lunes, 7 de noviembre de 2016

En la vida tienes 2 opciones: Disfrutas en la primera fila o mueres lentamente en la tercera


La vida significa tomar decisiones. De hecho, tomamos decisiones continuamente, desde que abrimos los ojos hasta que nos acostamos, algunas decisiones son triviales, otras son más importantes. Sin embargo, todas tienen una repercusión en nuestras vidas, aunque no siempre somos capaces de vislumbrar sus consecuencias. 

Y es que cada decisión siempre implica decantarse por algo, por lo que también habrá algo a lo que debemos renunciar. Cada decisión nos lleva en un sentido, alejándonos de otro camino, no podemos escapar del Efecto Mariposa. Por eso, cuando llegamos a cierto punto en nuestra vida, deberíamos comenzar a decidir de forma más consciente.

Nunca dejes escapar una oportunidad solo porque a los demás no les guste


La sociedad impone sus reglas, y se encarga de hacérnoslas saber desde que somos muy pequeños. Así vamos aprendiendo que debemos cumplir con lo que los demás esperan de nosotros. Cuando somos pequeños dependemos de la aprobación de los padres, luego de los maestros y compañeros del colegio y más tarde de los amigos y colegas del trabajo. A medida que pasa el tiempo esa red se suele ir haciendo más intrincada, hasta que nos envuelve como si fuera una tela de araña. Aunque podemos notar su existencia y aprender a evadir sus hilos.

De hecho, el problema surge cuando, en el fondo, deseamos que los demás nos den palmaditas en el hombro por nuestras decisiones. Por eso, a veces cometemos el error de elegir lo que quieren los demás, obviando lo que nos satisface y entusiasma verdaderamente. Dejamos escapar oportunidades que nos harían felices solo porque a los otros no les gustan.

De esta forma, decisión tras decisión, terminamos construyendo una vida que no nos satisface, solo para cumplir con los estándares que ha impuesto la sociedad. Esto a menudo significa quedarnos atados a una ciudad que no nos gusta solo porque ahí nacimos o tenemos un puesto de trabajo que tampoco nos satisface, ir a cenas que nos aburren con personas con las que prácticamente no tenemos puntos en común y estar pendientes obsesivamente de nuestro aspecto.

Sin embargo, vivir de esta forma es la manera más segura para llenarse de arrepentimientos y convertirnos en infelices crónicos.

A veces pensar en ti no es egoísmo sino una cuestión de defensa propia


En el viaje de nuestra vida nos suelen acompañar muchas personas. Debemos intentar no hacerles daño, respetar sus decisiones y, siempre que sea posible, llegar a acuerdos que nos permitan mirar en la misma dirección. Eso significa que cuando tomamos una decisión también debemos tener en cuenta cómo esta les afecta. 

Sin embargo, una cosa es ser sensibles y considerados y otra muy diferente es sucumbir siempre ante los deseos y las expectativas de los demás. Hay personas tan posesivas que pueden llegar a ahogarnos, en esos casos, pensar en nosotros y elegir lo que nos hace verdaderamente felices no es egoísmo sino una cuestión de defensa propia.

Por otra parte, si hay algo que nos debemos a nosotros mismos es ser felices. Cuando resplandecemos podemos iluminar a los demás y llevarles un trozo de felicidad a sus vidas. Y ese es el mayor regalo que podemos hacerle. Por tanto, nunca te sientas mal por aprovechar las oportunidades que te permiten crecer y darte permiso para ser feliz. El sentido de culpa es la camisa de fuerza que ha creado una sociedad demasiado preocupada porque las personas estén "adaptadas", no tiene nada que ver con la felicidad.

En la vida, como en una montaña rusa, elige siempre la primera fila


Si pensamos en la vida como en una montaña rusa, nos daremos cuenta de que tenemos dos opciones: sentarnos delante y vivir todas las emociones en primera fila, o sentarnos a buen reparo en la tercera o cuarta fila.

En la primera fila podremos vivir intensamente la experiencia, el viento nos despeinará, sentiremos la sensación de vértigo, reiremos y nos aferraremos al brazo de la persona que se encuentra a nuestro lado. Es probable que también tengamos más miedo, a veces es el peaje a pagar por atreverse a vivir nuevas aventuras, pero cuando te bajes, te habrás dado cuenta de que ha valido la pena. Y más tarde, cuando pasen los años, seguirás recordando ese momento.

Si decides sentarte en las filas posteriores no te despeinarás, podrás mantener la compostura, tendrás más control y, sobre todo, siempre tendrás a personas delante que, de cierta forma, serán el modelo que te indicará cómo se supone que reacciones y qué debes sentir. Es probable que durante el viaje te sientas más cómodo porque experimentarás menos sobresaltos, pero cuando te bajes y pasen los años, apenas recordarás aquel momento.

