lunes, 10 de octubre de 2016

La necesidad de conflicto



En las relaciones humanas parece ser el conflicto una dimensión que se mantiene presente. En su latencia todo va bien, todo fluye y es armónico, pero en su despereza todo se desencaja, todo chirría y nada parece volver a reajustarse.

    El conflicto puede surgir al cruzarse intereses, al chocar puntos de vista dispares, pareceres antagónicos. Es su esfera un marco que representa división, lejanía en las personas, el inicio de confrontaciones. El conflicto puede perdurar o ser puntual, reconciliable o incurable, ser pasajero o permanente.

    Todos tenemos y pasamos por conflictos. No sólo entran en juego los que se reproducen en el marco externo, también están los conflictos internos, los desgarros de dentro. Pero la inclinación al conflicto es algo que merece indagación.

    Hay personas que tienden a agarrarse al fuego antes que esperar a que se apague, y así, la vida se consume en una fuente inagotable de insatisfacción de la que no se es consciente. La externalización en conflictos exteriores no es más que la celebración del conflicto que se mantiene dentro. A veces es inevitable caer en un conflicto, en una discusión, pero otras se torna como una válvula de escape para sacar el malestar de dentro.

    El conflicto externo es la representación teatral de la función escenificada de los adentros, que surge de una retroalimentación de dolor y miedo. Toda la carga de confusión, de sufrimiento, de insatisfacción, de baja estima, entre otras, son las anillas que se tiran cuando provienen circunstancias adversas del exterior. Entonces estalla la bomba de dentro y se vierte en las relaciones, en la interactuación con los demás.


La necesidad de ese conflicto surge cuando nos hemos identificado tanto en ese mecanismo de dolor que parece ser nuestra verdadera identidad. Como una parte más de nuestra personalidad, buscamos alimento en el conflicto para nutrirlo, para mantener viva esa identidad que se ha ido construyendo en nosotros. Entonces la capacidad de estar en perfecta armonía se corrompe, se disuelve, el malestar se sitúa en primera fila y se manifiesta en la conducta, en la contrariedad, en el inconformismo crónico, en la irritabilidad permanente.

    Todo se vuelve motivo de conflicto, todo merece una discusión, nada escapa sin que se mastique con los dientes del remordimiento. Si no hay conflicto, se busca. Si no hay motivos, se encuentran. Se convierte el exterior, las personas, las relaciones, todo, como una gran confabulación orquestada para hacernos desgraciados. Salen las autodefensas, el ego permanente, la guardia siempre mantenida.

    La necesidad no es sólo en cuanto a discutir con alguien, también hay personas con la necesidad de, precisamente lo que más teme, sacarlo a relucir para roer ese cierto malestar, sentir que hay un motivo que le empuja a ello, y autoconvencerse de su desdicha.

    Por no mirar de frente al dolor, al malestar que está sin drenar, el sufrimiento que tanto queremos evadir, todo nos zarandea y nos acaba atrincherando. Lo que más tememos que se repita, acabamos generándolo a través del conflicto. Lo que más queremos tener lejos, más lo acercamos a través de propiciar el conflicto. Al final el dolor se alimenta una y otra vez, y parece que todo se coordina para nuestra fatalidad.

    Primero, el conflicto debe resolverse dentro. Así, la identidad del dolor no se perpetúa a través del conflicto. Se puede sentir dolor al soltar esa parte nuestra a la que tanto nos aferramos, y empero, comenzamos a ser conscientes de lo negativo que resulta mantener su hospedaje en nosotros. Se requiere también bajo esa mirada de autoconocimiento, no hacer responsables al resto de cómo nos sintamos, y neutralizar de ese modo los factores de discordia.


Cuando el conflicto es crónico como su necesidad de expresarlo, no es más que el reflejo de un tornado que se crea en un océano agitado de dentro. Son personas víctimas de sí mismas, albergando en ellas una naturaleza de crispación que deroga la verdadera esencia de una personalidad solapada por un manto de ofuscación. El conflicto acaba convirtiéndose en adicción; se necesita del mismo para satisfacer el impulso incontrolado de saciarlo. Se crea en uno una parcela destinada a recrearlos, un área de atención al conflicto, para así, disponer de recursos y poder ser resolutivos con ellos dentro del margen de la contraposición.

    Entonces del conflicto ya no se evade, produce en el sujeto una atracción. Todo es una constante disputa, un reproche permanente, una altura a la que nadie está. Toda comunicación es una intransigencia, un ¨como deben ser las cosas¨ en lo que nada encaja.

    Ninguna armonía de fuera va a resolver la inarmonía de dentro. Por ello, el trabajo debe ser interior para deshacer el nudo de lo conflictivo. Debemos rellenar el vacío que se recarga de debates fuera de tono, pérdidas de maneras, chismes continuados, olfateo constante de disputas.

