sábado, 16 de enero de 2016

TEORÍA DE LOS CAMPOS MÓRFICOS Y EL ÁRBOL GENEALÓGICO‏


Rupert Sheldrake es el bioquímico británico que postuló la hipótesis más revolucionaria de la biología contemporánea: la de la Resonancia Mórfica. Las mentes de todos los individuos de una especie -incluido el hombre- se encuentran unidas y formando parte de un mismo campo mental planetario. Ese campo mental -al que denominó morfogenético- afecta a las mentes de los individuos y las mentes de estos también afectarían al campo.

“Cada especie animal, vegetal o mineral posee una memoria colectiva a la que contribuyen todos los miembros de la especie y a la cual conforman”, afirma Sheldrake. De este modo si un individuo de una especie animal aprende una nueva habilidad, les será más fácil aprenderla a todos los individuos de dicha especie, porque la habilidad “resuena” en cada uno, sin importar la distancia a la que se encuentre. Y cuantos más individuos la aprendan, tanto más fácil y rápido les resultará al resto.

El campo donde está conectada la información genealógica lo describe Rupert Sheldrake desde un punto de vista cuántico: Existen en la naturaleza unos campos llamados Morfogenéticos, los cuales son como estructuras organizativas invisibles que moldean o dan forma a tales cosas como plantas o animales, que también tienen un efecto organizador en la conducta.

Estos campos Morfogenéticos contienen información recopilada de toda la historia y la evolución pasada, algo a la manera de la “memoria racial” de Freud o el “inconsciente colectivo” de Jung o el “circuito neurogenético” de Timothy Leary. La resonancia mórfica, el principio de memoria colectiva, se puede aplicar al estudio del árbol genealógico. Cada familia tiene su propia memoria colectiva a la que todos sus miembros están conectados y tienen acceso.

La transmisión intergeneracional ocurriría pues en este campo mórfico hay una memoria común compartida por todos los miembros del clan, hayan o no convivido en las mismas coordenadas espaciotemporales. ¿Esto podría ser otra forma de entender el inconsciente colectivo y el inconsciente familiar? ¿Daría respuesta al por qué los secretos y los no dichos de una generación ejercen ese tremendo efecto en las siguientes?

Claudine Vegh decía que “vale más saber una verdad, aun cuando sea difícil, vergonzosa o trágica, que ocultarla, porque aquello que se calla, es subordinado o adivinado por los otros y ese secreto, se convierte en un traumatismo más grave a largo plazo”.

Anne Ancelin Schützenberger lo ha estudiado a fondo: “Los duelos no hechos, las lágrimas no derramadas, los secretos de familia, las identificaciones inconscientes y lealtades familiares invisibles” pasean sobre los hijos y los descendientes. “Lo que no se expresa por palabras se expresa por dolores”.

¿Podemos los descendientes modificar esa información almacenada en el campo? La sanación del árbol consiste en quitar la repetición, comprenderla, o repetirla en una forma positiva.
Alejandro Jodorowsky


El juicio a uno mismo: nuestras excusas para no vivir


¿Te juzgas a ti mismo? No eres el único.
Aunque ya estoy acostumbrado, lo que más me ha sorprendido durante los 10 años que llevo trabajando (tanto a nivel individual como con grupos), es lo arraigado el juicio a uno mismo se encuentra en nosotros, los seres humanos. He trabajado con personas que disfrutaban del mayor éxito imaginable, que tenían una vida ideal, con las situaciones y circunstancias que otros soñarían. No obstante, las cuestiones del pasado que debíamos elaborar juntos, porque continuaban repitiéndose y creándoles dificultades sin motivo alguno, eran el juicio y la duda respecto a sí mismos.

