sistemas de motivaciones, y en esa matriz de interacciones se satisfacen, frustran, y transforman mutuamente, adoptando y formando configuraciones de roles y posicionamientos recíprocos.

La repetición de patrones tóxicos: visitas de fantasmas

Existe en ciertas personas un patrón repetitivo de elección “no elegida” de relaciones disfuncionales en las que se reexperimenta lo vivido en el pasado, muchas veces el mismo lazo doloroso. Freud señalaba la existencia de este sesgo demoníaco o el eterno retorno de lo igual, en pacientes que revivían con pesar las mismas situaciones disfuncionales o patológicas provenientes del pasado –la compulsión a la repetición –.
La preferencia de pareja puede quedar sesgada inconscientemente hacia personas con las que se van estableciendo configuraciones de relaciones análogas a las experimentadas, aunque actualizadas en un contexto y realidad presente; además, el Otro actúa desde sus propios esquemas como “cómplice” de círculos viciosos que acaban derivando en tóxicos.
Nuestras experiencias dentro de las relaciones van creando un conocimiento implícito acerca de éstas, y permiten un reconocimiento de elementos muy sutiles de comunicación emocional no verbal en las interacciones, así como elicitar respuestas emocionales y pensamientos automáticos ante ellas. Esta memoria implícita relacional, nos permite procesar e identificar lo ya vivido con otra persona; y esa misma memoria es la responsable de perpetuar los patrones que nos posicionan en determinados roles y de disparar estallidos emocionales que a veces nos “secuestran” hasta el punto de no reconocernos. Se borran los límites entre la realidad actual y el pasado porque el sujeto en el presente activa al mismo tiempo los fantasmas a los cuales ha ido enfrentado desde niño.  El cuerpo se dispara ante el “gatillo” apropiado.
Se trata de un trasvase desde el ser que en el pasado –en la infancia, adolescencia o primeras relaciones amorosas– necesitó a unas figuras buscando amor, cariño, atención, calma, ternura, reconocimiento y valoración, pero encontró negligencia en su cuidado físico, psicológico o afectivo, y en su extremo el trauma grave por el abuso y el maltrato. Tal vez éste sea el tipo de comportamientos que viene a la mente al lector, pero la falla puede ser mucho más sutil y silente. Puede ser un regreso emocional a un vínculo con poco cariño,con frialdad emocional o cierta indiferencia a necesidades afectivas; a un vínculo excluyente y abandonante; a vínculos devaluadores, críticos, invalidantes, persecutores, severos; a vínculos de amor condicionado a deseos o necesidades ajenas a él; a vínculos que impiden la autonomía, que ahogan la iniciativa y la independencia; vínculos llenos de agresividad, desprecio…
Las perturbaciones en el vínculo con las figuras significativas, parentales o no, empujan muchas veces al encuentro compulsivo con ese trauma relacional vivido. Reaparecen desde la sombra de la memoria múltiples experiencias de angustia y sufrimiento, que nos alertan en el cuerpo sobre la amenaza del dolor psíquico, activando estrategias defensivas que en algún momento permitieron sobrevivir y equilibrar el psiquismo, pero que en muchos casos son disfuncionales en la relación presente. En cierta forma, nuestras relaciones actuales pueden ser perseguidas por fantasmas de las pasadas.