    Resolver esa identidad desgarradora que busca el enfrentamiento para sostenerse, es soltar una parte que ha secuestrado la que mira por la concordia, la ausencia de problemas, la capacidad de acuerdos, y el afán resolutivo. Surge entonces otro tipo de presencia, sujeta en uno, afincada al ser, y no presta a perderse enseguida en el círculo repetitivo del conflicto. Al ir poco a poco desligándonos de esa emanación de constante dolor, sufrimiento y queja, el conflicto carece de atractivo, deja de ser estimulante, y cuando aparece es como un tren que dejamos pasar porque sabemos que en la mayoría de los casos no nos conduce a nada y crean un campo de negatividad en nuestro entorno.

Eso no significa evadirlos y evitar mostrar la defensa de intereses lícitos en uno, sino determinar la prioridad de que la paz interior y la dicha no deben de alterarse por participar en rencillas que no nos transforman en nada y que nos desgastan por completo.

En Busca del Ser
http://raulsantoscaballero.blogspot.com.ar/

domingo, 9 de octubre de 2016

El sutil beneficio del Yoga Profundo

De todos es conocido el beneficio incalculable del llamado Yoga físico. Las características que acompañan a las posturas de yoga: firmeza, comodidad, inmovilidad natural, relajación, respiración sentida y concentración interiorizada, van a estimular la vida en cada órgano, tejido y estructura corporal.

Todos los sistemas se dinamizan y refrescan por dentro y por fuera.
Cada postura genera beneficios específicos, pero es la práctica equilibrada de un grupo de asanas cuidadosamente seleccionadas lo que creará un impacto tal que se ralentiza el envejecimiento y la oxidación celular, incrementando así sobremanera la experiencia de vitalidad.
Podríamos clasificar los beneficios de las posturas de yoga en cuatro grupos, imbricados e inseparables:
  • El impacto en tendones, ligamentos y músculos que ejercitados cuidadosamente desarrollan flexibilidad, fuerza y tono, recuperando así toda su movilidad. La estructura ósea y la columna vertebral como eje central son movilizados en todos sentidos y direcciones generando un equilibrio y estabilidad que permite compensar e incluso corregir algunas desviaciones estructurales.
  • Todos los sistemas recuperan su funcionamiento óptimo: circulatorio, endocrino, límbico y uno de los más castigados a la vez que esencial, el sistema nervioso.
  • Pero el beneficio más sutil de las posturas de Yoga o asanas es el equilibrio de la circulación energética. Los canales psíquicos que recorren todo el organismo y los centros vitales energéticos o chakras son estimulados facilitando así una mayor sensibilidad y una consciencia más refinada de la vida.
  • Dicho equilibrio energético armoniza las emociones y la mente, abriéndose el potencial creativo y una calma tal que el estado naturalmente meditativo florece fácil.
Muchos casos de depresión, falta de ánimo e infinidad de dolencias e incomodidades desaparecen por estirar, contraer, movilizar, torsionar, invertir, aliviar, flexibilizar, fortalecer, tonificar….
Pero quiero llamar la atención sobre un beneficio más sutil y silencioso: encontrar el espacio y el tiempo para mimarse, para quererse, respirarse, relajarse. Querer sentirse mejor, no conformarse…Beneficios que encontraremos con la práctica regular de un mínimo de dos veces semanales. Creando un hábito donde cuerpo y mente se preparan para disfrutar, desde el primer instante de la práctica, que se convierte en un gozo.
Sobre ese cuerpo astral o vital el cuidadoso trabajo con la respiración suaviza y atempera las emociones hasta el punto que todo el mundo mental gratuito y automático se silencia naturalmente, sin esfuerzo (siempre hablamos de una práctica comprometida).
Todo lo que está vivo y se moviliza en nosotros depende del equilibrio del prana o fuerza vital. Los pranayamas y respiraciones yóguicas equilibran dicho prana y el movimiento emocional y mental en nosotros, además de las funciones fisiológicas todas. Los centros psíquicos o chakras (asiento de la consciencia animal, sexual, volitiva, amorosa, creativa e intuitiva) son excepcionalmente estimulados por los ejercicios de respiración, despertando progresivamente todo el potencial humano.
La práctica respiratoria consciente oxigena las células, las rejuvenece y revitaliza, mejora el metabolismo celular, facilita la expulsión de dióxido de carbono depurando así la sangre, masajea los órganos internos, tonifica el corazón, favorece sobremanera el rendimiento intelectual y mejora la creatividad. Otorga calma y serenidad. Asimismo los diferentes pranayamas pueden ser equilibrantes, estimulantes o relajantes.
El beneficio sutil y definitivo de todas estas prácticas genera la transición del llamado Yoga externo al Yoga interno. Los sentidos y la mente tienden a desinteresarse por los estímulos que tanta energía vital nos hacen despilfarrar. La observación tranquila sin juicios, la aceptación complacida de la “película” representada en nuestro escenario psíquico (chidakash), sin rechazar o desear, el establecerse en Sakshi, la consciencia testigo, es la consecuencia natural de una buena práctica.