La buena noticia es que, a diferencia de la montaña rusa, en la vida eres tú quien decides dónde quieres sentarte. Nadie te quitará ese asiento, a menos que se lo permitas. Por tanto, no te escondas detrás de excusas, atrévete a elegir lo que realmente te gusta y te hace feliz. No podrás saber cómo será el viaje, pero puedes estar seguro de que valdrá la pena.

Psicología/Jennifer Delgado

domingo, 6 de noviembre de 2016

Síndrome de la Insistencia Errónea: Esforzarse mucho para no lograr nada


A todos nos sucede, antes o después. Llega un momento de la vida en el que nos damos cuenta de que necesitamos cambiar, que debemos poner rumbo en otra dirección porque lo que estamos haciendo simplemente no funciona o nos conduce a un callejón sin salida. 

Sin embargo, hacer consciente la necesidad del cambio es tan solo el primer paso. Normalmente después llega una fase en la que nos bloqueamos, nos sentimos atrapados por las decisiones del pasado y nos damos cuenta de que los malos hábitos regresan. 

Sin darnos cuenta, comenzamos a insistir en la dirección errónea y, obviamente, no avanzamos sino que comenzamos a retroceder. Sin embargo, el esfuerzo que realizamos es tal que terminamos agotados y desmotivados, sin comprender qué ha pasado. La respuesta es muy sencilla: hemos sido víctimas de lo que se podría denominar: “Síndrome de la Insistencia Errónea”. 

Insistir en la dirección equivocada


Imagina que es verano. Estás sentado tranquilamente en el sofá de tu casa y comienzas a sentir un calor sofocante. Para refrescarte, abres un poco la ventana. Luego abres una ventana opuesta, para crear un poco de corriente.

Cuando vuelves al sofá te sientes mucho mejor pero al cabo de unos minutos piensas que si abrieses un poco más las ventanas, sentirías aún menos calor. Te levantas y lo haces. Y así continúas, hasta que abres las ventanas de par en par.

Finalmente te sientas tranquilo en el sofá, dispuesto a relajarte y a disfrutar de la brisa, pero al cabo de un rato te percatas de que el calor ha vuelto. ¿Por qué?

La respuesta es muy sencilla: según la Física, llega un punto a partir del cual, mientras más abres las ventanas, más despacio circula el aire.

En la vida, en muchas ocasiones ponemos en práctica este tipo de comportamiento. De hecho, insistimos en la dirección errónea cuando:

- Nos aferramos a comportamientos del pasado, que en su momento fueron eficaces pero que en la actualidad han dejado de serlo y han perdido su sentido.

Insistimos en la crítica, pensando que si la repetimos muchas veces, la otra persona terminará cambiando, cuando en realidad solo lograremos que se ponga a la defensiva.

- Nos obstinamos en seguir un sueño o una idea que creemos brillante, sin tomar en consideración las pistas que nos envía el mundo real para indicarnos que vamos por mal camino.

- Nos atamos a una relación, generalmente de pareja, que ya no funciona y que se ha convertido en una fuente de conflictos e insatisfacciones.

En todos estos casos, al inicio determinados comportamientos, creencias o ideas fueron perfectamente válidos y eficaces. Sin embargo, en cierto punto del camino las condiciones cambiaron y no nos dimos cuenta, por lo que seguimos repitiendo los viejos comportamientos o aplicamos creencias que han pasado a ser desadaptativas. Obviamente, en este punto los resultados que obtenemos no son los esperados, en vez de avanzar, nos sentimos estancados o incluso retrocedemos. 

En ese punto entramos en un bucle ya que comenzamos a insistir en la dirección errónea, malgastando nuestra fuerza y energía. Entonces, en vez de reflexionar sobre nuestras creencias de base, pensamos que el problema es que no nos aplicamos lo suficiente, por lo que redoblamos aún más nuestros esfuerzos en la dirección equivocada. 

Obviamente, vivir dentro de este bucle, luchando continuamente contra la corriente, puede ser devastador porque podemos terminar creyendo que no somos lo suficientemente buenos, cuando en realidad el único problema es que debemos cambiar de dirección.

¿Cómo salir de ese círculo vicioso?


Si en los últimos tiempos te sientes atrapado en una situación que está consumiendo tu fuerza y energía pero no logras los resultados que esperabas, quizá el problema es que estás insistiendo en la dirección errónea. Plantéate estas preguntas:

- La vida cambia continuamente, ¿tú has cambiado lo suficiente? Un proverbio chino dice “no puedes dirigir el viento, pero sí las velas de tu barco”. La vida cambia continuamente, pero a veces no somos capaces de adaptarnos con suficiente rapidez a esas transformaciones. Sin embargo, seguir repitiendo comportamientos del pasado, solo porque una vez funcionaron, no es garantía de éxito, más bien es un salvoconducto al fracaso.

- Mira a tu alrededor, ¿qué señales te envía el mundo? En muchas ocasiones nos empecinamos en seguir un camino porque estamos demasiado ensimismados en nosotros mismos y pasamos por alto las señales que nos envía el mundo para indicarnos que vamos en la dirección errónea. Por tanto, haz un alto en el camino, establece una distancia emocional e intenta descifrar el significado de todos esos obstáculos, problemas y conflictos que están apareciendo y te detienen. Quizá solo están ahí para decirte que es mejor que tomes otro camino. De hecho, si tu plan no funciona, no significa que debes cambiar la meta, sino el plan. 