Explicación de la repetición

La búsqueda compulsiva de recobrar lo vivido, puede producirse con el objetivo de reparar las fallas emocionales, de alguna forma una oportunidad de lograr un resultado diferente, una nueva oportunidad de enfrentarse a roles y situaciones ya vividas, buscar enmiendas, curar heridas profundamente ancladas en lo más profundo del ser. En resumen, obtener un amor de la figura de apego de la forma que fue vital tener y no se tuvo. 
Desde una perspectiva teórica actual, distintas escuelas y orientaciones de psicoterapia coinciden, aunque con distinto lenguaje técnico y perspectiva, en que la mente se estructura en el seno de las relaciones, y que determinados aspectos sobre los modos de relacionarse, así como la autoimagen y las expectativas de los demás quedan grabados en forma de esquemas, que actúan de manera estable en forma de automatismos en el pensamiento y las emociones. Esto se debe a la tendencia de nuestra mente a conservar una continuidad y cohesión con la experiencia asimilada. Se mantiene cierta necesidad de estar en contacto con formas de relación que son familiares a su experiencia y que les mantiene conectados con el mundo interpersonal conocido.
“los sentimientos dolorosos, las relaciones autodestructivas y las situaciones de autosabotaje se recrean a los largo de la vida como medios de perpetuar los primeros lazos con las demás personas significativas” (Mitchell, 1993, p.40)
Algunas veces toman los roles traumáticos como una forma de obtener en el presente el control de situaciones que fueron desbordantes en el pasado. En esos aspectos emocionales que se transfieren al presente, no sólo se repiten las mismas configuraciones o posicionamientos ante el Otro, sino que también se pueden invertir los roles: la víctima siempre aprende los dos papeles de la situación traumática, víctima y verdugo, dos caras de la misma moneda. Éste es el caso de las personas que, habiendo sido sufrido alguna negligencia , se identifican con el perpetuador y repiten la escena en su  conducta como una forma de obtener una identidad poderosa, no débil, pasiva ni padeciente. En el reverso de la moneda, otra forma de control en la transferencia es adoptar comportamientos de sumisión, pasividad y sometimiento ante los deseos y abusos del Otro, con el objetivo de aplacar al persecutor o incluso provocarle intencionadamente, re-actuando la situación pero esta vez de una forma controlada y no sorpresiva, ya que es uno quien cree ser protagonista y responsable de lo que le ocurre. Con estas conductas masoquistas se reduce el impacto traumático, mediante la autoinculpación y “salvando” a la  figura de apego, que, a pesar de todo, sigue necesitando.

¿Condenados a enamorarse mal?

Resumidamente, a veces ocurre que el objeto de amor elegido no va en consonancia con atributos y cualidades, psicológicas y físicas, que le atraen o convienen a un sujeto: puede estar cubriendo inconscientemente a otro nivel motivacional algún vacío o compensando un conflicto, de un aspecto que es esencial para él/ella. Por esto, no tiene sentido decir que se elige mal y culpabilizarse: en primer lugar porque no es voluntario, y en segundo porque las emociones se dirigen a elegir lo mejor de lo que está disponible, para resolver parcialmente ciertos deseos y necesidades que pujan desde dentro de una persona en un momento específico; aunque no sea lo más adecuado para la totalidad de dicha persona.
¿Pero es eterna esa condena? La respuesta es NO.
Me gustaría invitar a la reflexión de qué aspectos puedan estar enganchando a relaciones tóxicas. Qué motivaciones pueden haber detrás de dichos patrones. No es mi intención hurgar gratuitamente en cicatrices ni memorias dolorosas, pero sí convidar a un aprendizaje personal que permita una mejor elección de pareja, así como para mejorar aspectos dentro de una relación ya establecida. Está en nuestras manos la decisión de con quién compartimos nuestra vida y cómo lo hacemos. De ahí la importancia de dar un primer paso y reconocer la implicación psicológica propia.
Tras una apropiada exploración, que permita una reflexión sobre las experiencias vividas y una comprensión que ofrezca una coherencia, es especialmente importante tener una oportunidad de vincularse, actuar o pensar de una forma distinta dentro de una relación significativa–como una relación de apego seguro o una relación terapéutica, que permiten una experiencia reparatoria y de regulación emocional–, ya que es la única forma de imprimir experiencias emocionales correctoras en la memoria implícita.
El azar sigue actuando en la vida y existen nuevas oportunidades de establecer distintos vínculos, pero desde luego la atracción es mucho mayor hacia esos vínculos inadecuados, y no es una solución saltar de relación en relación manteniendo el mismo lastre. En cada relación se abre una ventana hacia el pasado, a lo experimentado en las relaciones a lo largo de la vida. Se reviven y despiertan deseos y angustias, pero se brinda la posibilidad de sanar, de realizar lo nunca vivido en un vínculo, de construir mutuamente lo íntimamente anhelado. 
Psicología/Hugo Filippe
http://www.psiquentelequia.com/