Uno de los problemas con el auto-juicio es que nos aparta de la vida. Cuando comienzo a juzgarme mí mismo y decido que no puedo hacer algo, me digo algo así: “No, no puedo, no puedo hacer esto ni tomar este camino; es mejor que vaya por este otro…”. Sin embargo, si a pesar de las dudas decido continuar adelante y vivir esa experiencia, tendré mucha más fuerza vital, mayor crecimiento y más apertura. De manera que, lo que he aprendido acerca del juicio a uno mismo, es que tomar conciencia de él debe ser una de las prácticas más profundas para cada uno de nosotros. Y que, cuanto más conscientes somos acerca del momento en que aparece en nuestra mente y en nuestras acciones, antes podemos comenzar a trabajar con él y abrirnos a la vida en mayor medida.

El juicio a uno mismo y el rechazo.

Muchos creen que el juicio a uno mismo tiene su origen únicamente en el pasado. Por ejemplo: si tu madre criticó tus trabajos de arte, se supone que, incluso aunque hoy en día seas el pintor más célebre del mundo, o de tu ciudad, permanecerá en tí la semilla de la duda. Debido a que querías el amor y el reconocimiento de tu madre, su juicio aún te estaría afectando mientras sigues reproduciendo ese antiguo guión. Esto es válido para todos nosotros. Aunque, si profundizamos, debemos reconocer que vivimos en una sociedad que juzga y critica enormemente. Vivimos en una sociedad que nos obliga a compararnos unos con otros, a a juzgarnos entre nosotros. Es cierto que en este momento de nuestra evolución estamos rompiendo con ese círculo vicioso, pero si observamos este fenómeno más de cerca, descubriremos que se basa en un miedo primal muy básico.
Cuando en la antigüedad vivíamos en tribus, era vital para nosotros ser aceptados dentro de nuestro grupo tribal. La consecuencia de ser rechazado o apartado de la tribu podía ser la muerte. Podíamos morir solos. De manera que, aún conservamos un miedo innato al rechazo, a ser criticados y juzgados por otros y a que nos alejen de ellos. Uno de los aspectos que debemos superar cuando trabajamos el juicio a nosotros mismos es: si alguien te rechaza, permíteselo. Permite que no acepten algo que has dicho y ve en busca de las personas que sí estarán abiertas para lo que tienes que decir. Porque eso se convertirá en un acto de curación para tí. Al dejar ir esa atadura que quizá de niños no podíamos soltar hacia nuestros padres, porque dependíamos de ellos y entonces eran nuestro principal foco de atención, ahora, ya adultos, podemos liberarnos de esas antiguas energías, quizá en la figura de un amigo o de un grupo.

Juzgarse a uno mismo por el auto-juicio en sí.

Este juicio se da continuamente entre las personas espirituales o que buscan el autoconocimiento y el aprendizaje. Siempre hay un: “¡Oh, Dios mío! ¡Otra vez estoy haciendo lo mismo! ¡No puedo creerlo! ¡Puedo hacerlo mejor! “ (Lee se golpea la frente con la mano).
Cada vez que estoy haciendo esto (Lee se golpea repetidamente la frente con la mano, como reprendiéndose), no lo estoy haciendo mejor. En vez de eso, puedo tomar conciencia de mi auto-juicio y decir: “Ah, muy bien. Me doy cuenta de que me estoy juzgando. Así que pondré mi intención en soltar y dejar ir este juicio, no importa cuánto me lleve. Pongo mi intención en abrirme más allá del juicio mí mismo.”

Aceptación, consciencia y acción.

El primer paso para conseguir acabar con nuestro auto-juicio es aceptar que existe. No dejes que dé vueltas a tu alrededor como un mal olor o como una sombra de la que avergonzarte. Todo el mundo tiene algo con lo que está lidiando en su interior, y la mayoría de las personas tienen alguna clase de juicio a sí mismas.
Puedes escribir en tu ordenador o sobre el papel cuál es el mayor juicio que te haces a tí mismo/misma. A continuación, escribe: ¿Qué me impide hacer este juicio en mi vida?. Y para terminar: ¿Cómo me hace sentir este juicio?.
Por ejemplo, en esa lista el mayor juicio podría ser: “Tengo sobrepeso. Lo que me impide hacer es: asistir a cursos de danza, tener citas, sentirme a gusto con la ropa que llevo. Mis sentimientos acerca de él son: profunda vergüenza, la sensación de no ser lo bastante bueno/buena, tristeza, aislamiento…”.