- ¿A qué le temes? A veces insistimos en la dirección errónea porque los otros caminos nos dan miedo. De hecho, es un error común en las relaciones de pareja. Nos mantenemos atados a una persona porque pensamos que no vamos a encontrar a nadie más y nos da miedo quedarnos solos. Obviamente, esa no es una buena razón para guiar nuestra vida. Asegúrate de que tus decisiones expresen tus sueños e ilusiones, no tus miedos. 

Psicología/Jennifer Delgado
Fuente:
Goienetxea, I. & Lladó, E. (2014) La estupidez de las organizaciones: 7 metáforas para el camino. Barcelona: Rigden.

sábado, 5 de noviembre de 2016

4 factores que destruyen una relación de pareja


La relación de pareja es un vínculo que nos pone a prueba constantemente, ya que se establece un contacto íntimo en el que afloran todos nuestros miedos e inseguridades. Para los terapeutas de pareja existen 4 factores determinantes que causan el final de una relación. Es a ellos a quienes les dedicamos este artículo.
Verse implicado en alguno de estos comportamientos es señal de que hay que cambiar un aspecto importante en nuestro modo de relacionarnos. De lo contrario estaremos alimentando el conflicto y aumentando la probabilidad de que la relación se termine.
Las discusiones, los malos entendidos y los desacuerdos forman parte de la relación de pareja. Sin embargo, hay muchas maneras de comunicar nuestras emociones y algunas de ellas son altamente destructivas. Son estas formas de expresión las que tenemos que dejar a un lado si queremos sentirnos entendidos y que a la vez nuestra relación salga reforzada.
“El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir. Si deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería”
-Erich Fromm-

1- Las críticas destructivas

Las críticas duelen, destruyen y lastiman. Su poder es tan grande que por sí mismas pueden destruir una relación, especialmente cuando van dirigidas a la persona (no al comportamiento ni a través de un mensaje en primera persona) y esta no tiene la oportunidad de réplica. En el seno de una relación, son armas cargadas por el mismísimo diablo.

La crítica se diferencia de la queja. La queja es más bien algo específico, que se centra en el acto en sí más que en la persona. No es lo mismo decir “hoy te noto distraído” a “nunca me prestas atención”. La crítica incluye culpa y difamación, con lo que ello puede suponer para la otra persona.

2- El desprecio

El desprecio es posiblemente el peor de estos cuatro comportamientos que estamos explorando. Cuando despreciamos a nuestra pareja estamos envenenando la relación, causando una herida realmente profunda. Así, el desprecio ataca lo más básico, el respeto que le debemos al otro.
Es difícil llegar a una reconciliación cuando ha habido desprecio anteriormente. Este comportamiento genera conflicto y en un disgusto que se torna complicado de manejar.
El sarcasmo, la burla y el escepticismo forman parte del desprecio. Hay que estar pendiente de cuando estamos cayendo en estas conductas, puesto que una vez que aprendemos a relacionarnos de esta manera, el conflicto está servido y el daño producido va a tener una reparación larga y compleja.

3- Actitud defensiva

En la actitud defensiva entorpecemos la comunicación mediante una barrera que nos creamos culpabilizando a nuestra pareja. Distorsionamos los mensajes y los llenamos de interferencias, con el objetivo inconsciente de no mostrar nuestra vulnerabilidad.
Cuando permanecemos en esta actitud bloqueamos el diálogo y el tono afectivo, para dejar paso a la incomprensión y el distanciamiento emocional. Al sentirnos atacados nos mostramos con un escudo y todas nuestras armas haciendo del vínculo una batalla campal.
Adoptando una actitud defensiva estamos lanzando el siguiente mensaje a nuestra pareja “el problema no es mío sino tuyo”, con lo que conseguimos que se agrave el conflicto.

4- Actitud evasiva

El planteamiento violento en una discusión conforma factores de los que hemos hablado anteriormente. Las críticas y el desprecio pueden dar lugar a la actitud defensiva; posteriormente, cuando la distancia empieza a ser importante, aparece la actitud evasiva.

Llegados a este punto de la relación, en el que es necesario distanciarse para sentirnos bien, va a ser necesaria la voluntad de los dos para que los rotos no terminen de destruirse. Todo lo contrario a lo que sería una actitud evasiva.
Podemos ignorar el problema o ignorar al otro pero cuando miremos de reojo no quedará nada. Así, la actitud evasiva es un claro indicador de que el amor se está marchitando. Por otro lado, este indicador suele aparecer más a menudo en parejas que ya llevan un largo periodo de tiempo juntos y no han atendido a otros síntomas que señalaban sus dificultades para relacionarse y amarse.
“En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre”
-Erich Fromm-

Psicología/Rafa Aragón 
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