Referencias bibliográficas
  • Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Filippe dos Reis, H. (2016). La elección de objeto de amor desde el enfoque Modular-Transformacional: el encuentro con el Otro. (Pendiente de publicación)
  • Freud, S. (1914). Recordar, repetir, elaborar. En Freud, S. (2007) Obras Completas, Vol. XII. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

lunes, 7 de noviembre de 2016

En la vida tienes 2 opciones: Disfrutas en la primera fila o mueres lentamente en la tercera


La vida significa tomar decisiones. De hecho, tomamos decisiones continuamente, desde que abrimos los ojos hasta que nos acostamos, algunas decisiones son triviales, otras son más importantes. Sin embargo, todas tienen una repercusión en nuestras vidas, aunque no siempre somos capaces de vislumbrar sus consecuencias. 

Y es que cada decisión siempre implica decantarse por algo, por lo que también habrá algo a lo que debemos renunciar. Cada decisión nos lleva en un sentido, alejándonos de otro camino, no podemos escapar del Efecto Mariposa. Por eso, cuando llegamos a cierto punto en nuestra vida, deberíamos comenzar a decidir de forma más consciente.

Nunca dejes escapar una oportunidad solo porque a los demás no les guste


La sociedad impone sus reglas, y se encarga de hacérnoslas saber desde que somos muy pequeños. Así vamos aprendiendo que debemos cumplir con lo que los demás esperan de nosotros. Cuando somos pequeños dependemos de la aprobación de los padres, luego de los maestros y compañeros del colegio y más tarde de los amigos y colegas del trabajo. A medida que pasa el tiempo esa red se suele ir haciendo más intrincada, hasta que nos envuelve como si fuera una tela de araña. Aunque podemos notar su existencia y aprender a evadir sus hilos.

De hecho, el problema surge cuando, en el fondo, deseamos que los demás nos den palmaditas en el hombro por nuestras decisiones. Por eso, a veces cometemos el error de elegir lo que quieren los demás, obviando lo que nos satisface y entusiasma verdaderamente. Dejamos escapar oportunidades que nos harían felices solo porque a los otros no les gustan.

De esta forma, decisión tras decisión, terminamos construyendo una vida que no nos satisface, solo para cumplir con los estándares que ha impuesto la sociedad. Esto a menudo significa quedarnos atados a una ciudad que no nos gusta solo porque ahí nacimos o tenemos un puesto de trabajo que tampoco nos satisface, ir a cenas que nos aburren con personas con las que prácticamente no tenemos puntos en común y estar pendientes obsesivamente de nuestro aspecto.

Sin embargo, vivir de esta forma es la manera más segura para llenarse de arrepentimientos y convertirnos en infelices crónicos.

A veces pensar en ti no es egoísmo sino una cuestión de defensa propia


En el viaje de nuestra vida nos suelen acompañar muchas personas. Debemos intentar no hacerles daño, respetar sus decisiones y, siempre que sea posible, llegar a acuerdos que nos permitan mirar en la misma dirección. Eso significa que cuando tomamos una decisión también debemos tener en cuenta cómo esta les afecta. 

Sin embargo, una cosa es ser sensibles y considerados y otra muy diferente es sucumbir siempre ante los deseos y las expectativas de los demás. Hay personas tan posesivas que pueden llegar a ahogarnos, en esos casos, pensar en nosotros y elegir lo que nos hace verdaderamente felices no es egoísmo sino una cuestión de defensa propia.