Yoga mental, en busca del más excelso de los beneficios

La meditación es la práctica por excelencia del Yoga mental. Sus beneficios son inmensos, ya que nos entrenamos a observar desde “el palco” todo lo que acontence en nuestro mundo mental, con tranquilidad, templanza. Este posicionamiento purifica el contenido mental y emocional que brota del inconsciente y subconsciente y que condiciona nuestra libertad de movimientos.
La meditación, está más que demostrado, estimula áreas cerebrales que de otra manera se atrofian. De nuevo la creatividad y la estabilidad emocional son beneficios de los que nadie se debería privar, ya que la calma que genera la meditación en cualquiera de sus fases (no es necesario ser un meditador supremo), la concepción de la vida, los propios valores son tranquilamente revisados…y aparece así la comprensión y la libertad.
Realmente la práctica de yoga pretende acercarnos al más sutil y excelso de los beneficios. Está ya más que demostrado que todo lo que vemos y tocamos depende, se forma y se alimenta de su versión más sutil. Así en el Yoga se explica que el ser humano está conformado por tres cuerpos: el físico o denso, el energético-vital o astral y el causal u origen de los otros dos, también llamado cuerpo de felicidad.
Creando las condiciones para a acceder a la armonía que reina naturalmente en el cuerpo causal, los cuerpos astral y físico quedan armonizados, porque son la expresión más y más densa de aquél primero. Como en una cascada, refrescando los cuerpos “inferiores”.
Cuando el individuo se siente dichoso y en armonía con el resto del universo (características de la naturaleza espiritual del cuerpo causal), los cuerpos denso y vital quedan impregnados de dicha armonía, equilibrio y salud.
Así quiero aclarar que nuestra concepción del sentido de la vida, los valores de los que nos servimos para vivirla y nuestra sinergia o no con el resto del Universo, crearán más o menos irritación o calma en nuestro vivir, con más o menos elegancia. Algunos lo llaman espiritualidad, y aunque la palabra ha sido usada a veces un poco a la ligera, se refiere a nuestra sensibilidad a los aspectos trascendentes y sutiles que soportan la parte densa de la vida. Espiritual se refiere a entender y sentir que la energía y la consciencia están detrás de todo.
El yoga milenario y sus cientos de prácticas han sido legados al ser humano para recorrer el camino inverso. Usando el cuerpo físico como puerta de entrada, los yoguis eran capaces de armonizarlo a tal punto que se mostraba fuerte, sano y puro. Aprendieron a equilibrar el cuerpo astral de manera que se suavizaban las emociones y el mundo mental quedaba trascendido… abriéndose así las puertas de la paz profunda del alma cuyo asiento es el ya familiar cuerpo causal.

http://www.yogaenred.com/

sábado, 8 de octubre de 2016

INTELIGENCIA Y AMOR

(Fragmento del nuevo libro de Sergio Sinay)


Las parejas felices existen. 

Aunque quizás tienen menos prensa y visibilidad que las infelices o las insostenibles. Es entendible que sea así. Quienes están dedicados a construir y vivir un vínculo de buen amor tienen sus energías puestas en esa construcción, dedicadas a esa tarea cotidiana. No son felices para exhibirlo y hacer demostraciones, sino como resultado de un compromiso y una responsabilidad asumidos y experimentados. Por lo tanto nada tienen que demostrar, viven sus vidas. 

Como en todos los planos, también en el amor la felicidad es la huella de un camino recorrido y no la mera expresión de un deseo.     

Las parejas felices no han puesto su meta en la felicidad, sino en mirarse, conocerse, llevar adelante proyectos que les permiten explorar el sentido de sus vidas. Han aprendido a escucharse y, por lo tanto, consiguen que su amor le llegue al amado o la amada de la manera en que él o ella necesitan ser amados.

     Al amar de esa manera el amante enriquece su propio mundo emocional y afectivo y conoce aspectos profundos y muy ricos de sí mismo. Esto no ha ocurrido por arte de magia ni les fue graciosamente concedido. Es producto de un trabajo cotidiano. Porque el amor verdadero, no el de las fantasías y cuentos, se erige ladrillo a ladrillo, día a día a través de pequeños gestos, de oportunas palabras y miradas, de una escucha sensible. También aprendiendo a resolver desacuerdos. Igualmente en la dificultad y en la frustración. Y, como esas flores empecinadas que asoman entre dos piedras, se templa a menudo en el dolor.