El truco aquí es hacer dos cosas:
1.-Permite que esas emociones entren en tu cuerpo. Sé que eso es lo último que desearías hacer, pero si no dejas que esas emociones salgan a la superficie para ser liberadas, permanecerán a tu alrededor constantemente y continuarán minando tu vida, a menos que hagas algo para impedirlo.
2.-En un espacio tranquilo, coloca las manos en tu vientre y permítete sentir esa vergüenza, permítete sentir esa tristeza. Tal vez tengas miedo de que esas emociones puedan consumirte y ahogarte, pero no te preocupes. Cuanto más permitas que las emociones se asienten en el cuerpo, antes comenzarán a liberarse. Cuando consigas sentirlas intensamente, puedes hacer algún tipo de movimiento, o incluso poner música y bailar por la casa.

El siguiente paso consiste en llevarte a ti mismo/misma a esa clase de danza a la que temías asistir. Sé que muchos sentirán un muro de miedo ante la sola idea de hacerlo. Sin embargo, confía en mí: si vas a esa clase y ya sabes que, una vez allí, van a aparecer pensamientos y ya sabes que vas a sentirte incómodo, eso te dará un inmenso poder , y también la fuerza para atravesar la experiencia. Y, paradójicamente, una vez que hayas acudido a una, dos, tres clases de danza, la misma energía que echabas hacia atrás y encogías dentro de tu cuerpo, empezará a emerger hacia fuera y hacia arriba del cuerpo como energía de vida. ¿Sabes? Nuestro cuerpo sabe reconfigurarse muy bien cuando la mente deja de estar al mando y no dejamos que nos impida seguir adelante.
De manera que, invito a todos a que vivan con el mínimo auto-juicio con que consigan hacerlo y a que sean pacientes consigo mismos hasta que puedan lograrlo. Dí: “Dejo ir los juicios a mí mismo. Estoy aquí para vivir. Estoy abierto/abierta “.

– Escribe:

¿Dónde me estoy juzgando a mí mismo/misma?
¿Qué me impide hacer en mi vida?
¿Cómo me haces sentir este juicio?
– Transformación mediante la acción:
1. Siéntate con las manos en el vientre.
2. Permite que todas las emociones asociadas con el juicio emerjan y estate muy presente en ellas.
3. Di: “Permito que estas emociones salgan y sean liberadas”.
4. Muévete o baila para ayudar a liberar las emociones más intensas.
5. Si un auto-juicio te impide pasar a la acción, experimenta y ¡PASA A LA ACCIÓN de todos modos!
“Libero la mentira que es mi propio auto-juicio. Me devuelvo a mí mismo/misma a la vida”.

Disfruta el viaje.

Lee Harris 

viernes, 15 de enero de 2016

El principio de la meditación

La meditación es un estado. Es un lugar al que hay que llegar sin ir a ninguna parte. Cuando te sientes a meditar vendrás del estado del hacer y deberás cambiar al estado de no-hacer. Esa es la primera dificultad y quizá el primer desafío: sentarte y permitirte no hacer.

El ambiente adecuado es un lugar tranquilo, sin televisor, sin teléfonos que suenen (ni siquiera el móvil en vibrador), sin otros con los que hablar, con bajo nivel de estímulos, sobre todo, para no tentar a la mente y a la distracción. Si en tu casa no encuentras un lugar así, sal a dar un pequeño paseo y busca tu lugar fuera del circuito habitual de tu vida. El mundo es grande y siempre hay un rincón para volverse silencioso, debajo de un árbol e incluso dentro de un templo en horarios en los que no hay actividad. Siempre es una buena inversión armarse un rinconcito sagrado en casa para parar un rato y volverse hacia el interior.