Por otra parte, si hay algo que nos debemos a nosotros mismos es ser felices. Cuando resplandecemos podemos iluminar a los demás y llevarles un trozo de felicidad a sus vidas. Y ese es el mayor regalo que podemos hacerle. Por tanto, nunca te sientas mal por aprovechar las oportunidades que te permiten crecer y darte permiso para ser feliz. El sentido de culpa es la camisa de fuerza que ha creado una sociedad demasiado preocupada porque las personas estén "adaptadas", no tiene nada que ver con la felicidad.

En la vida, como en una montaña rusa, elige siempre la primera fila


Si pensamos en la vida como en una montaña rusa, nos daremos cuenta de que tenemos dos opciones: sentarnos delante y vivir todas las emociones en primera fila, o sentarnos a buen reparo en la tercera o cuarta fila.

En la primera fila podremos vivir intensamente la experiencia, el viento nos despeinará, sentiremos la sensación de vértigo, reiremos y nos aferraremos al brazo de la persona que se encuentra a nuestro lado. Es probable que también tengamos más miedo, a veces es el peaje a pagar por atreverse a vivir nuevas aventuras, pero cuando te bajes, te habrás dado cuenta de que ha valido la pena. Y más tarde, cuando pasen los años, seguirás recordando ese momento.

Si decides sentarte en las filas posteriores no te despeinarás, podrás mantener la compostura, tendrás más control y, sobre todo, siempre tendrás a personas delante que, de cierta forma, serán el modelo que te indicará cómo se supone que reacciones y qué debes sentir. Es probable que durante el viaje te sientas más cómodo porque experimentarás menos sobresaltos, pero cuando te bajes y pasen los años, apenas recordarás aquel momento.

La buena noticia es que, a diferencia de la montaña rusa, en la vida eres tú quien decides dónde quieres sentarte. Nadie te quitará ese asiento, a menos que se lo permitas. Por tanto, no te escondas detrás de excusas, atrévete a elegir lo que realmente te gusta y te hace feliz. No podrás saber cómo será el viaje, pero puedes estar seguro de que valdrá la pena.

Psicología/Jennifer Delgado

domingo, 6 de noviembre de 2016

Síndrome de la Insistencia Errónea: Esforzarse mucho para no lograr nada


A todos nos sucede, antes o después. Llega un momento de la vida en el que nos damos cuenta de que necesitamos cambiar, que debemos poner rumbo en otra dirección porque lo que estamos haciendo simplemente no funciona o nos conduce a un callejón sin salida. 

Sin embargo, hacer consciente la necesidad del cambio es tan solo el primer paso. Normalmente después llega una fase en la que nos bloqueamos, nos sentimos atrapados por las decisiones del pasado y nos damos cuenta de que los malos hábitos regresan. 

Sin darnos cuenta, comenzamos a insistir en la dirección errónea y, obviamente, no avanzamos sino que comenzamos a retroceder. Sin embargo, el esfuerzo que realizamos es tal que terminamos agotados y desmotivados, sin comprender qué ha pasado. La respuesta es muy sencilla: hemos sido víctimas de lo que se podría denominar: “Síndrome de la Insistencia Errónea”. 

Insistir en la dirección equivocada


Imagina que es verano. Estás sentado tranquilamente en el sofá de tu casa y comienzas a sentir un calor sofocante. Para refrescarte, abres un poco la ventana. Luego abres una ventana opuesta, para crear un poco de corriente.

Cuando vuelves al sofá te sientes mucho mejor pero al cabo de unos minutos piensas que si abrieses un poco más las ventanas, sentirías aún menos calor. Te levantas y lo haces. Y así continúas, hasta que abres las ventanas de par en par.

Finalmente te sientas tranquilo en el sofá, dispuesto a relajarte y a disfrutar de la brisa, pero al cabo de un rato te percatas de que el calor ha vuelto. ¿Por qué?