     Las parejas felices se constituyen con personas reales, es decir falibles, imperfectas, incompletas, y no con seres impolutos, coronados por un aura de santidad, heroicidad o divinidad. Personas que han aprendido a desilusionarse la una de la otra, a aceptarse y a redescubrirse en nuevos aspectos y dimensiones. Han construido confianza en el tiempo, han sido incluso mutuamente intolerantes antes de alcanzar la paciencia amorosa. 

      Las parejas felices no comen perdices o quizás solo lo hacen ocasionalmente. Se alimentan con el pan de cada día, que ellas mismas amasan. A veces se agasajan con maravillosos banquetes y otras veces ingieren solo lo que hay (y suele ocurrir que, en ocasiones, lo que hay es poco). Para comer perdices se toman el trabajo de buscarlas y cazarlas, y eso lleva tiempo, decepciones y peligros. A nadie se le regala una pareja feliz. Quienes la tienen han sido orfebres que trabajaron con constancia, presencia, responsabilidad, inspiración y voluntad en el tallado de esa joya propia y única.  
       
     León Tolstoi (1828-1910) abría Anna Karenina, obra maestra imperecedera, con uno de los grandes comienzos de la literatura universal: “Todas las familias felices se parecen, mientras que las desgraciadas lo son cada una a su manera”. En el caso de las parejas felices, en cambio, se puede decir que cada cual es única mientras que la infelicidad amorosa se funda habitualmente en las mismas y repetidas causas.

     Felicidad en la tierra

     El filósofo francés André Comte-Sponville brinda una bella e inspirada descripción de lo que es una pareja feliz. “No es –dice- la unión de un hombre y una mujer (o dos hombres o dos mujeres) que han hallado el secreto de la pasión perpetua (…) no es una pareja que ha sabido transformar la falta en alegría, la pasión en acción, el amor loco en amor sabio (…), es una pareja en la que cada uno se alegra de la existencia del otro, del amor del otro por él y por la alegría que hallan juntos, aunque haya días mejores que otros, alegría por habitar el mismo lugar, por vivir el mismo presente y la misma intimidad sin igual” .

     Nada de esto quita, sin embargo, que esas parejas discutan, que tengan ruidosos desacuerdos, que pierdan en algunos momentos la paciencia el uno respecto del otro, que vean naufragar proyectos. Sólo puede conocer la felicidad quien padece también el dolor y la desazón. Si no, ¿cómo reconocerla? Una pareja feliz no lo es de una vez y para siempre, como no lo es una persona. Su logro son los momentos de felicidad, que tanto pueden durar un instante, una tarde, o concentrarse en una mirada, una caricia, un encuentro de los cuerpos, o en el logro de una meta, en la superación de un momento difícil, en un período de armonía o simplemente en la comprobación de la belleza del acompañamiento.

     Las parejas felices suelen ser tan terrenales, tan corpóreas, y suelen habitar escenarios tan comunes y ordinarios, que terminan por pasar inadvertidas. No, nadie agobia a sus amigos y conocidos con interminables relatos acerca de su propia felicidad amorosa. Quien está bien con otra persona está bien consigo mismo, no necesita huir permanentemente de sí para descargar su malestar en otros oídos u otras espaldas. Esto no significa que prescinde de los otros y se encapsula en su propio bienestar de una manera egoísta. Al contrario, quien está mal, quien se siente frustrado, quien padece de un acusado malestar emocional y afectivo tiene dificultad para registrar al otro, para salir de su sufrimiento, para abrirse al relato ajeno.

     Quien se siente feliz tiene tiempo y hospitalidad para escuchar, para recibir a los otros, incluso en la aflicción que los aqueja, y puede esperar hasta el final para hablar de su estado. No será mucho lo que diga, pero será real, cargado de verdad. La verdadera felicidad es discreta, se instala en silencio y fluye. No es estentórea y superficial como la diversión, no necesita manifestarse a cada segundo perseguida por la preocupación de no ser real. Corre como un río subterráneo y emerge periódicamente sin desbordes.

     ¿Cuál es el secreto? No lo hay. No existe una fórmula a adquirir, algo externo que lo promueva. La felicidad no se compra hecha y no hay persona que llegue a la vida de otra con la felicidad debajo del brazo. Como el mismo amor, la felicidad es también una construcción. Y en todo lo que los humanos construimos empleamos la inteligencia. Las parejas felices han puesto la inteligencia al servicio del amor. De eso se trata. El amor feliz es un amor inteligente. Y existe.




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