La fuerza de voluntad es fundamental. Debemos tener claro que lo que queremos hacer es un trabajo interior y por la salud integral de nuestro ser. Es por nuestra salud y la de nuestros estados internos, es para mejorar nuestras vidas y nuestras relaciones. Por lo tanto, decidirse a meditar es mucho más que aislarse, esconderse o hacer la pantomima del loco solitario; es decidir con fuerza ocuparnos por unos momentos de nuestro mundo interior y dejar ser a nuestra consciencia absoluta aquí y ahora.

Una vez que hemos conseguido encontrar el lugar del mundo para meditar, buscamos una postura cómoda para quedarnos un rato quietos y relajados. Es importante estar sentados, cómodos (preferentemente con la espalda recta) y conscientes durante todo el tiempo de la meditación. Si nos cuesta estar sentados con la espalda recta, podemos adoptar una posición que nos relaje, en una silla, sentados en el suelo con la espalda apoyada, sobre un almohadón o con algo debajo y hasta acostados si no vamos a quedarnos dormidos. Recuerda que la meditación es un estado interno, por lo que la posición del cuerpo, al comienzo, puede variar. En última instancia, cuando ya se ha dominado el ingreso a la meditación, es posible hacer diversas actividades aún en ese estado.

Cuando meditamos debemos dejar que el universo sea, como fue y será, aun en nuestra presencia. Cuando estamos en la mente creemos que todo es porque nosotros lo percibimos, que el mundo existe en tanto nosotros lo concibamos como tal, pero en el fondo de nuestra consciencia sabemos que todo estuvo y estará antes y después de nuestra presencia en la Tierra.

Dejar que el universo nos viva

Toda esa concepción de lo que es o lo que no es existe sólo en nuestras mentes. Por lo tanto, lo que buscamos en la meditación es trascender los pensamientos, toda la actividad de la mente para vivir la experiencia de la consciencia pura o el Ser y estar en el universo sin tratar de entender, sin pensarlo, sin actuar en uno u otro sentido, dejar que el universo nos viva o se manifieste a través de nosotros.

La meditación es la trascendencia del estado ordinario de consciencia, del estado en el que estamos permanentemente juzgando, proyectando, recordando, calculando, interpretando. Dejar que los pensamientos se disuelvan, disminuyan, que la mente quede en un estado de latencia donde cada pensamiento que aparezca sea sólo el reflejo de la mente y su naturaleza, como una nube en el cielo limpio que dejamos pasar mientras observamos con toda nuestra percepción el gran cielo celeste que hay detrás.

Si al comienzo son muchas las nubes o el cielo está completamente nublado, el saber que detrás está la gran cúpula celeste, nos debe dar la fuerza para quedarnos observando y esperar que aparezca por entre medio de las nubes, espacios, silencios, y, de a poco, como siempre ocurre, las nubes se irán disipando, los pensamientos irán disminuyendo hasta volverse pocos y pequeños.

Ese proceso sólo se logra estando en calma, respirando suave y naturalmente, sin forzar ni siquiera eso, la respiración, con la sola intención de volvernos observadores pasivos de la existencia, con la confianza y la voluntad puestas en lo saludable del proceso, en lo fascinante del viaje, en el placer del rato que nos dedicamos al silencio y la quietud, en el gran aprendizaje que resulta que toda la actividad de nuestra mente, las ideas, las preconcepciones, los juicios, etc., se vuelvan relativos y podamos trascenderlos para conectarnos con nuestra esencia pura y verdadera: el estado en el que hemos venido al mundo, un estado que vive en nosotros y podemos encontrar detrás de toda la información acumulada.

El comienzo de la meditación es una actitud, es permitirnos ir a ese estado, soltar sin miedo los prejuicios e imágenes que tenemos del mundo y de nosotros mismos para ser sin más ni más, sin egos, sin objetivos, sin querer alcanzar nada y observar conscientemente todo ello.

Pablo Rego.