La respuesta es muy sencilla: según la Física, llega un punto a partir del cual, mientras más abres las ventanas, más despacio circula el aire.

En la vida, en muchas ocasiones ponemos en práctica este tipo de comportamiento. De hecho, insistimos en la dirección errónea cuando:

- Nos aferramos a comportamientos del pasado, que en su momento fueron eficaces pero que en la actualidad han dejado de serlo y han perdido su sentido.

Insistimos en la crítica, pensando que si la repetimos muchas veces, la otra persona terminará cambiando, cuando en realidad solo lograremos que se ponga a la defensiva.

- Nos obstinamos en seguir un sueño o una idea que creemos brillante, sin tomar en consideración las pistas que nos envía el mundo real para indicarnos que vamos por mal camino.

- Nos atamos a una relación, generalmente de pareja, que ya no funciona y que se ha convertido en una fuente de conflictos e insatisfacciones.

En todos estos casos, al inicio determinados comportamientos, creencias o ideas fueron perfectamente válidos y eficaces. Sin embargo, en cierto punto del camino las condiciones cambiaron y no nos dimos cuenta, por lo que seguimos repitiendo los viejos comportamientos o aplicamos creencias que han pasado a ser desadaptativas. Obviamente, en este punto los resultados que obtenemos no son los esperados, en vez de avanzar, nos sentimos estancados o incluso retrocedemos. 

En ese punto entramos en un bucle ya que comenzamos a insistir en la dirección errónea, malgastando nuestra fuerza y energía. Entonces, en vez de reflexionar sobre nuestras creencias de base, pensamos que el problema es que no nos aplicamos lo suficiente, por lo que redoblamos aún más nuestros esfuerzos en la dirección equivocada. 

Obviamente, vivir dentro de este bucle, luchando continuamente contra la corriente, puede ser devastador porque podemos terminar creyendo que no somos lo suficientemente buenos, cuando en realidad el único problema es que debemos cambiar de dirección.

¿Cómo salir de ese círculo vicioso?


Si en los últimos tiempos te sientes atrapado en una situación que está consumiendo tu fuerza y energía pero no logras los resultados que esperabas, quizá el problema es que estás insistiendo en la dirección errónea. Plantéate estas preguntas:

- La vida cambia continuamente, ¿tú has cambiado lo suficiente? Un proverbio chino dice “no puedes dirigir el viento, pero sí las velas de tu barco”. La vida cambia continuamente, pero a veces no somos capaces de adaptarnos con suficiente rapidez a esas transformaciones. Sin embargo, seguir repitiendo comportamientos del pasado, solo porque una vez funcionaron, no es garantía de éxito, más bien es un salvoconducto al fracaso.

- Mira a tu alrededor, ¿qué señales te envía el mundo? En muchas ocasiones nos empecinamos en seguir un camino porque estamos demasiado ensimismados en nosotros mismos y pasamos por alto las señales que nos envía el mundo para indicarnos que vamos en la dirección errónea. Por tanto, haz un alto en el camino, establece una distancia emocional e intenta descifrar el significado de todos esos obstáculos, problemas y conflictos que están apareciendo y te detienen. Quizá solo están ahí para decirte que es mejor que tomes otro camino. De hecho, si tu plan no funciona, no significa que debes cambiar la meta, sino el plan. 

- ¿A qué le temes? A veces insistimos en la dirección errónea porque los otros caminos nos dan miedo. De hecho, es un error común en las relaciones de pareja. Nos mantenemos atados a una persona porque pensamos que no vamos a encontrar a nadie más y nos da miedo quedarnos solos. Obviamente, esa no es una buena razón para guiar nuestra vida. Asegúrate de que tus decisiones expresen tus sueños e ilusiones, no tus miedos. 

Psicología/Jennifer Delgado
Fuente:
Goienetxea, I. & Lladó, E. (2014) La estupidez de las organizaciones: 7 metáforas para el camino. Barcelona: Rigden.